martes, diciembre 10, 2019

OPINIóN | 08-11-2013 11:00

La Corte y los cortesanos

Como presidente del máximo tribunal, Ricardo Lorenzetti desempeña un papel político muy importante, pero, por ahora, no quiere que nadie lo tome por un político.

Como presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti desempeña un papel político muy importante, pero, por ahora al menos, no quiere que nadie lo tome por un político. Sería meterse en el barro. Puede entenderse, pues, el fastidio que siente cuando los enojados por su decisión de cohonestar la Ley de medios la atribuyen a motivos más políticos que jurídicos. Si bien pocos han estado dispuestos a ir tan lejos como la reelecta diputada Elisa Carrió, la que, con su vehemencia habitual, lo acusa de haber cometido una multitud de delitos, de los que el más grave, en su opinión, fue violar el principio republicano de la división de poderes, ha quedado instalada la sospecha de que el fallo fue fruto de una larga serie de negociaciones turbias, celebradas en secreto, entre miembros de la Corte comenzando con Lorenzetti por un lado y Cristina, Carlos Zannini y otros operadores kirchneristas por el otro.

Aunque Lorenzetti niega haber hablado de la ley de medios con dichos interlocutores y señala que es perfectamente normal que ministros de la Corte charlen a menudo con políticos, tanto oficialistas como opositores, no cabe duda de que se ha visto perjudicado por el asunto. La ciudadanía quiere creer que, por fin, el país cuenta con una Corte Suprema imparcial que está por encima de las vulgares reyertas políticas y que nunca jamás soñaría con pactar con un gobierno, sobre todo uno tan arbitrario como el de Cristina, modificando sus sentencias con la esperanza de conservar así ciertos privilegios o defender intereses personales apenas confesables.

Es posible que ya la tenga y que, sin habérselo propuesto, Néstor Kirchner ha fortalecido tanto el Poder Judicial que no vacilaría en oponerse al gobierno de su viuda, pero está tan difundida la propensión a interpretar todo cuanto sucede en términos políticos, ubicando pormenores como el supuesto por la fecha elegida para anunciar el fallo en el contexto de la gran batalla que están librando Cristina y sus soldados contra el resto del género humano, que no sorprende que muchos hayan pensado que Lorenzetti intentaba congraciarse con un gobierno malherido por razones que le son propias. Si andando el tiempo el juez decide hacer una carrera en política, muchos recordarán más la ayuda oportuna que dio a los kirchneristas que sus manifestaciones de simpatía para con el socialismo santafesino de Hermes Binner.

Para Cristina misma, el fallo fue un regalo de los dioses. Vino justo cuando trataba de recuperarse anímicamente del deterioro abrupto de su propia salud, la eliminación de la posibilidad de eternizarse en el poder y una debacle electoral humillante que no encaja en el relato. ¿Y para los demás? No se equivocaba Lorenzetti cuando dijo, en el transcurso de aquella entrevista extensa con Jorge Fontevecchia que tanto dio que hablar, que “a la mayoría de la gente no le interesa” el tema. Pero sucede que a los políticos y periodistas enclaustrados en su micromundo, el fallo y sus eventuales consecuencias sí les parecen prioritarios.

De haberlo difundido poco antes de las elecciones legislativas, los resultados hubieran sido con toda seguridad iguales, pero al demorar el anuncio la Corte brindó a los militantes kirchneristas lo que a su juicio fue un triunfo espléndido. Para más señas, privó a Sergio Massa y compañía de algunos días de protagonismo mediático, una pérdida que, si pensamos en la cantidad enorme de dinero que los políticos profesionales suelen invertir en mantenernos al tanto de sus actividades y pareceres, equivaldría a millones de dólares.

Sea como fuere, el Grupo Clarín, lo mismo que los movimientos políticos grandes y chicos, se ha propuesto adaptarse a circunstancias que le han vuelto adversas dividiéndose. Sería una variante de lo que en la jerga empresarial se llama franchising, una modalidad que, para alarma de los gobiernos occidentales, hasta la red terrorista Al-Qaeda ha adoptado con éxito. De prosperar la iniciativa de Clarín, en adelante los vínculos entre las distintas partes del imperio no serán legalmente formales sino emotivos.

En una sociedad en que abundan los testaferros y es habitual repartir entre familiares y amigos propiedades valiosas de uno u otro tipo, incluyendo puestos clave en la estructura judicial y la política, el arreglo que prevén los ejecutivos del holding y sus abogados es lógico. Para frustrarlo, los kirchneristas tendrían que actuar como vigilantes ideológicos e insistir en que los medios presuntamente distintos se diferencien de verdad. Se trata de una alternativa que es de suponer quisieran ensayar personajes de mentalidad totalitaria, pero que, merced al cambio de clima político que el país ha experimentado últimamente, no les será dado poner en práctica.

