Las estadísticas ayudan a dar una referencia en materia económica, sobre todo para contextualizar el sentido de las percepciones cotidianas. Según las últimas cifras informadas por el INDEC, el PBI creció en promedio 4,4% durante 2025, un dato que podría contrastar con quejas de innumerables sectores industriales y comerciales sobre la baja en el nivel de actividad que viene sufriendo. Pero, además, otro informe de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del mismo organismo oficial, confirmó que, en el último trimestre de 2025, la tasa de desocupación creció, pasando de 6,4% a 7,5% en un año. Sin embargo, lo llamativo no es este dato, que igualmente se sitúa por debajo del promedio de las últimas dos décadas (8,3%) sino que en dos años lo que ocurrió más que un salto nominal (+1,1%) fue un cambio cualitativo relevante: mientras desaparecían 60.000 puestos de trabajo urbano total, la gran víctima fue el trabajo formal (-190.000 empleos).
Una mirada. Lo que ocurre con la economía argentina no es sencillo de proyectar. Luego de dos años de recuperación económica, en lugar de sumar empleos, se destruyen y en lugar de crean formales se produce un deterioro cualitativo en su composición, sobre todo con el auge de trabajos informales o registrados bajo la modalidad del monotributo (cuentapropistas). Este número está en ascenso durante los últimos 15 años, casualmente los mismos en los que el PBI se estancó de punta a punta. “Este desacople entre crecimiento económico y dinámica del empleo se debe a que los sectores dinámicos (agro, minería, intermediación financiera) son los menos intensivos en empleo”, subraya el último informe de la consultora Invecq. Sin embargo, señala que, con perspectiva histórica, el dato del cuarto trimestre de 2025 no se aleja de los registros de igual período en 2016 (7,6%) y 2017 (7,2%) y se ubica por debajo de los niveles de los de 2018 y 2019, (9,1% y 8,9% respectivamente). “Con estos niveles, no estamos frente a una crisis de destrucción masiva de puestos de trabajo, sino que lo más preocupante es el deterioro en la calidad del empleo, con caída del empleo privado formal e incremento del trabajo informal”, argumenta.
En un análisis más detallado, se puede observar que el comercio sumó 210.000 puestos informales mientras los registrados privados en ese rubro crecía sólo en 4.000. La industria manufacturera, en cambio, agregó 87.000 trabajadores no registrados, pero perdió 63.000 puestos formales. En cambio, la construcción perdió simultáneamente puestos formales e informales (47.000 y 96.000, respectivamente), explicable por la caída de la actividad en el período (-27% en 2024 y +5% en 2025).
Los menos son más. Las perspectivas para 2026, son de un crecimiento en los sectores intensivos en trabajo, pero de magnitud acotada: Invecq proyecta para la industria y el comercio una módica expansión (+1%) y un 5% para la construcción. Pero los sectores de mayor dinamismo seguirán siendo los menos generadores de empleo: agro, petróleo y gas, minería, con crecimientos aun superiores al 5% y que, además, se sitúan en zonas alejadas de los grandes centros urbanos, con la excepción del polo neuquino.
Por su parte, Jorge Colina, economista de IDESA, destaca que el crecimiento en la producción registrado en los dos últimos años se apoya decisivamente en el sector agropecuario, energía, minería e intermediación financiera, sectores caracterizados por la alta generación de valor agregado con baja intensidad de empleo y en la mayoría de casos alejados de los centros urbanos. “En el otro extremo aparecen sectores como construcción, industria y comercio que siguen sin salir del crónico aletargamiento. Algo similar ocurre con el resto de los servicios que tienen una ponderación muy importante desde el punto de vista del empleo urbano”, agrega.
Todas estas características reflejan, en parte, el fenómeno asociado a la adaptación de muchas empresas al contexto de estabilidad y mayor integración al mundo. “Pero también es consecuencia de que subsiste un entorno tributario, regulatorio y de deficiente infraestructura física e institucional que, de manera muy diferente entre sectores, conspira contra la competitividad y sus posibilidades de sostener y expandir los niveles de empleo”, explica.
Otra peculiaridad del mercado de trabajo en Argentina subrayado por Colina es que el 90% de la demanda de empleo privado lo realizan empresas con menos de 40 empleados y con menos de 10 empleados equivalen al 76% del empleo no registrado. Según interpreta Colina, la informalidad en pequeñas empresas se debe a bajos niveles de productividad y altos costos laborales: los salarios en empresas informales son de aproximadamente $550.000 en las de menos de 10 empleados y $800.000 en las que están entre 10 y 40 empleados.
Bajo presión. Estas características sumadas a la proyección de crecimiento para las actividades que menos demandan empleo formal en las zonas de alta concentración de trabajadores, terminan por consolidar otro fenómeno: el empleo disponible no alcanza, ni en cantidad de horas ni en nivel de ingresos. En un trabajo del IERAL realizado por los economistas del Área Laboral Laura Caullo y Federico Belich, señalan que, de los 21 millones de ocupados, más de 3,7 millones están en esa situación. Son trabajadores que, aun teniendo empleo, buscan activamente otro trabajo o una mayor carga horaria. A veces, porque no logran completar una jornada plena; otras, por la insuficiencia del ingreso y en este contexto, el pluriempleo deja de ser una excepción y empieza a consolidarse como estrategia para sostener ingresos.
“Es decir, el problema no se limita únicamente a la falta de empleo, sino también a la calidad y a la capacidad de los puestos existentes para sostener ingresos; cuando se incorpora esta dimensión, la imagen del mercado laboral cambia de manera significativa”, sentencian.
Sumando los desocupados con los ocupados que buscan trabajar más horas o mejorar su situación laboral, la presión sobre el mercado de trabajo asciende al 24% de la población económicamente activa, lo que en términos absolutos equivale a más de 5 millones de personas. La interpretación es que estas cifras “muestran que el ajuste del mercado laboral no solo opera por la cantidad de empleo disponible, sino también por su calidad”.
Por eso, la magnitud del problema laboral surge al sumar a los desocupados y a los ocupados que buscan más horas de trabajo o un empleo de mejor calidad. Así, la presión efectiva sobre el mercado laboral trepa al 23% de la población económicamente activa (PEA), equivalente a 5,2 millones de personas y muestra que “una baja desocupación no necesariamente refleja un mercado laboral saludable, sino también la expansión de empleos precarios, fragmentados o informales”, agregan.
Las diferencias entre las zonas del país y sus características productivas refuerzan este diagnóstico. Por ejemplo, provincias como Córdoba (35,4%), Tucumán (34,2%) y Santa Cruz (27,7%), tienen altos niveles de presión laboral (siempre medida como la suma de “ocupados demandantes” y desocupados), sobre todo por la proporción de ocupados que buscan otro trabajo. Ninguno de estos mercados tiene una tasa de desempleo abierta más alta, pero sí salarios que resultan insuficientes para sostener los ingresos.
Resulta evidente que la batalla no es ya la de reducir la desocupación sino la de encontrar las grietas en el complejo mercado del trabajo para lograr su revitalización y la paulatina formalización. No hay magia: las condiciones necesarias son las de regulaciones que alienten y no ahoguen la inversión productiva, estabilidad macroeconómica y reaparición del crédito para financiar el proceso. Nada menos.















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