La relación de Javier Milei con las métricas de opinión pública atraviesa su momento más crítico. Mientras el Ejecutivo mantiene su enfoque exclusivo en las variables macroeconómicas, los sondeos de diversas consultoras comienzan a registrar un desgaste en el consenso social que acompañó al Gobierno en sus primeros meses. Esta divergencia entre el relato oficial y los números de las encuestas ha provocado una reacción virulenta por parte del mandatario.
El detonante de este nuevo conflicto fue la difusión de informes que indican que el rechazo a la gestión nacional ya supera el 50%. Ante la publicación de estos datos, Milei optó por trasladar la discusión al terreno de la descalificación personal a través de sus redes sociales, apuntando directamente contra los profesionales del sector:

"TRES DELINCUENTES A SUELDO. Uno peruKa rabioso, la otra pasada de zurda... obviamente, siempre con preguntas sesgadas para satisfacer el apetito antiliberal... El periodista que aparecía divulgando otro gran dincuente operador. Seguro añora darle una guitarra a Golperto. CIAO!"
Una de las destinatarias de estas críticas fue Shila Vilker, directora de la consultora Trespuntozero. La analista política, cuya firma estuvo detrás de algunas de las mediciones que incomodaron al Gobierno, respondió a los agravios con una mirada técnica sobre la naturaleza del vínculo entre la sociedad y sus representantes:
“El presidente está enojado con los números de opinión pública que tenemos. Lo entiendo, a lo largo de mi carrera he visto a muchos políticos enojarse cuando la preferencia se retrae. Forma parte de las oscilaciones del vínculo político. La opinión pública cambia, no se eterniza. Hoy están en un momento difícil. Han estado en momentos más felices. Pero las ceremonias de degradación al encuestador y/o al periodista difícilmente cambien la percepción social”, sostuvo Vilker.
El trasfondo de los números
El malestar presidencial se explica por la coincidencia de varios informes que muestran un cambio de tendencia. De acuerdo con datos publicados recientemente, la imagen negativa de Milei se ubica en un 51%, con un 50% de la población que cuestiona activamente su estilo de liderazgo. A esto se suma un dato sensible para el oficialismo: un sector mayoritario de la sociedad manifiesta el deseo de alternativas políticas que no estén vinculadas a los partidos tradicionales ni a la estructura actual.
El estancamiento de la actividad económica también empieza a pasar factura. Mientras la inflación muestra signos de desaceleración, el crecimiento no llega y el rechazo a las políticas oficiales se consolida en sectores que antes se mostraban expectantes. Según relevamientos de opinión, más del 60% de los consultados afirma que hoy no apoyaría electoralmente al proyecto de La Libertad Avanza.
El cruce entre Milei y los encuestadores pone de manifiesto una tensión recurrente en la política argentina: la dificultad de los gobiernos para procesar los datos de la realidad cuando estos no coinciden con las expectativas propias. En este escenario, la estrategia presidencial parece centrarse en desacreditar al mensajero, mientras los indicadores sociales marcan un límite a la narrativa oficial.















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