Martes 7 de abril, 2020

SOCIEDAD | 12-02-2020 14:54

Antivacunas, astrología y terraplanismo: la ignorancia está de moda

El pensamiento mágico y conspirativo gana terreno en todo el mundo. Líderes políticos y de opinión avalan teorías insólitas. El “saber” de la posverdad.

No todo es lo mismo. Es cierto. El auge de la astrología tiene un impacto diferente que el crecimiento de los movimientos antivacunas o los argumentos que cuestionan la evidencia contra el cambio climático. Las consecuencias de adherir fervientemente al terraplanismo no son iguales a la difusión de terapias alternativas que prometen curas milagrosas para cualquier enfermedad. Sin embargo, todas estas posiciones comparten un denominador común: la desconfianza en el conocimiento científico. En tiempos de posverdad y de teorías conspirativas al alcance de un clic, la ciencia perdió su lugar hegemónico. El fenómeno, que se observa en todo Occidente, pone en crisis los métodos con los que se pretendía encontrar respuestas a las grandes preguntas de la humanidad. Y, mientras un sector de la población confía en haber descubierto nuevas formas de alcanzar la verdad sobre el hombre y la naturaleza, la academia se preocupa y hace autocrítica.

Lejos del estereotipo que ubica a los científicos como hombres y mujeres aislados, aburridos y que sólo pueden utilizar palabras incomprensibles, los divulgadores insisten en que todo avance científico surge a partir de la curiosidad, de la pregunta permanente y de la capacidad de revisar y reelaborar cada nueva afirmación. Las personas de ciencia, repiten, tienen más dudas que certezas y, desde su mirada, la verdad es una especie de utopía inalcanzable para la que se trabaja día a día.

Sin embargo, después de siglos en los que se pregonó por la ilustración y el progreso a partir de la razón, algo falló. Para Sergio Barberis, doctor en Filosofía y docente de Filosofía de las Ciencias e Historia de la Ciencia de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, el fenómeno al que asistimos en pleno siglo XXI tiene características particulares: “Pseudociencias hubo siempre. Algunos filósofos las describen como si fuesen actividades que parasitan a la ciencia. Es decir, mientras haya ciencia normal, vas a tener algunas comunidades que negocian con el pensamiento científico para defender ideas que no se corresponden con el pensamiento científico. Pero ahora puede hablarse de un auge de las anticiencias, que no es exactamente lo mismo. No es gente que está dispuesta a decir ‘lo que nosotros hacemos también es ciencia’, sino que plantean ‘no me interesa lo que la ciencia tenga para decir’. Es algo mucho más radical”.

Todos estos movimientos más radicales que se apoyan en el “pensamiento mágico” suelen partir desde la certeza y, en algunos casos, desde la conspiración: que la Tierra es plana y las grandes potencias lo ocultan; que las vacunas no son buenas para la salud sino un negocio de los laboratorios; que el calentamiento global se inventó para promover el cierre de industrias o que la medicina tradicional esconde tratamientos eficaces en favor del dinero, son algunos de los argumentos más repetidos por los militantes de estas causas. El caso de la astrología, sin embargo, puede ser diferente: si bien no tiene un discurso tan beligerante hacia al mundo científico ni tampoco observa un complot en su contra, su abierta negación hacia la evidencia, su masiva penetración en las clases medias y su reproducción entre pares y de generación a generación no hace más que sorprender a los académicos.

En 1930 Albert Einstein, el ícono de la ciencia del siglo XX, había escrito: “La cosa más bella que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de toda verdad y ciencia. Aquel para quien esa emoción es ajena, aquel que ya no puede maravillarse y extasiarse ante el miedo, vale tanto como un muerto: sus ojos están cerrados”. Quince años después, la humanidad fue testigo de la bomba atómica, de Hiroshima y Nagasaki. Para los especialistas, aquel puede ser uno de los hechos que marcó el camino de la desconfianza. A casi un siglo, la ignorancia se puso de moda.

