La escena en la entrada de Balcarce 50 resultó, cuanto menos, sintomática. Liliana Franco, una histórica de la Sala de Periodistas con más de tres décadas recorriendo los pasillos oficiales, se encontró con una barrera inesperada: el Gobierno le prohibió el ingreso a las conferencias de prensa. El motivo del veto, aunque no oficializado, apunta a la incomodidad que generaron sus preguntas sobre el sensible caso de espionaje ruso que sacude al Ejecutivo.
El desplante no pasó desapercibido para la abogada y periodista Natalia Volosin, quien utilizó sus redes sociales para disparar un dardo envenenado que caló hondo en el "círculo rojo" mediático.

“Mi solidaridad con Lili Franco. Que su pesar sirva de ejemplo para las generaciones venideras: chuparle las medias al poder de turno no sólo es indigno; es ineficaz”, sentenció Volosin.
La ingratitud de las fuerzas del cielo
Para Franco, la exclusión fue un golpe personal y profesional. En un descargo cargado de impotencia, la periodista recordó que fue la propia prensa —a la que ella pertenece— la que le dio el volumen necesario a la figura de Javier Milei cuando era apenas un panelista excéntrico. “¿Quién lo hizo conocido a Milei? El periodismo”, disparó desde los micrófonos de Radio Rivadavia, marcando la contradicción de un Gobierno que hoy desprecia las manos que, en su visión, ayudaron a construirlo.
A pesar de su perfil históricamente amigable con las ideas libertarias y su defensa de gran parte de la narrativa oficialista, Franco descubrió que en la Casa Rosada de 2026 no existen los "vouchers" de lealtad. El control de daños por el escándalo de los espías rusos cerró las puertas incluso para quienes, hasta ayer, eran considerados parte del equipo.
El costo de la cercanía
La crítica de Volosin apunta al corazón de un dilema ético: la ilusión de que la cercanía con el poder otorga inmunidad o privilegios de información. El caso de Franco demuestra que, para el esquema de comunicación actual, el periodismo es una herramienta descartable: útil mientras amplifica el mensaje, molesta en cuanto intenta ejercer el oficio de preguntar.
El episodio deja una postal amarga para el periodismo acreditado. Mientras Franco lamenta el "ninguneo" tras 30 años de trayectoria, la frase de Volosin queda resonando en los pasillos de la Rosada como una profecía autocumplida: en la política del "todo o nada", la obsecuencia no garantiza el acceso; a veces, solo garantiza el ridículo cuando se cierra la puerta en la cara.

















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