domingo, diciembre 8, 2019

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 27-11-2019 11:07

Síndrome de Estocolmo con K

El nombramiento del hijo de Roberto Lavagna al frente del Indec plantea una esperanza y un temor al mismo tiempo.

Cuando los periodistas indagábamos –bajo estricto “off the record”- en las internas de Consenso Federal, los socios más enojados con la conducción de Roberto Lavagna decían que todo se había armado simplemente para alimentar el ego del candidato presidencial y para conseguirle un buen empleo a su hijo Marco. En aquel momento, la acusación sonaba mezquina y chicanera. Pero a solo un mes de la contienda electoral, Alberto Fernández confirma públicamente que Marco Lavagna será su futuro titular del Indec. ¿Tenían razón los malpensados que acompañaron la boleta lavagnista?

La respuesta inmediata tiene sabor agridulce. Por un lado, parece auspicioso que el presidente electo haya pensado en un político que competía con su lista para confiarle el manejo de un organismo que el kirchnerismo había neutralizado para que las estadísticas no le complicaran su modo de gestionar el relato económico. Pero también es cierto que la movida puede leerse como parte de un toma y daca del Frente de Todos para absorber a uno de las pocos espacios peronistas que quedaban en pie por fuera de la unificación electoral que armó Cristina Kirchner.

En este sentido, ya se veían señales sospechosas durante la campaña electoral. Entre el debate de las PASO y el de la primera (y finalmente única) vuelta presidencial, se notó claramente el viraje del candidato Roberto Lavagna: en el debate de Santa Fe mantuvo un equilibrio agresivo ante la polarización electoral, denunciando las mentiras de la grieta, pero ya en el segundo debate, los televidentes apreciaron cómo el candidato de Consenso Federal y el del Frente de Todos no ocultaban sus puntos en común. Atrás había quedado un anuncio de campaña del bunker lavagnista, que prometía enfocarse en la crítica feroz al kirchnerismo, para darle al votante macrista desencantado una alternativa electoral por fuera de la grieta.

Este fenómeno es algo habitual, y no necesariamente debería estigmatizarse como “panquequismo” puro y duro. Ya pasó en 2015, cuando el establishment y buena parte de la sociedad anti K se ilusionaba, o hacía el esfuerzo de ilusionarse, con lo que parecía el inexorable triunfo de Daniel Scioli, al frente de un futuro gobierno apadrinado por Cristina. Ante la amargura y el pánico de lo inevitable, muchos trataban de encariñarse con ese neokirchnerismo supuestamente moderado por la figura de Scioli. Esa máscara disidente está ahora encarnada por el presunto kirchnerismo autocrítico de Alberto Fernández, que sería una especie de garante frente a los desbordes K que muchos temen.

La esperanza paciente marca el clima de estas semanas. Pino Solanas aceptó un exilio jubilatorio glamoroso en París, confiado de que el Gobierno que apoyó no cometerá en Vaca Muerta las atrocidades ambientales que tanto denunciaba. Y las feministas filokirchneristas comprenden el silencio tuitero de Cristina en medio del escándalo Alperovich, como también esperan que las presiones eclesiásticas no demoren la concreción de la promesa albertista de una ley de aborto que no se dio durante la presidencia cristinista.

La figura socio-piscológica para entender esta oficialitis optimista es el llamado Síndrome de Estocolomo, que sucede cuando la “víctima” (en este caso, de una derrota política a manos de un adversario temido), se enamora o se contagia del supuesto “victimario”. Es una manera de sobrevivir, de alimentar la necesidad social e individual de seguir creyendo en el futuro. También es la esperanza de dar vuelta el escenario de aparente sometimiento, inculcando en el nuevo poder la semilla del consenso. El kirchnerismo alimenta esta ilusión con el eslogan que asegura que volvieron para ser mejores. Habrá que ver quién cambia a quién.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Editor Ejecutivo y columnista de Radio Perfil.

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