Casi un juego. Los expertos consultados por NOTICIAS coinciden en el crecimiento de estas tendencias pero insisten en la gradualidad a la hora de evaluar sus riesgos. Esta semana, por ejemplo, una de las noticias que más revuelo causó fue la difusión de un taller organizado por la Escuela de Brujas Feministas destinado a niñas de 5 a 10 años. Con tono lúdico y pseudopedagógico, la propuesta consistía en aprender a hacer “amuletos y rituales”. Como si fuera un encuentro de artes plásticas, las fotos difundidas por las organizadoras muestran a nenas recortando papeles de colores y confeccionando sus propios “libros de hechizos”.

En el feminismo, el asunto es un debate. Mientras la astrología tiene cada vez más presencia, la ciencia continúa siendo un espacio poco explorado. Agostina Mileo, conocida como “La Barbie Científica”, es una de las divulgadoras que cuestionó en esta tendencia que supone la reivindicación de las mujeres de la Edad Media. “La validación del conocimiento es dinámica y concomitante y que algo sea ancestral o no, tiene poco que ver con esa validación. El yoga, por ejemplo, tiene orígenes muy antiguos y sus beneficios están bien documentados. En el caso de la astrología, hoy conocemos la magnitud de las fuerzas gravitatorias y sus efectos como para saber que no es posible que causen cambios en la personalidad”, escribió en un artículo denominado “En el cielo las estrellas, en el feminismo las espinas”.

En diálogo con NOTICIAS, Mileo aseguró: “Hay personas que usan la astrología como una herramienta introspectiva o para repensarse. El tema está en que esos giros retóricos o poéticos deben ser transparentes y quienes hablan deben ser responsables en los alcances que tiene lo que dicen”.

Diego Golombek, biólogo y divulgador científico: “Si alguien quiere declararle su amor a otro según el horóscopo, adelante, no le hace mal a nadie. Lo que no está nada bien es que haya gente que eduque desde ese lugar”. De ahí la gradualidad: no es lo mismo leer las predicciones de la semana que armar un taller con tono pedagógico para niñas.

Lo mismo podría decirse del terraplanismo que, si bien no genera mayores riesgos, su descreimiento hacia la evidencia científica parece una burla. En Argentina, sus adherentes se reunieron por primera vez en marzo del 2019 en Colón, donde hicieron jornadas en las que se afirmó que la Tierra es plana. Este movimiento, que también asegura que los dinosaurios fueron una invención, insiste en que en los márgenes del planeta las grandes potencias mundiales tienen presencia y que dedican todo su esfuerzo a que la humanidad no sepa la verdad.

Imprudencia. El asunto toma otro tono cuando el debate sobre creencias tiene una injerencia directa en la vida y de las personas. En el terreno de la salud, hay dos cuestiones que preocupan de forma particular a los científicos: el crecimiento de los movimientos antivacunas y la gran cantidad de terapias alternativas que ofrecen curas de todo tipo.

Bajo la premisa de que las vacunas no son necesarias y que sólo circulan para hacer lucrar a los grandes laboratorios, cada vez más personas deciden no vacunar a sus hijos. La página de Facebook donde algunos de los adherentes a este grupo comparten opiniones tiene más de 20 mil seguidores y las consecuencias de sus decisiones empiezan a ser un problema de Estado. En octubre del 2019 se conoció la noticia de que una mujer de Capital Federal había contagiado a sus cinco hijos de sarampión, una enfermedad absolutamente prevenible pero que no para de crecer en Argentina y en el mundo. El año pasado se registró a nivel nacional el mayor brote desde el año 2000.

Algo similar sucede con las terapias alternativas aunque, en este asunto, la variedad de opciones es inabarcable. El único registro conocido en el habla hispana fue elaborado por el Ministerio de Sanidad y Ciencia de España en febrero del 2019. El organismo enumeró 73 pseudociencias. Desde cuencos tibetanos hasta hidroterapia de colon. Todas con la promesa de mejorar la calidad de vida, en algún momento aterrizaron en Argentina. En nuestro país, el debate incrementó cuando Cecilia “Caramelito” Carrizo hizo un pedido público de dinero para que su hermano, que padece Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA, una enfermedad que no tiene cura), pudiera acceder a un tratamiento millonario en Estados Unidos que, a través de inyecciones y de una transformación espiritual, prometía la recuperación.

