En el espacio del consultorio, cuando un consultante habla de su animal de compañía, no relata una simple anécdota familiar. Habla de un soporte estructural. En tiempos donde los lazos sociales suelen ser frágiles, el animal ha pasado a ser un engranaje fundamental en la economía psíquica del sujeto, funcionando muchas veces como un dique frente a la angustia.
¿Es patológico tratarlos como personas? La clínica nos demuestra que el riesgo no reside en el exceso de afecto, sino en la negación de la alteridad. Humanizar al animal, exigirle respuestas humanas, tapar con él nuestro propio vacío negando sus instintos básicos, es despojarlo de su ser. El amor sano implica, por el contrario, soportar esa diferencia radical: quererlos justamente porque no son humanos.
Entonces, ¿qué función cumplen frente al malestar cotidiano? Los seres hablantes estamos atravesados por la falta y sometidos al agotamiento constante de la demanda del Otro. Las relaciones humanas conllevan el peso del equívoco, el juicio y la exigencia de tener que dar explicaciones. El animal, en cambio, nos ofrece el descanso de las palabras. Al no estar atravesados por el lenguaje, no demandan desde la neurosis. Su presencia física y real ofrece un lazo libre de dobles intenciones; un espacio donde el sujeto puede descansar de la agotadora obligación de tener que "ser algo" para el Otro.
La mirada del animal es limpia, despojada de la culpa y el reproche moral. No evalúa ni castiga nuestros tropiezos. Sin embargo, el verdadero desafío que solemos trabajar en sesión es que este refugio actúe como un puente para relanzar al sujeto hacia el deseo y los vínculos humanos, y no como un muro fóbico para aislarse del mundo.
En definitiva, alojar a un animal es una forma de hacer las paces con nuestra propia vulnerabilidad. En su silencio, nos enseñan a bordear la falta y a sostener la vida sin la necesidad imperiosa de taparlo todo con palabras.
Lic. Maximiliano Bon (psicólogos y psicoanalista)
IG: lic. maximiliano.bon
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