Mauricio Macri volvió a escena, pero no desde un atril ni en una mesa de negociación: lo hizo desde una fiesta electrónica. El sábado por la noche, el expresidente apareció en el VIP del show de Hernán Cattáneo en Ciudad Universitaria, territorio más asociado a la cultura joven que a la liturgia política. Llegó acompañado por Gustavo Arribas y el empresario Alejandro Macfarlan, y se movió con naturalidad entre luces, beats y conversaciones discretas.
No fue una presencia casual. Macri viene construyendo, desde su separación de Juliana Awada, una narrativa distinta: más suelta, más nocturna, incluso más performática. Esa noche tuvo su gesto simbólico. Se sacó una foto con una carta del tarot en la mano —“El Diablo”—, compartida por la artista María Baylac. La frase que acompañó la escena, “recupero mi poder”, terminó de cerrar el cuadro.

Un posteo de Valentina Etu interpretó la escena en clave política: la carta no remite a una “maldición”, sino a una a oportunidad de transformación. “Las cadenas sueltas”, resumió, como metáfora de un liderazgo que puede emanciparse cuando lo decida del paraguas libertario. ¿A Macri se le soltó la cadena?. La imagen, entre lo lúdico y lo simbólico, terminó funcionando como un mensaje involuntario sobre el momento político del expresidente.
La crónica nocturna conecta sin cortes, con la agenda diurna. En paralelo a esa escena, Macri se prepara para reaparecer con centralidad en la cena de la Fundación Pensar en La Rural, organizada por María Eugenia Vidal. Es el reposicionamiento del laboratorio ideológico del PRO, el lugar donde se ordena el discurso que después baja a la política territorial.

Y ese despliegue territorial ya tiene fechas. El 17 de abril iniciará su gira “Próximo Paso NEA” con paradas en Chaco y Corrientes. En Resistencia compartirá escenario con el gobernador Leandro Zdero; en Corrientes, buscará reconstruir vínculos con Gustavo Valdés y su entorno. La lógica es clara: volver a tejer una red de alianzas que le permita al PRO recuperar volumen propio, sin quedar subsumido en La Libertad Avanza.
La estrategia, según admiten en su entorno, es “de abajo hacia arriba”: reconstrucción territorial, candidatos propios en cada distrito y acuerdos selectivos con gobernadores que también empiezan a tomar distancia del oficialismo. Es, en términos políticos, un intento de volver a la lógica frentista que le dio origen al PRO, pero adaptada a un nuevo ciclo.

En ese contexto, la caída de Manuel Adorni aparece como un factor que reconfigura el tablero. No solo alienta a Mauricio Macri en su idea de construir una alternativa propia, sino que también impacta de lleno en la Ciudad de Buenos Aires. En el entorno del PRO repiten una frase que sintetiza el clima: “Hoy Jorge Macri reelige sin problemas”. La lectura es doble: por un lado, el primo del expresidente volvió a crecer en la valoración de los porteños con eje en la gestión y en algunas de las banderas de orden que comparte con La Libertad Avanza; por otro, la debilidad libertaria deja un vacío. “Ellos se quedaron sin candidato y sin relato”, agregan, convencidos de que el escenario porteño volvió a abrirse.
En ese horizonte, hay tres datos que ordenan la estrategia. El primero es el desgaste incipiente del gobierno de Milei en sectores clave. En la “calle” —clases medias tensionadas por el ajuste— y en el “establishment” —empresarios que empiezan a demandar previsibilidad— crece la sensación de que el rumbo económico no debe revertirse, pero sí corregirse.

El segundo dato es cultural: la sociedad argentina no parece querer volver atrás, pero tampoco tolerar la volatilidad permanente. Esa combinación abre espacio a una derecha más ordenada, menos disruptiva, algo que ya se vio en otros países de la región y en Europa, donde tras experiencias más radicales emergieron opciones conservadoras institucionalizadas.
El tercer dato es interno: el PRO necesita redefinir su identidad. Durante meses osciló entre la subordinación y la irrelevancia. Ahora busca convertirse en “el próximo paso”, como dijo el propio Macri: no una oposición frontal, pero tampoco un apéndice del oficialismo. En ese tablero, la figura de Macri vuelve a ser central, aunque no necesariamente como candidato. Su entorno deja correr dos hipótesis: que compita en 2027 o que bendiga a un dirigente de su confianza —nombres como Jorge Britos aparecen en esa conversación— para encarnar esa síntesis de orden, gestión y previsibilidad.
La escena del Diablo, entonces, deja de ser anecdótica. Es, en cierto modo, un guiño sobre el dilema que enfrenta: seguir atado a un experimento político que ayudó a sostener o liberarse para construir una alternativa propia. La foto, con tono jocoso, condensa una tensión real. Macri parece haber elegido un camino intermedio: acompañar sin romper, pero construir sin depender. En política, ese equilibrio es inestable. Pero también puede ser, si el contexto acompaña, la puerta de regreso.















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