Por Alejandra Dabel — A las diez de la mañana, la sala del café está llena. El ritual se repite en cada mesa: el despliegue del dispositivo, el ajuste de los auriculares y la inclinación precisa del cuello. Nadie levanta la vista, nadie busca contacto. Los cuerpos están dispuestos de una manera que garantice una distancia de seguridad infranqueable. En la mesa del rincón, un hombre recorre las noticias con un movimiento mecánico del pulgar. A su lado, una mujer trabaja frente a una pantalla que le devuelve una luz blanca y fría. La cortesía ya no reside en el saludo ni en el intercambio de palabras, sino en la capacidad de ignorar al otro de manera absoluta. El café, los sonidos de la máquina espresso y la luz que entra por los ventanales son una escenografía diseñada para decorar cada burbuja privada.
El teléfono en la mano funciona como un filtro que permite navegar el espacio físico sin participar en absoluto. El usuario se mueve por la cafetería, elige su lugar, pide y se sienta, pero su atención permanece cautiva en la interfaz. Mientras el cuerpo cumple con el ritual de tomarse un café, la mente habita una red privada, blindada contra el entorno. Hablar con alguien en una mesa se siente como un costo innecesario, una demanda de tiempo que el ritmo de la conexión no permite. Se levantan paredes invisibles hechas de cables y silencio. El éxito de la convivencia se mide en la capacidad de habitar un espacio público sin que nadie más note nuestra existencia. La verdadera libertad es, simplemente, no ser molestados.
El vapor de la máquina de café sube hasta el techo. De fondo, una canción pop apenas se escucha. El camarero limpia una mesa vacía. Es un pacto silencioso: todos están ahí, pero nadie está presente. El otro se vuelve un objeto decorativo, un cuerpo que ocupa una silla y garantiza que el mundo sigue vivo, pero que no exige ni una palabra, ni un gesto, ni el riesgo de un encuentro. La burbuja es perfecta. Cada persona se asegura de que su espacio personal sea una isla, y la cafetería, el archipiélago donde la soledad se gestiona en compañía.
(Alejandra Dabel es escritora y docente. Autora de “La máquina de hacer feliz”, Editorial Caburé y “Aguavivas costeras”, Editorial Gualicho. Instagram: @alejandradabel / Mail: [email protected])
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