Jueves 13 de mayo, 2021

CULTURA | 01-05-2021 08:34

Urquiza: las cartas de la polémica entre Sarmiento y Alberdi

Los dos intelectuales argentinos más importantes del siglo XIX se cruzaron varias veces por el entrerriano. Chicana de Alberdi y bronca de Sarmiento.

Justo José de Urquiza es hoy una figura olvidada del panteón de personajes históricos de la Nación. Pero hubo un día en que fue el tema de una discusión ardiente entre dos de los más destacados intelectuales de la historia argentina. La polémica quedó plasmada en una larga correspondencia - conocida luego como las Cartas Quillotanas- donde se discute sobre su figura, pero sobretodo, sobre el futuro del país. Estos dos escritores fueron Sarmiento y Alberdi. 

Qué estaba pasando. Urquiza, caudillo gobernante de Entre Ríos, había traicionado y derrotado a Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros en 1852, ocupando luego su lugar. Lejos de seguir el estilo autoritario de su antecesor, Urquiza llamó a la unidad de las provincias, se comprometió a ordenar el país bajo una Constitución federal e invitó a olvidar los viejos enfrentamientos. Es decir: a reconciliar a unitarios con federales, empresa nada fácil luego de diez años de lucha. Y es que la pacificación era rechazada por amplios sectores, especialmente porteños, que desconfiaban de Urquiza. Sobre todo porque su proyecto de país terminaba con la hegemonía de Buenos Aires,  largamente consolidada durante el periodo rosista.
 
La polémica. Tanto Sarmiento como Alberdi habían sufrido años de persecución y exilio por parte de Rosas. Cuando la victoria de Urquiza aparece como una posible solución, Sarmiento empieza apoyándolo, e incluso llega a decir de Urquiza que es “la gloria más alta de la Confederación”. Luego lo conoce personalmente y lo acompaña, como corresponsal de guerra en la campaña de su ejército. Pero luego, Sarmiento cambia: en las cartas dice que duda de que Urquiza esté a la altura de hacerse cargo del país. 
Por otro lado, Sarmiento estaba alineado con los intereses centralistas de Buenos Aires. Alberdi, en cambio, se abrazaba al proyecto de la Confederación, y hasta influye fuertemente en la concepción de la nueva Constitución prometida por Urquiza. 
Las distintas miradas de estos dos hombres sobre el “fenómeno Urquiza” respondían a discrepancias políticas, ideológicas y hasta estéticas. Para empezar, Urquiza no respondía al ideal sarmientino de un hombre moderno e ilustrado, educado a la francesa, cercano a la cultura de las ciudades y progreso industrial y cultural de estas. Era un hombre de acción, que gobernaba la provincia de Entre Ríos como si fuera su hacienda, un hombre del campo y del Interior profundo, con todas las características que a los ojos de Sarmiento eran propias de los “bárbaros” y los “salvajes”. Alberdi crítica esta mirada, que es también la mirada de la prensa porteña, antirrosista y unitaria, a la que en una de sus cartas Alberdi califica como imitación de la prensa francesa revolucionaria, “inspirada por un ardor patriótico, sincero, si se quiere, pero pueril”. 
Alberdi expone en varias de las Cartas Quillotanas es que es irrelevante el origen de Urquiza, en tanto estuviera dispuesto a llevar al proyecto de país a un verdadero orden constitucional y federal. El intelectual llega a decir que el pensamiento de Sarmiento y los porteños era de “jacobinos franceses, que buscan un modelo de conducta puro (...) y condenan todo aquello que se aleje del ideal”. “Así comprendo la democracia”, dice Sarmiento, “ilustrar la opinión y no dejarla extraviarse por ignorar la verdad y no saber medir las consecuencias de sus desaciertos”. Para él la posición de Alberdi no es “práctica” sino ingenua. 

 
Sarmiento vs. Alberdi: ¿abrir o cerrar la grieta? La visión de Sarmiento y la elite porteña tenía fuerte representación en la prensa. Abogaban por exterminar y  combatir ya no a Rosas, derrotado en Caseros y fuera de circulación, sino a todo el rosismo en general. 
Alberdi, en línea con Urquiza,  cuestiona a esa prensa y la acusa de “inventar un Rosas cuando ya no lo hay”. “No estoy por el sistema de esos escritores, que nada tienen que hacer el día que no tienen qué atacar”, dice el tucumano. Para él, ese revanchismo contra los rosistas imitaba las formas bárbaras del antiguo tirano, y retrasaba la llegada de un orden constitucional que requería unión de las provincias. Sostenía que lo que importaba era desterrar no tanto a Rosas o a los rosistas sino “al rosismo”, y no perder el tiempo en perseguir a sus antiguos partidarios. Dirá a Sarmiento en las cartas: “Si tenemos derecho para suprimir al ‘caudillo’ y sus secuaces porque no piensan como nosotros, ellos le invocarán mañana para suprimirnos a nosotros porque no pensamos como ellos”. 
Pero Sarmiento se empecina en su forma de concebir la sociedad civilizada que debe llegar luego de Caseros como una especie de paraíso. Escribe: “Yo era el único oficial del Ejército Argentino que en la campaña ostentaba una severidad de equipo, estrictamente europeo (...) en lugar de poncho (...)”, y también se queja, describiendo a los soldados del ejército de Urquiza, que “mientras no cambie el traje del soldado argentino ha de haber caudillos”. Para Alberdi la civilización no tiene tanto que ver con las “formas y costumbres”, si no con el sistema de reglas que debe existir, el cual debe incluir y comprometer al caudillo, el gaucho y el indio, sin distinciones. “Todos son parte de la familia”, sentencia Alberdi. 

 

¿Un problema personal? Hay otros motivos para explicar el enojo de Sarmiento. En las cartas, Alberdi llega a objetarle que su encono contra Urquiza se debe a que cuando se presentó ante él y su ejército para ofrecerle sus “servicios de escritor”, Urquiza le restó importancia. No le interesó su fama como hombre de letras (que ya estaba consolidada) y apenas le permitió ser el corresponsal de guerra, sin apreciar ni su consejo ni su opinión sobre el curso de las acciones militares. Esta hipótesis cobra sentido, sobre todo si se observa el llamativo cambio de opinión de Sarmiento sobre Urquiza luego de conocerlo: de considerarlo “la gloria más alta de la Confederación”, a un bárbaro más. “¿Hallaba usted extraño que el general Urquiza no le admitiese a su consejo? Sin negar su brillante aptitud de periodista, (...) yo creo que (Urquiza) habría dado muestra evidente de poco juicio, entregando parte de la dirección de la guerra a cualquier periodista, por espiritual y elocuente que fuese”, le reprocha Alberdi.
 
El final de la historia (pero no de la polémica). Luego de múltiples conflictos entre Buenos Aires y la Confederación (incluyendo la secesión de Buenos Aires de 1852 a 1861) Mitre, al mando de las tropas porteñas, vence a Urquiza en la Batalla de Pavón en 1861. Es el fin de la Confederación, y del proyecto federal de Urquiza. Buenos Aires recupera su hegemonía. 
La figura de Urquiza se invisibilizará con el paso del tiempo: el revisionismo histórico, primero el mitrista y luego el “rosista”, lo recordarán sólo para legitimar posiciones críticas a él. Pero siempre quedará la correspondencia de Sarmiento y Alberdi, cronistas de su época, para seguir preguntándose qué hubiera pasado si ese “caudillo” hubiera sido el ganador y el definitivo pacificador de aquella grieta. 

*Por Tomás Rodríguez, alumno de segundo año de la Escuela de Comunicación de Perfil.
 

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