viernes, febrero 21, 2020

CULTURA | 24-01-2020 17:22

La novela de Guillermo Arriaga que ganó el Premio Alfaguara

El guionista de “Babel” y “21 gramos” se llevó el galardón con su libro “Salvar el fuego”, una historia de amor extremo. Aquí el primer capítulo.

El escritor y cineasta Guillermo Arriaga recibió el Premio Alfaguara 2020 por su novela “Salvar el fuego”. El premio, uno de los más importantes en lengua española, tiene una dotación de 175.000 dólares y además, el ganador recibe una escultura de Martín Chirino.

El jurado estuvo presidido por Juan Villoro e integrado por las escritoras Laura Alcoba y Edurne Portela, el periodista y poeta Antonio Lucas, el librero de La Buena Vida (Madrid), Jesús Rodríguez Trueba, y Pilar Reyes (con voz pero sin voto), directora editorial de Alfaguara. En su justificación, el jurado explicó que “Salvar el fuego”, “es una novela polifónica que narra con intensidad y con excepcional dinamismo una historia de violencia en el México contemporáneo donde el amor y la redención aún son posibles. El autor se sirve tanto de una extraordinaria fuerza visual como de la recreación y reinvención del lenguaje coloquial para lograr una obra de inquietante verosimilitud. Los distintos planos narrativos tienen como hilo conductor el cuerpo humano, motivo de celebración y expuesto a numerosos excesos”.

Para esta convocatoria del Premio Alfaguara se habían recibido 602 manuscritos, de los cuáles 281 han sido remitidos desde España, 94 desde Argentina, 86 desde México, 57 desde Colombia, 32 desde Estados Unidos, 19 desde Chile, 18 desde Uruguay y 15 desde Perú.

Más conocido por sus guiones en películas multipremiadas como “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”; sus anteriores novelas son “Escuadrón guillotina”, “Un dulce olor a muerte”, “El búfalo de la noche” y “El salvaje”. “Salvar el fuego” saldrá en pocos días a la venta en la Argentina.

El argumento de la novela gira alrededor de Marina, una mujer casada, con tres hijos, con una vida familiar resuelta, coreógrafa de prestigio, se ve involucrada en un amorío con un hombre impensable. A través de esta historia de amor, “Salvar el fuego” refleja dos mundos del México actual, contradictorios e inconciliables.


Aquí presentamos un fragmento del primer capítulo de esta novela.


La mujer corre por la avenida. Avanza a grandes zancadas.Los hombres que la persiguen se rezagan.Ella lleva un revólver en la mano.Se aproxima a una familia.Sin perder el paso trata de disimular el arma.La pega a su cadera. Una anciana no se percata y se mueve hacia su derecha. La mujer gira el cuerpo para evadirla, pero termina por arrollarla. La anciana cae de espaldas. La mujer farfulla un «perdón» y acelera. Uno de los hombres del grupo la increpa, pero la mujer avanza con rapidez. «Estúpida», le grita mientras ayuda a la anciana. La mujer mira hacia atrás. Ve a sus perseguidores como diminutos puntos. No van a alcanzarla. Carecen de la potencia de sus piernas. Ella mantiene la velocidad. No puede detenerse. No puede. «Si nos llegan a descubrir, huye hacia los callejones», le advirtió él. Ahí debería estar a salvo. Perderse en el estrecho laberinto de andadores. La mujer prosigue. Su tranco es largo, el de una atleta musculosa y alta. A lo lejos vislumbra los pasadizos. Debe entrar ahí. Salvarse. Jadea. Suda. Sus perseguidores corren tras ella para matarla. Unos minutos antes sintió los disparos pegar cerca. Dos tronaron en un auto junto a ella. Varios más zumbaron por encima. Le apuntaron a la cabeza. Deseaban que cayera reventada. Tal y como cayó el hombre que ella mató. Fue un relámpago. El tipo se plantó frente a ellay alzó el arma. Ella jaló el gatillo más rápido.Ni siquiera apuntó. Solo levantó el revólver y tiró. La bala le dio al otro en el cuello. Salpicó sangre en el muro blanco. Ella lo vio caer muerto. No tuvo tiempo de asustarse ni de arrepentirse. Ella sigue corriendo. «La Sectorcito», el barrio donde él creció, está solo a sesenta metros. Una vez dentro ella perderá a sus perseguidores. Acelera. La entrada al callejón se vislumbra. Hacia allá se dirige cuando suena una detonación. Ella rueda sobre la calle y queda despatarrada junto a un árbol. Una bala ha entrado por su pecho y le ha estallado el esternón. Ella mira la herida. Un círculo de sangre se expande en su camiseta. Se trata de incorporar. No puede. Se aferra de la rama de un árbol y jala hacia arriba, pero se desploma hacia atrás. Siente una quemazón en los pulmones. Tose sangre. Un hombre se acerca con una pistola escuadra en la mano.Ella busca con la mirada su revólver. Está tirado a unos pasos. El tipo levanta el cañón del arma y le apunta a los ojos. «Hasta aquí llegaste, pendeja.»

