En septiembre de 1976, durante los primeros meses de la última dictadura cívico-militar, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata fue secuestrado por fuerzas represivas. Emilce Moler tenía diecisiete años cuando, en la madrugada del 17 de septiembre, hombres armados pertenecientes al Ejército irrumpieron en la casa de sus padres y se la llevaron.
Permaneció detenida-desaparecida durante seis meses, luego fue trasladada a la cárcel de Villa Devoto y finalmente quedó bajo libertad vigilada hasta los veinte años. Su historia quedó ligada a la de aquellos jóvenes, varios de ellos aún desaparecidos, y a un episodio que se convirtió en símbolo de la represión ejercida contra la militancia juvenil.
En La larga Noche de los Lápices (Marea) reconstruye no sólo el secuestro y la violencia, sino también las pasiones políticas de aquellos años, los vínculos, los miedos, las contradicciones y las huellas que el terrorismo de Estado dejó en quienes sobrevivieron. El libro busca recuperar los matices de una historia muchas veces reducida a versiones esquemáticas y devolverles a aquellos adolescentes su condición de sujetos políticos, con ideales, elecciones y proyectos.
Matemática, docente, investigadora y doctora en Bioingeniería, Moler desarrolló después de recuperar la libertad una destacada trayectoria académica y un sostenido compromiso con los derechos humanos. Declaró ante la Justicia, colaboró en la denuncia de represores y dedicó buena parte de su actividad pública a transmitir aquella experiencia, especialmente a las nuevas generaciones.
A 50 años de aquellos secuestros, el aniversario abre nuevas preguntas: cómo contar la Noche de los Lápices medio siglo después, cómo evitar que la memoria quede congelada en una efeméride y qué puede decirles aquella experiencia a las generaciones nacidas en democracia.
A continuación, un fragmento del libro.
Cubo mágico
¿Sabías lo que te podía pasar? ¿Por qué no te fuiste de La Plata? ¿Qué pensaste? ¿Cómo resististe? ¿Valió la pena? ¿Te arrepentiste? ¿Cómo saliste adelante?
En las entrevistas, en charlas, en los encuentros me hacen esas preguntas y me repreguntan; les interesa saber estas cosas. Lo más raro es que yo casi nunca me las hice, quizás porque no las puedo responder. O sí, tal vez podría, pero no en los tiempos breves que me exigen en un video, una nota radial, un WhatsApp o en 140 caracteres.
Quizás, la pregunta qu me tendría que hacer es si del dolor se aprende.
No puedo dar respuestas categóricas, binarias, lisas: sí, no. Es todo más complejo, fragmentado; son trozos temporales, instantes, pequeños mosaicos. Cuadraditos de colores donde cada uno es un sí, un no, un poco, mucho, muchísimo y un tal vez que se amalgaman, se mezclan, se cruzan, se separan en tiempo y espacio. Como un cubo mágico.
¿Sabías lo que te podía pasar? ¿Por qué no te fuiste? ¿Qué pensaste? ¿Cómo resististe? ¿Valió la pena? ¿Te arrepentiste? ¿Cómo saliste adelante?
Track, track. Giro las caras del cubo y se me arma una cara multicolor; nunca se alinean todos los colores, imposible. Cada cuadradito tendría que tener además texturas y luminosidad para complejizar más las respuestas: un “sí” suave opaco, un “tal vez” arrugado brillante, un “siempre” áspero y oscuro. Mientras trato de armarlo, intento contestar algo de todo esto:
“No me puedo ir. No puedo dejar ahora a los compañeros”. ¿Cuántas veces esta frase que le dije a mi papá esa tarde del 16 de septiembre resonó en mi cabeza? ¿Me arrepentí de haberla dicho? Recuerdo que cuando la dije estaba segura, era la única certeza que tenía en ese momento.
¿Cuántas veces mi viejo se recriminó haber respetado mi decisión? ¿Habrá alcanzado a entender que realmente se lo agradecí? Le expliqué mil veces que yo nunca me hubiera perdonado irme, que en ese momento necesitaba quedarme, y su respeto fue conmovedor para mí. ¿Tuvo sentido? Una pregunta sin respuesta aún.
