Domingo 26 de junio, 2022

DANZA | 27-03-2020 19:19

Flamenco a distancia

Federico, Poema del cante jondo. Espectáculo sobre poemas de García Lorca. Intérpretes: Ingrid Pellicori (recitado), Marcela Suez, Juan Ayala (baile flamenco), Argentina Cádiz, Eugenio Romero, Emilio Romero (cante), Rodrigo González (guitarra) y Juan Romero Cádiz (percusión). En el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT).

***La sala del CELCIT en penumbras presentó un aspecto inusual la noche del estreno de “Federico, Poema del cante jondo”. Las butacas separadas por un metro de distancia inhibieron el comentario susurrado entre espectadores durante la función, pero cumplieron estrictamente con las directivas vigentes desde ese mismo día para prevenir la pandemia de coronavirus. Era el prolegómeno de una situación por ese entonces inimaginable, y una de las últimas manifestaciones artísticas que se vieron en Buenos Aires antes del aislamiento social impuesto por el gobierno nacional el 20 de marzo.

La obra transitó los versos y el espíritu del poema escrito por Lorca en 1921 y publicado una década después, y su “Romancero gitano”. Los temas fundamentales del flamenco andaluz hacen eclosión en la letra del poeta granadino: el amor como pasión, la muerte, la naturaleza, la soledad, la pobreza, el destino. La dramaturgia de Ingrid Pellicori, Marcela Suez y Ana Yovino aprovechó la potencia del discurso lorquiano para engarzarlo con la fuerza de una danza y una música nacida de la mixtura de elementos árabes, hindúes, semitas, moriscos y gitanos, entre otras influencias orientales. El producto final, de poco más de una hora de duración, tuvo aspectos destacables y otros no tanto.

El justo decir de Pellicori abrió la función, luego en diálogo con Marcela Suez para dar entrada al personaje de Soledad Montoya en el célebre “Romance de la pena negra”. Dadas las menudas dimensiones de la sala y ante las precariedades de un innecesario micrófono, hubiera sido mucho más grato escuchar la voz de la actriz ‘al natural’, como se escuchó la de la danzaora. Un extenso monólogo zapateado de Suez, acompañado de palmas y percusión, puso sobre el tapete el trabajo profundo de la experimentada bailarina.

“Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero” recitó Pellicori, e irrumpió la danza masculina de la mano de Juan Ayala, impetuoso bailarín cuyo mayor capital es su actitud y empeño.

El cante (‘jondo’, profundo) tuvo su amplio momento en las voces de tres profesionales del género, en especial Argentina Cádiz, de fuerte presencia e interpretación. Dicen que el que toca nunca baila… pero el que canta sí, y el cantaor Emilio Romero hizo gala de sus dotes para el zapateo. Un párrafo especial merece Rodrigo González, tan dúctil para acompañar con sutileza como para el virtuosismo solista.

Sobre el final, y ya con su micrófono decididamente extinto, Pellicori desgranó más romances lorquianos. A esta altura, el ‘tablao’ ostentaba su fragilidad, absolutamente desgastado por los tacones de quienes, de verdad, le sacaron viruta al piso.

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Patricia Casañas

Patricia Casañas

Periodista crítica de danza.

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