El caso de una paciente que voy a traer es el típico de un vínculo de refuerzo intermitente. Resulta que con su pareja, cuando estaban bien, sentía que era la mejor relación del mundo. Era cariñoso, estaba pendiente de ella y la hacía sentir elegida. Y de repente desaparecía, se volvía frío o parecía que ella le molestaba. Ella nunca sabía con qué se iba a encontrar. Cuando ella se decidía irse, él regresaba con el comportamiento inicial. Entonces pensaba: ‘¿Ves? Esto sí funciona, solamente tenemos que volver a estar como antes’. Lo que la hizo quedarse.
Cualquiera que lea una situación así probablemente diría “yo ya me hubiese ido”. Pero ¿es tan fácil? ¿por qué a veces lo complicado e intrincado a veces nos resulta más atractivo?
El ser humano es un buscador de novedad; nos entusiasma conocer un destino nuevo, nos aburrimos del trabajo y buscamos otro, cambiamos el celular por otro que tenga mejor cámara, más rapidez, etc. ¿Qué pasaría si te digo que con los vínculos en algunas personas podría funcionar igual?

En los vínculos, lo lógico es que las personas busquen predictibilidad; esto es, coherencia entre acciones y palabras, respuestas en los mensajes, poder anticipar el comportamiento del otro; en definitiva, reducir la incertidumbre.
Pero no es tan lineal. Una persona puede mostrarse de forma absolutamente predecible y encantadora al principio, pero después demostrar inestabilidad emocional; dejar de hacer lo que hizo al principio, indiferencias o incluso faltar el respeto y tener destratos hacia el otro. La respuesta coherente del que recibe esto es desconcierto, malestar e inseguridad.
Eso hasta que la otra persona vuelve, nuevamente con su actitud inicial, con buena disposición, reparos, regalos, actitudes y palabras que parecen haber entendido el malestar generado antes.
El que recibe esto, por contraste, si bien no entiende mucho, se vuelve a sentir bien; vuelve a sentir la dopamina (neurotransmisor protagonista del área de recompensa) inicial.
A esto se le puede llamar “montaña rusa emocional”; hay subidas, bajadas, vueltas bruscas y cambios inesperados. A pesar de la búsqueda de calma de cualquier persona en una relación, una vez que se cae en esto, el vínculo comienza a volverse adictivo. Aunque se vivan otras experiencias con menos “montaña rusa”, la persona está insatisfecha. Hay algo demasiado predecible; hay algo aburrido; falta la dopamina que tenía el otro vínculo.
Esto se explica mejor por el llamado refuerzo intermitente: estos son los “premios” que vienen de forma no constante, cada tanto, lo cual genera un valor agregado para quien lo recibe. Si yo le regalo a alguien un chocolate, probablemente lo valoraría; si se lo regalo todos los días, este perdería su atractivo. En la montaña rusa emocional el refuerzo intermitente es lo que reina y lo que vuelve al vínculo tan adictivo.
A veces, lo que más nos engancha no es lo que recibimos, sino la incertidumbre de cuándo volveremos a recibirlo.
Debemos estar atentos a qué es lo que nos gusta de un vínculo y qué estamos eligiendo, a qué necesidad o afirmación nuestra está respondiendo.
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