¿Era la única salida quedarme en mi casa? Por supuesto que no, era la peor opción, y sin embargo me quedé. No se trataba de dejar la militancia, solo de conseguir una casa segura. Esto, que se puede distinguir tan claramente a la luz de los años, no lo pude ver en aquel momento. No tenía más “casas seguras” que me permitieran seguir militando en La Plata. Con las familias que me habían albergado, a las que siempre estuve eternamente agradecida, se me complicaba salir a hacer actividades. Y si me iba a Mar del Plata era para dejar de militar, algo impensable.
¿Sabías lo que te podía pasar? ¿Por qué no te fuiste? ¿Qué pensaste? ¿Cómo resististe? ¿Valió la pena? ¿Te arrepentiste? ¿Cómo saliste adelante?
Track, track.
Sí, pensaba en mi posible detención. Mil veces me había imaginado escenas posibles: hombres armados apuntándome que me encerraban en una celda, una cárcel. Mi viejo me había prevenido que no estaba preparada para soportar el dolor que podían infligirme. Eso también me sirvió, y sobre todo lo de no hablar de más.
Los hombres encapuchados, mi viaje en el auto, el recorrido por las casas hasta llegar a Arana, eran pedazos de escenas que me había imaginado. La previsión me ayudaba a transitar el momento. Sentía que no era a mí que me pasaban esas cosas, me desdoblaba, me veía como otra persona, como si viviera en una película.
Pero cuando me desnudaron, quedé desprotegida, no solo de ropa, sino también de imágenes, de posibles escenarios previsibles. Se metieron con mi cuerpo, con mi intimidad, con mis órganos genitales, con el profundo dolor en mi cuerpo. Sentí morirme, quería morirme, que todo terminara, que me mataran de una vez. No gritaba, no hablaba, era un pedido a gritos ahogado, interno, en silencio. El dolor también te hace desdoblar, dejás de ser vos, te desmayas despierta, sentís que no resistís más, pero no tenés ninguna posibilidad de hacer otra cosa, solo aguantar.
Eso lo aprendí cuando dije una mentira y no tardaron en darse cuenta. La represalia fue lo peor que me pasó en la vida. Me volvieron a buscar para descargar su furia y el miedo me atravesó. Me aferré al banco de cemento de la celda: fue mi modo de resistencia a que me llevaran. ¡Qué reacción tan primaria, tan infantil! Pero en esos lugares todo era así: animal, primario.
Por un momento sin dolor hacés lo impensado. Mi mente viajaba, la trataba de poner en otra cosa: me imaginaba en la fiesta de la primavera, terminaba los diálogos de los sketches, contaba los días que faltaba al colegio y lamentaba poder perder el año. Sí, pensás cualquier cosa, pero sobre todo estuve atenta a que no me descubrieran en las mentiras que decía, y así pude evitar decir nombres, citas, información. Tenía razón mi viejo: no servía “hablar”. Nunca juzgué a nadie, pero qué tranquilidad me dio mi silencio.
En ese momento, en la celda de Arana, me arrepentía de todo. Quería volver a mi vida del colegio Eucarístico, no haber ido a Bellas Artes, no haber conocido a nadie que me hablara de política. Quería volver a mi casa, andar en bicicleta, estar en la falda de mi abuela. Me dolía el cuerpo, me dolía mucho. No lo reconocía, sentía que me habían desfigurado, estaba hinchada, tenía quemaduras en los brazos.
¿Y mis órganos genitales seguirían funcionando? Me atormentaba esa idea...
¿Sabías lo que te podía pasar? ¿Por qué no te fuiste? ¿Qué pensaste? ¿Cómo resististe? ¿Valió la pena? ¿Te arrepentiste? ¿Cómo saliste adelante?
Track, track.
Me hacen caminar por el pasillo del pabellón del cuarto piso de Villa Devoto. Largo, amplio, limpio: una mesa de cemento en el medio. Las puertas de las celdas, pintadas de celeste, estaban cerradas. Reconocía algo de las películas, me ayudaba un poco, pero era distinto y me desorientaba. Las compañeras estaban en hora de descanso, al principio no vi a nadie. Me metieron en una celda con cuatro camas empotradas, una canilla y una letrina a un costado. Sin decirme nada, cerraron la puerta de metal.
