Friday 14 de June, 2024

CULTURA | 30-10-2023 05:33

La viuda de las viudas

El último libro de Claudia Piñeiro, “Escribir un silencio”, reúne su obra de no ficción. Aquí, uno de sus textos, sobre su novela más famosa.

Me pruebo una camisa talle cuarenta y dos, es chica, el botón que cae en medio de los pechos tira, parece que va a reventar; semidesnuda abro apenas la puerta y busco una vendedora para que me alcance un talle más grande, una mujer que sale de otro probador me mira y me dice: “Perdoname, yo te conozco, ¿vos no escribiste 'Las viudas de los jueves'?”, digo: “Sí”, intento una sonrisa y trato de meterme otra vez en el probador, la mujer me detiene, me habla de la novela, de quién se la regaló, de cuánto tiempo le llevó leerla, y yo la escucho, en bombacha y corpiño, tratando de taparme la barriga con la camisa talle cuarenta y dos.

Claudia Piñeiro

 

Faltan pocos días para las fiestas de fin de año, voy con mi hija al cine, junto al cine hay una librería donde armaron un árbol de Navidad aprovechando el color verde de la tapa de Las viudas de los jueves”, y sobre el pino de libros, en lugar de una estrella dorada, una foto mía; nos quedamos paralizadas, nos damos media vuelta y volvemos a casa sin ver la película que pensábamos ver. Alguien, por la calle, me dice que conoce al Tano Scaglia, el protagonista de “Las viudas de los jueves”, que vive en Luján. “¿Tus vecinos se enojaron?”, contesto: “No”, pero no me creen. Una compañera de secundaria a la que no veo hace veintisiete años me llama para felicitarme. No dice: “Te felicito porque escribiste un libro”. No dice: “Te felicito porque ganaste un premio”. Dice: “Te felicito, saliste en la televisión”.

Las viudas de los jueves

Mi sobrino va a un jardín de infantes, sala de cinco, están hablando de libros, escriben libros, pintan libros, mi sobrino le dice a la maestra que su tía es escritora, le pregunta si puede invitarme a hablar con sus compañeros, la maestra le dice que sí, voy, me presento, contesto las preguntas de niños entre tres y cinco años, las maestras cordiales los ayudan a hablar cada uno a su turno, a levantar la mano, a no repetir la misma pregunta, a pedir por favor y decir gracias, hasta que un niño me pregunta: “¿Con cuál de todos los libros que escribiste ganaste más plata?”, me quedo impactada por la edad temprana a la que le llega esa pregunta, le digo que con “Las viudas de los jueves”, apenas nombro esa novela todas las maestras me clavan la mirada, una se atreve y pregunta: “¿Vos escribiste 'Las viudas de los jueves'?”, se olvidan de los niños, se excitan ellas, se alborotan, la directora va a su despacho y trae un ejemplar de “Las viudas” que le prestaron para que se lo firme. Parece que el Tano Scaglia ahora vive en Escobar, me lo asegura alguien que dice que jugó al golf con él. Un periodista me pregunta: “¿Se enojaron tus vecinos?”, digo: “No”, insiste: “¿Seguro no se enojaron?”, respondo: “Que yo sepa no”, insiste otra vez: “¿Pero nadie se enojó?”, me canso y cedo: “Bueno, alguno se habrá enojado”, y él o su jefe titulan: “Algunos vecinos se enojaron conmigo”. Suena el teléfono a las siete de la mañana, mataron a una mujer en un country de Córdoba, me preguntan qué opino, ¿opino?, no entiendo de qué me hablan, hace un minuto dormía y ahora me cuentan que mataron a alguien, me preguntan si creo en la literatura premonitoria, me enojo, pero no me atrevo a dejar que se note.

Versión cinematográfica de

Viajo a España a presentar “Las viudas de los jueves”, me invitan a dar una charla en un pueblo perdido en el camino de montaña que se supone hizo el Mío Cid, me espera el intendente y en el salón de actos hay como cien personas cada una con su libro, me escuchan hablar de la década del 90 en la Argentina, me escuchan hablar de los barrios cerrados y los countries, les explico qué es un country, cada uno me trae su ejemplar para que se lo firme, me pregunto si está bien lo que estoy haciendo, si esa gente no haría mejor leyendo otra cosa, me invitan a cenar, me agasajan, siento que estoy robando algo que no es mío, ellos están contentos, me agradecen, dejo que me abracen inmerecidamente. “¿Tus vecinos se enojaron?” Alguien que leyóTuya”, mi primera novela, me para por la calle y me pregunta: “¿Es autobiográfica?”, me quedo pensando, preguntándome si ese hombre se dio cuenta de que si mi respuesta fuera afirmativa él estaría parado frente a una asesina. Un amigo vuelve de Dallas en avión, junto a él viaja un señor que lee “Las viudas de los jueves”, mi amigo le cuenta que me conoce, el vecino de asiento le contesta: “A ella no la conozco, al que conozco es al Tano Scaglia”. Mi hijo de trece años me pregunta: “¿Es cierto que en tu novela un hombre se coge un perro?”, trago saliva, quince años de psicoanálisis me impiden escaparle al tema, le explico que no es tan así, que hay un hombre que se masturba frente a una computadora y aparece un perro, que hay ciertas cosas sugeridas pero que en ningún momento la novela, o su autor, o sea yo, la autora o sea su mamá, dice exactamente que el hombre tuvo sexo con el perro, digo “tuvo sexo” en lugar de “se cogió” y me suena raro, a mi hijo también le suena raro, le pregunto cómo sabe lo del perro si no leyó la novela, me dice que se lo contó Laurita, su compañera de colegio, pienso en Laurita y en la madre de Laurita y en las madres de las amigas de Laurita que también son amigas de mis hijos, pienso si alguien me preguntará alguna vez sobre esta escena: “¿Es autobiográfica?”, le pregunto a mi hijo si a Laurita le molestó leer acerca del hombre y el perro, me contesta que no, que le encantó.