Si precisara elegir el momento que transformó mi vida, ese sería cuando Héctor nos invitó a pasar el día en su casa en Tepoztlán. «Marina, vengan el sábado, invité a los Arteaga, a Mimí, a Klaus, a Laura y su novio, a Aljure, a Ruvalcaba, a Ceci, a Julio, más los que se cuelen.» Acepté a sabiendas de que a Claudio le chocaría ir. No soportaba a mis amigos «hippies», a quienes llamaba «artistillas mamones». Le aburrían y no tenía nada en común con ellos. A Claudio una buena película era lo que lo divertía, las comedias comerciales chambonas, «las que me hacen olvidar la tensión del trabajo». No toleraba las largas y estáticas cintas dirigidas por Héctor. «Son la cosa más aburrida que hay», reclamaba mi marido, sin importar los Cannes o los Venecias que las avalaran. Pero ese sábado terminamos por ir a Tepoztlán y ahí, justo ahí, empezó todo. Si yo hubiera rechazado la invitación, si Claudio se hubiese empecinado en que fuéramos a comer con sus padres como todos los sábados, mi vida ahora seguiría igual, feliz, ordenada y previsible, y la relojería del desastre no se habría echado a andar.
El día soleado, aunado a que Héctor le prometió sintonizar en la televisión el partido de eliminatorias de la Champions, convencieron a Claudio. Además, a mis hijos les encantaba ir. Disfrutaban jugar con las mascotas que Héctor y Pedro, su pareja, mantenían en la propiedad: diez monos araña, dos mapaches, tres labradores retozones y encimosos, cuatro gatos y seis caballos mansos en los cuales podían montar y recorrer el Tepozteco. «Vamos, vamos», dijeron mis tres hijos entusiasmados. Y es que la verdad se la pasaban muy bien en casa de Héctor y Pedro. Y si Claudio no fuese tan prejuicioso, apuesto que él también. Estoy convencida que el «aborrecimiento» a mis amigos era solo una pose porque a varios de ellos los conocía desde niños.

Llegamos temprano. Héctor y Pedro recién habían despertado y todavía sin ducharse y sin peinar nos recibieron. «Perdón, pero nos desvelamos anoche. Pasen por favor, aquí Luchita los va a atender en lo que nos bañamos. Les puede preparar unos chilaquiles y en la mesa hay juguito de naranja recién exprimido. En ese cuarto pueden cambiarse y ponerse cómodos.» Héctor y Pedro se retiraron a alistarse y Claudio no pudo aguantar uno de sus típicos comentarios. «A esos cabrones todavía les huele el culo a vaselina», dijo y soltó una risotada. Esa era su frase favorita para referirse a los homosexuales: «les huele el culo a vaselina». La frasecita la acuñaron él y sus compañeros para referirse a los curas amanerados que les impartían clases. Pederastas irredentos que abusaron de varios de sus alumnos. De ahí provenía la ligera homofobia de Claudio. No era anti gay, ni nada que se le pareciera. Pero era de entenderse que su percepción de los «maricones» estuviera impregnada por su experiencia en el colegio religioso. Uno de los maestros de primaria solía llevar a sus alumnos de siete, ocho años de edad a su cubículo. «El veneno del pecado ha entrado en mí», les decía con voz meliflua, «y me mata lentamente. El Santo Padre, conocedor de mis tribulaciones, me ha autorizado a que una boca inocente succione el veneno y lo neutralice con su pureza.»