Tardé varios días en emitir palabras. De a poco, las compañeras me ayudaron a empezar a hablar, pero yo estaba en shock. Fue extraño, justamente cuando podía sentir que me había “salvado”, que iba a vivir, fue cuando no supe qué hacer. Ya casi no tenía que pensar en la subsistencia cotidiana, en los tormentos corporales, vendas en los ojos, ataduras en las muñecas: las cosas que me mantenían ocupada en la subsistencia.
Solo tenía que pensar en mí; y de mí ya no quedaba nada. Ya se me habían acabado las imágenes de antelación; solo me quedaba permanecer ahí, en un túnel, un hueco, una pantalla en blanco, o más bien en negro.
Más de una vez me pregunto cómo aguanté todo eso. No lo sé. Lo hice, nada más. Trataba de no pensar en el afuera, eso era lo que más me lastimaba. Cuando me daba cuenta de que todo seguía igual, solo que yo estaba recortada de ese exterior, era cuando más sufría; me angustiaba, tenía rabia e impotencia y, de a ratos, mucha tristeza. Pero ya no me arrepentía, me había acostumbrado a pensar que esa iba a ser mi vida. Estaba tranquila, no había hecho nada malo. Es más, puedo decir que me reía, me divertía, disfrutaba... por momentos.
¿Sabías lo que te podía pasar? ¿Por qué no te fuiste? ¿Qué pensaste? ¿Cómo resististe? ¿Valió la pena? ¿Te arrepentiste? ¿Cómo saliste adelante?
Track, Track.
Las manos del cubo mágico giran veloces, a veces se traban, logro armar una fila de colores, pero las otras caras se me desarman. Porque tuve a lo largo de mi vida tantas respuestas a estas preguntas como situaciones que fui viviendo: me arrepentí, me enojé, me angustié, me tranquilicé, me volví a enamorar de la política, me enorgullecí, agradecí haber conocido a compañeros maravillosos, fui feliz por instantes, me olvidé de varias cosas, me acuerdo de muchas otras, vivo con pasión algunas situaciones y me desentiendo de otras más; me río mucho, sufro y me duelen las ausencias.
¿Soy mejor persona por haber pasado lo que pasé? No lo sé. Eso se espera, pero quizás sea así porque se cree que nosotros, los que pasamos por estos padecimientos, alcanzamos un nivel superior de espiritualidad, de comprensión del ser humano, de las cosas importantes de la vida. Resabios del cristianismo: sufrir para purificarnos. No estoy para nada segura. Yo creo que el dolor es solo eso, dolor. La tortura no es pedagógica.
Lo que sí tengo es una gran tranquilidad por cómo transité esa parte de mi vida. El dolor por lo que pasó es eso: un dolor fuerte, a veces una puntada que te hace doblar; pero es eso, un golpe seco que dura poco. Pasa, pasa... ¿ya pasó? No, ya casi... ya pasó.
Porque lo que queda pendiente, lo que no te sucedió, se te cuela en los huesos, te envuelve, te corroe. No cesa. El cuerpo se va descomponiendo, carcomiendo de a pedazos y el dolor nunca pasa, queda. Se aloja en el alma y desde ahí te va matando de a poco. El mío fue un golpe seco, profundo, limpio; cicatriza mejor.
Sí, cicatriza día a día. A veces hay puntos que se abren, supuran, pero van cerrando; de a poco se van cerrando.
Sobre la autora
Emilce Moler nació en 1959, en La Plata, provincia de Buenos Aires. A los diecisiete años fue detenida-desaparecida, víctima y sobreviviente de lo que se conoció como la Noche de los Lápices. Después de recuperar su libertad se radicó en la ciudad de Mar del Plata. Desde los inicios de la democracia realizó actividades políticas, gremiales y participó en distintos organismos de derechos humanos. En forma paralela forjó una destacada carrera profesional y académica como docente e investigadora.
Es doctora en Bioingeniería por la Universidad Nacional de Tucumán, magíster en Epistemología y profesora en Matemática por la Universidad Nacional de Mar del Plata. Fue directora de proyectos de investigación en temas de enseñanza de Matemáticas Superiores, Procesamiento de Imágenes Médicas y de Antropología Forense. Ha colaborado en la denuncia de represores ante la Justicia y participa de manera constante de actividades políticas y culturales tendientes a mantener viva la memoria sobre ese periodo, especialmente dirigidas a los jóvenes. Recibió numerosos premios y reconocimientos por su compromiso en el ámbito de los derechos humanos. Este texto testimonial es su primer libro.
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