Lunes 28 de septiembre, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 26-08-2020 13:45

El sabor a nada impacienta a les Fernández

Entre la ambición y la impotencia, resurge el síntoma melancólico K, de delegar -por anticipado- la responsabilidad de su fracaso.

No están para nada satisfechos. Aunque la Argentina lidera los rankings mundiales de duración del aislamiento obligatorio por la pandemia, Alberto Fernández sostiene que no hay cuarentena. Por su parte, Cristina Fernández acaba de dejar por escrito que la reforma judicial presentada por su Presidente, y por la cual el oficialismo lucha dentro del Congreso y la oposición hace ruido en las calles, en realidad no es una auténtica reforma judicial. Más allá de la letra chica específica de sus respectivas insatisfacciones políticas, la pareja que comanda el Poder Ejecutivo comparte el mismo sabor a nada, acaso más amargo que el del clásico tema de Palito Ortega. ¿Qué nos sucede?

En la nube semántica kirchnerista, la insatisfacción puede ser interpretada como la lógica impaciencia de un colectivo que tiene como horizonte declarado el plan de “ir por todo”, sea esto lo que fuere y según cómo se mire. Pero de acuerdo al historial de los gobiernos K, los momentos de insatisfacción oficial coinciden con la percepción de que se está a punto de chocar contra una pared histórica que probablemente impida ir más allá, a por todo. Y ahí, entre la ambición y la impotencia, resurge el conocido síntoma melancólico del kirchnerismo que entrega -por anticipado- la responsabilidad de su fracaso al resto: esto no es lo que queríamos hacer, pero no nos dejan hacerlo mejor, y si insisten en no dejarnos hacer, así no podemos seguir, así que háganse cargo. En ese punto, empieza a flotar en el fraseo K el fantasma del golpe institucional, paranoia que, hay que decirlo, siempre encuentra algún desbocado en la periferia que le da apariencia real: esta vez, el exabrupto quedó a cargo de Eduardo Duhalde, veterano agitador de espectros desestabilizantes.

Hay otra manía alarmante del cristinismo cuando desborda de insatisfacción en las fases inciertas de su acumulación política: implosiona la fórmula presidencial. Pasó con el radical Julio Cobos, pero también con el peronista Daniel Scioli, cuyos halos de moderados e interlocutores del establishment son valorados por los Kirchner en tiempos electorales, pero cuando las papas del mandato queman, entonces se convierten en traidores de alta toxicidad. Como Alberto Fernández, que fue hostigado por la prensa militante K apenas dejó de obedecer a los Kirchner y se quitó el bozal por unos años, pero que luego volvió a ser mirado con cariño por Cristina como su carta electoral en la manga para ganar en 2019. Ahora, ese matrimonio por conveniencia muestra fisuras en su estado de ánimo, y para escaparle al “sabor a nada” se precisan emociones fuertes, como las de antes, cuando hervía la “batalla cultural”: falta muy poco para saber si el principal conflicto será con los vecinos o si estallará en casa.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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