Héctor y Pedro volvieron casi una hora más tarde. Ambos eran bastante varoniles. Nada en sus movimientos delataba su homosexualidad. Héctor se consideraba el «enfant terrible» del cine mexicano y hacía lo posible por alimentar su leyenda. Frente a la prensa era soez, exhibicionista, altanero. Juzgaba al resto de sus colegas con aire de autosuficiencia y la mayoría le parecían pedestres y anodinos. Sus películas exhibían seres monstruosos y perversos con una voracidad sexual imparable. Enanos que violaban gordas, masturbaciones en primer cuadro, nalgas cuadriculadas por celulitis, várices, penes descomunales. Como bien decía Claudio, las películas de Héctor derramaban pus y orines sobre los espectadores. Pero la crítica y los festivales las adoraban. Le Monde lo calificaba como «un genio que crea imágenes contundentes», Der Spiegel describía su obra «como si Dante y el Bosco hubiesen decidido ser directores de cine.» Héctor gozaba de los abucheos de los espectadores, que salieran asqueados, que lo insultaran. Cumplía a cabalidad con el cliché de «escandalizar a la burguesía y darle su merecido.» Pero, a decir verdad, el realmente burgués era él. Heredero de una fortuna construida sobre la inhumana explotación de cientos de trabajadores en minas carboníferas, jamás cuestionó el dolor y la miseria que causaban sus empresas. Al morir sus padres no se desprendió de ellas y siguió manejándolas desde el consejo de administración que presidía. Sus películas eran financiadas por decenas de rostros anónimos, ennegrecidos por el carbón y con los pulmones anquilosados por años de respirar el infame polvo de las minas. «Black lungs matter», le espetó un periodista en una rueda de prensa para provocarlo parafraseando el famoso «black lives matter». Héctor mandó echarlo de la sala y lo descalificó con rapidez. «Otro imbécil pagado por mis enemigos. Seguro lo mandó…» y sin reparos soltaba el nombre de algún crítico o colega que repudiaba su obra.

Aun con sus actitudes petulantes y su fama de intragable, en la vida cotidiana Héctor era un tipo afectuoso y dulce. Un amigo leal siempre dispuesto a ayudar. Sin que Claudio lo supiera, Héctor le ordenó a su director de finanzas que invirtiera parte del dinero de su compañía en el fondo que Claudio manejaba. Lo hizo por mí, por cariño, por los años de conocernos, por su talante generoso. El caso es que nuestra situación económica mejoró de un mes para otro. Ochenta millones de dólares no son poca cosa. Y en manos de Claudio, que era ducho en cuestiones financieras, el capital empezó a generar ganancias constantes. Héctor me hizo prometerle que nunca le revelaría a Claudio quién había transferido tan considerable cantidad a su fondo. Y el bruto de Claudio denostando a Héctor sin imaginar que su recién poder económico provenía del «cineasta mariconcito».

Pedro también provenía de una «buena familia» dedicada a los bienes raíces. No poseía, ni de lejos, una fortuna tan cuantiosa como la de Héctor, pero sí mayor a la del 99 % de los mortales. El «rancho», como les gustaba llamarle a la casa de Tepoztlán, había pertenecido a sus abuelos. Un terreno rústico de veinte hectáreas sobre el que, claro está, construyeron una casa diseñada por un arquitecto ganador del premio Pritzker y cuyos espacios fueron decorados por Ten Rainbows, la afamada compañía de interiorismo neoyorkina. Cada rincón del rancho estaba cuidado al extremo. No había en el jardín una sola planta marchita, un manchón de pasto crecido, una mala hierba. Doce trabajadores laboraban en la finca para mantenerla impecable. «Hasta a su terrenito le hacen manicure», bromeaba Klaus.


 

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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