En un esfuerzo por brindar una impresión de ecuanimidad, la Corte agregó al texto del fallo referencias conmovedoras al pluralismo, a la necesidad de que el Gobierno distribuya la pauta publicitaria estatal sin discriminar entre amigos y enemigos y que deje de lesionar la libertad de expresión a través de presiones económicas, porque, afirma, dicha libertad “se constituye fundamentalmente en precondición del sistema democrático”. De respetar el gobierno de Cristina tales desiderata, el país estaría por experimentar una revolución mediática aun más espectacular que la prevista por quienes fantaseaban con la expropiación instantánea del Grupo Clarín para que sumara sus muchas voces al coro aplaudidor oficialista, pero ni siquiera Lorenzetti supondrá que se les ocurriría a los kirchneristas ordenar el desguace de los multimedios nacionales y populares que los acompaña o permitir que reaccionarios se encargaran de programas de la televisión gubernamental. Como diría la señora, pedirle prestar atención a la música ambiental con la que la Corte procuró amenizar el fallo sería too much.

Pues bien: una cosa es el país contemplado por los miembros del tribunal que se rija por leyes no discriminatorias, y otra muy diferente es el que efectivamente existe. Una reforma legal que a ojos de Lorenzetti sería razonable y equitativo en el primero, podría resultar ser un arma de destrucción masiva en el segundo. Es lo que tenían en mente los kirchneristas más rabiosos cuando, con la ayuda de sus correligionarios académicos, se pusieron a confeccionar leyes destinadas a permitirles asestar un golpe demoledor a una empresa mediática determinada. Algunos aún querrían rematar la faena, desmembrando “de oficio”, sin anestesia, el monstruo que tanto odian, pero parecería que su hora ha pasado y que tendrán que conformarse con lo ya hecho. Si resulta que los pesimistas tienen razón y que todos los medios se ven debilitados por la fragmentación impulsada por la ley, los más beneficiados podrían ser los comprometidos con gobiernos futuros que tengan muy poco en común con el actual.

No solo Cristina, enamorada como está de los espejos, y otros políticos conscientes del valor de su imagen particular son proclives a sobreestimar la influencia de los medios. También lo son muchos periodistas. Pero si estuvieran en lo cierto quienes creen que una corporación de las dimensiones de Clarín es capaz de manejar la realidad, sería difícil explicar la diferencia sideral entre los resultados de las elecciones presidenciales de 2011 y los de las legislativas del mes pasado; en ambas ocasiones la actitud asumida por el “monopolio” y otros medios críticos fue la misma. Para que la ciudadanía confíe en los medios, estos han de reflejar lo que pasa con cierta precisión; si todos se limitaran a repetir las consignas insensatas de funcionarios como Guillermo Moreno que dicen que la Argentina es un país libre de inflación, nadie les creería. A la larga, despreciar la verdad es contraproducente tanto en política como en el periodismo.

Los más beneficiados por la ilusión mediática siempre han sido aquellos empresarios que han sabido aprovechar el hipotético poder omnímodo de la prensa para convencer al gobierno de turno de que le convendría colmarlos de beneficios. El CEO de Clarín, Héctor Magnetto, lo hacía rutinariamente, pactando con un presidente tras otro, hasta romper prematuramente su “alianza estratégica” con Néstor Kirchner, un error que le costaría muchísimo dinero. También han prosperado, emulando con torpeza al maestro, los empresarios movedizos que se han puesto al servicio del aparato propagandístico kirchnerista. Desde su punto de vista, la falta evidente de interés del público en los medios oficialistas es un detalle menor; con tal que sigan llegando subsidios, no tendrán motivos para preocuparse. ¿Y después? Los cerrarán, echando a la calle a los empleados, para entonces dedicarse a otro negocio.

Si bien Lorenzetti y otros jueces tratan de hacer creer que les tiene sin cuidado su imagen personal ya que, al fin y al cabo, su tarea consiste en aplicar la ley y la Constitución sin preocuparse por las veleidades de la opinión pública, sabrán que no sólo es de su propio interés sino también de aquel del país en su conjunto que sea respetado el Poder Judicial. Caso contrario, la Argentina se hundirá irremediablemente en lo que Raúl Alfonsín llamaba la ajuridicidad y pensadores de otros tiempos la anomia, un mal que es característico de sociedades sumisas que se han acostumbrado a dejarse gobernar por gente sin escrúpulos.

* El autor es PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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