Viernes 9 de diciembre, 2022

ECONOMíA | 14-11-2022 01:42

Argentina y la sequía de dólares

El clima adverso ya impactó en la producción de trigo y amenaza a las exportaciones de soja y maíz, justo en un año electoral.

Lo que hasta hace pocos meses parecía no encajar en las variables que el monitoreo de los protagonistas de la City porteña ahora manda. El cambio climático dejó de ser un reducto de ecologistas trasnochados preocupados por el futuro del planeta. Como reconoció el propio ministro de Economía, la escasez de dólares es una pesadilla.

Las expectativas se depositan ahora en lo que ocurrirá ahora con las exportaciones del complejo agroindustrial, la única capaz de asegurar un flujo continuo para seguir pagando la energía y los insumos industriales para no paralizar la economía. Los otros dos sectores con capacidad neta exportadora (el minero-perolero y la “economía del conocimiento”) deben lidiar con la falta de inversiones y un dólar oficial atrasado.

Humedad 0. La primera campaña que si bien no es la decisiva para el saldo comercial resultó la más afectada: el trigo. A diferencia de otros cultivos, su incidencia en la “mesa de los argentinos” sólo es comparada con la del maíz. De 23 millones de toneladas producidas durante la última cosecha, las previsiones iban bajando periódicamente y se proyectan ahora una merma de entre 8 y 10 millones de toneladas en total. ¿El culpable? La escasísima humedad.

Por ejemplo, en la chacra experimental de Barrow, cerca del reducto triguero de Tres Arroyos (Buenos Aires) lanzó las estadísticas comparadas de lluvias en el partido desde 1950 en el período clave de abril-noviembre. Los valores de 2022 son los más bajos de los últimos 70 años, pero lejos de estabilizarse, la volatilidad de las lluvias fue en aumento durante todo este tiempo.

Para David Miazzo, economista jefe de FADA, el trigo ya fue irremediablemente golpeado por la sequía y las proyecciones van descendiendo cada 15 días, con una merma estimada de US$3.200 millones en el saldo exportador para este verano.

Este hecho indudablemente generará impacto macro por significancia cambiaria, pero también en la actividad económica en un año como 2023 que se estima el crecimiento del PBI no será mayor al 1%”, pronostica. Para el interior del país, especialmente, significa menos servicios, fletes y comercio con fuerte impacto en las poblaciones medianas.

Las estimaciones todavía no son claras con lo que pasará con la cosecha gruesa (maíz y soja) pero ya viene retrasada por la escasa humedad del suelo. Si la sequía continúa, se verá perjudicado la cosecha de soja y maíz, las exportaciones y el ingreso de divisas. Pero Miazzo proyecta un segundo semestre de 2023 en el que la incertidumbre electoral probablemente alentará al productor a reducir el ritmo de comercialización de la soja, como ya ocurriera en 2015, esperando algún tipo de devaluación ya que estima que el tipo de cambio oficial ya se retrasó 30% contra la inflación durante los dos últimos años. En síntesis, podríamos estar ante las puertas de una producción con menos volumen que este y con precios que ya no serán los picos alcanzados durante el inicio de la guerra en Ucrania.

Impacto. Dante Romano, el especialista de análisis de mercados de FyO, es más pesimista con las proyecciones, porque con las heladas y la falta de humedad posterior, no ve que se superen los 12 millones de toneladas (40% menos que este año). “De los 9 millones de toneladas declaradas, creemos que se van a terminar exportando 3 millones que son las compradas a precio y otros 6 millones más para consumo interno y todavía quedaría grano”, explica. Ocurre que los compradores tradicionales no están convalidando precios marcados porque perderían unos US$40 por tonelada, pero tampoco hay vendedores, asustados por la sequía. “De hecho, muchos productores que vendieron quieren recomprar para cancelar sus compromisos y esto es lo que sostiene a los mercados”, aclara.

Para el futuro, Romano proyecta dos escenarios: a) el mercado queda abastecido, los productores pretenden precios mayores, pero no se los convalidan; b)) Si bien queda volumen remanente en el mercado interno, ante la baja producción el chacarero argentino “se sienta” sobre el trigo y esto obliga a los molinos a pagar precios mucho más altos.

Las cuentas. La preocupación por el monto final de las exportaciones es entendible. Con ventas estancadas, este año impactó el boom de precios de los commodities que desde el fin de la pandemia venían subiendo, pero se aceleraron con la guerra. Aún con un año climático, las exportaciones en los tres primeros trimestres de este año subieron a US$67.131 millones, un 15% más que el año anterior. Pero las importaciones ascendieron a US$64.520 millones, que significaron un astronómico 40% más interanual. Quizás es lo que Massa alude como “festival de importaciones” para dar una vuelta más al torniquete aplicado en el comercio exterior. Es que el saldo comercial en estos 9 meses pasó de los US$12.341 millones en 2021 a sólo US$2.611 millones (la quinta parte) de 2022.

El impacto sobre la actividad económica argentina es inquietante porque las proyecciones de sus exportaciones están vinculadas con las del crecimiento de la economía mundial: en lo que va de 2022, dos tercios del total exportado se explica por la suma de productos primarios y productos manufacturados de origen agropecuario (PP y MOA). El FMI proyecta para la región un aumento del 1,7% del PBI contra un 2,7% de todo el mundo, bastante menos que el 4,9% del este de Asia. “A todo ello debe añadírsele (en realidad, además, como parte de la razón que explica lo anterior) la desaceleración de la economía internacional (PBI), que reducirá demanda externa, afectará -por ende- todo el comercio internacional planetario y contribuirá al enfriamiento relativo de los precios”, señala Marcelo Elizondo en su último estudio sectorial.

Horizonte. “Un crecimiento lento, por algún tiempo, parece ser lo que costarán al mundo y, sobre todo a los países desarrollados, la pandemia y la guerra declarada por Rusia”, sintetiza Juan Llach, en el último informe del IAE. A juicio del exviceministro de Economía, en seguida del optimismo por el control de la pandemia, vino el pesimismo causado por la invasión de Rusia a Ucrania. “Pensamos que la inflación se reencauzará, aunque muy gradualmente y lo más probable es que tendremos una desaceleración de la economía global”, apunta. Las prioridades cambiaron y ahora, bajar la inflación y “consumir más energías “verdes” serían el (¿módico?) precio de la amenazante crisis global”, concluye.

Esta vez, los esfuerzos por blindarse de un mundo menos amigable chocarán con la necesidad imperiosa de romper el techo que asfixia a la economía argentina desde hace una década, al menos: la sequía de dólares.

 

 

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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