Elena Sabe

Publico otra novela, no hay countries, no hay Tanos Scaglia, una mujer con Parkinson quiere saber quién mató a su hija, Elena la madre, Rita la hija, me alegro de que ya no me preguntarán por los vecinos. Alguien se sorprende de que le haya dedicado “Elena sabe” a mi madre, le parece duro, se equivoca, no nos conoce, mi madre se ríe en su tumba. Una mujer me pregunta si la novela es autobiográfica, le hago notar que si fuera así yo debería haber aparecido colgada en un campanario, muerta, la mujer se ríe, yo no. Una amiga me trae un ejemplar de Elena sabe” para que se lo dedique, lo hago pero me equivoco y en lugar de su nombre escribo el de mi madre. Un crítico se queja de que en la novela se repite la baba y el pañuelo que la recoge, me acuerdo de mi madre y de su pañuelo, siempre el mismo, siempre lleno de baba, me pregunto dónde habrá quedado, si lo habré tirado, o si estará seco y abollado en alguna de las cajas, no puedo recordar. “¿Tus vecinos se enojaron?” Una mujer me pregunta por qué siempre hay un muerto en mis novelas, le contesto: “Vos también te vas a morir algún día”. “¿Es autobiográfica?” El Tano Scaglia vive en La Martona, Cañuelas. Una mujer me alcanza un ejemplar de “Elena sabe” para que se lo firme, lo hago y se lo entrego, me dice: yo tengo Parkinson, quisiera sacarle el ejemplar de la mano, pero la dejo ir sin hacerlo. Leo en una revista que mis vecinos se enojaron. Me llaman de la universidad, no de la facultad de letras, de la de medicina, quieren saber cómo sé tanto de Parkinson, me pregunto si mentiré o diré la verdad, mi mamá se ríe. Mi hermano leyó “Elena sabe”, no había leído ni “Las viudas” ni “Tuya”, me llama y me dice: “La leí, un día nos juntamos y te digo qué me pareció”; ese día no llega. Una escritora me cuenta que otra escritora leía “Las viudas de los jueves” mientras estaba internada en el hospital, poco antes de morir, me acuerdo de ella y me da una pena infinita. Empiezo una nueva novela, el protagonista es un hombre, el antagonista es un hombre, me pregunto si esta vez alguien me preguntará: “¿Es autobiográfica?”, me pregunto si lo será finalmente. Me encuentro con un ex, me dice que leyó “Las viudas”, no sabe que existe “Elena sabe”, me pregunta si gané plata con el libro, evado la respuesta, insiste, vuelvo a evadir hablando de porcentajes y precio de tapa, insiste, quiere precisiones, quiere el monto exacto, me harto, le exagero el importe para que no insista más, me pregunta: “¿Nada más que eso?”. Vieron al Tano Scaglia en un country de la zona de Garín. Una amiga de mi madre se enoja conmigo. “¿Tus vecinos se enojaron?” Presento el libro en una feria del conurbano, en la primera fila una señora muy simpática asiente con su cabeza a cada cosa que digo, se la ve atenta, entretenida, al cierre de la charla pide la palabra, me pregunta cómo me llamo, y qué libro vine a presentar, me cuenta que está sentada en esa misma silla desde primeras horas de la tarde, no importa qué escritor ingrese a la sala, ella mantiene su sitio, escucha atenta, luego pregunta y agradece. Mi hijo quiere saber si ya vendí el libro “Elena sabe” para el cine, le digo que no, que vendí las otras dos novelas anteriores, me pide que ésta no la venda, que esa película la quiere hacer él, cuando sea grande. Leo el arranque de la novela de alguien que quiere ser escritor, el arranque no funciona, se lo digo, él escucha atento mis críticas, anota, antes de irse me dice que me va a alcanzar una crítica acerca de mi última novela que salió en un diario, le digo que no se moleste, insiste, sé que es la del crítico que se quejó de la baba. Presento “Elena sabe” en una librería céntrica, cuando termina la presentación alguien me alcanza un ramo de flores, descarto que las flores me las manda la misma librería, cuando acomodo el ramo en mi casa se cae una tarjeta, la leo, es de alguien que conocí veinte años atrás y nunca más vi. “¿Es autobiográfica?” Mi mamá se ríe. El Tano Scaglia también.

 

Publicado originalmente en “Gata Flora” y revisado para la edición de “Escribir un silencio”.

 

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por Por Claudia Piñeiro

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