Detrás de algunas de estas cosas hay negocios. Detrás de las medicinas alternativas hay no un afán por mejorarle la vida a la gente sino intereses comerciales. Detrás de otros movimientos hay un afán para dominar la credulidad de la gente. Esto te conviene para cualquier otro objetivo que tengas después”, agregó Golombek.

En este segundo lugar ubica la academia a líderes como Donald Trump, quien mucho antes de convertirse en Presidente, en el 2012, ya se cruzaba con todas las evidencias científicas que alertaban sobre el cambio climático: “El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos para hacer menos competitiva a la industria de Estados Unidos”. Una vez en el poder, sus palabras se hicieron realidad cuando decidió que retirar a su país del Acuerdo de París. El enfrentamiento de Trump con la comunidad científica estadounidense en este asunto fue uno de los temas que retomó el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. En su campaña, el brasileño prometía abrir el Amazonas para la explotación económica.

En los últimos meses, la realidad desmoronó sus posiciones: los incendios en el Amazonas y en Australia pusieron a los científicos en la agenda y fueron ellos los únicos capaces de explicar por qué el mundo colapsa.

Razones. No hay una única explicación que sintetice por qué el conocimiento científico no logra la masividad que los movimientos basados en el pensamiento mágico. Mileo insiste en la necesidad de ir más allá de los individuos en particular: “Se suele poner el foco en la gente que se vuelca a estas creencias como si fueran estúpidos. Hay una doble vara, porque cuando se trata de personas vulneradas no se tiene esa actitud y cuando se trata de la clase media se los trata de irresponsables o terroristas como si no hubiera movimientos culturales de los que hacerse cargo, como si la información fidedigna no estuviera enmarcada por instituciones que muchas veces son fraudulentas o corruptas”, insiste.

Algo similar plantea Golombek, para quien “en una sociedad capitalista se generan recelos y sospechas”. “En la mayoría de los casos, son sospechas bien fundadas, pero en otros no. Esa falta de fundamento se extiende y las personas se plantean: “¿Y por qué debería creer en la ciencia? Deben ser los mismos que me mienten con todo el resto”, apunta.

Barberis coincide con ambos planteos pero agrega dos cuestiones fundamentales: “la confianza ciega en la ciencia comenzó a romperse cuando en el siglo XX, con la industria bélica y las guerras, se perdió la ilusión de progreso”. Además, insiste en tener en cuenta que las estrategias que utilizan las industrias contaminantes o dañinas para la salud suelen apelar a un discurso supuestamente científico para limpiar su imagen: “No hay que ser ingenuos en esto. Y esas cuestiones generaron muchísimo recelo y desconfianza por parte de la gente”.

Autocrítica. Fabricio Ballarini es biólogo y presidente de Educando el Cerebro, una organización que tiende puentes entre la ciencia y las escuelas. Para él, este fenómeno significa “el fin de la verdad”. “No de la verdad en términos de que la ciencia generae verdades. La ciencia es como la zanahoria que hay que alcanzar. Por eso es intranquilizante, te da incertidumbre. En cambio, el pensamiento mágico es más fácil y genera menos gasto cognitivo”. El experto está convencido de que hay un punto en el que la academia falla en la divulgación. “Vas a cualquier reunión y se habla de temas de los que nadie sabe. En cambio, se piensa que para hablar de ciencia tenés que ser científico Ahí tenemos que hablar también”, insiste Ballarini.

Mileo subraya la crítica interna. “Con las epistemologías críticas, concluimos que la idea de verdad no es tal pero con eso se entra en una espiral que se plantea que, si no existe el conocimiento absoluto, todo da lo mismo. Ahí hay responsabilidad de la comunidad científica y de la comunicación pública de la ciencia. ¿Por qué? Porque sobre estas críticas acerca de la verdad, hacen caso omiso. El discurso científico es explicativo, lineal y verticalista y no una invitación a participar. Los otros movimientos le dan a las personas la oportunidad de validar sus opiniones”.

La buena ciencia, concluye Golombek, tiene un alto grado de humildad porque acepta que las cosas cambian todo el tiempo. “Así como pedimos que el Estado apoye a la ciencia, tenemos que pedir que el Estado se apoye en la ciencia”.

Mientras que los divulgadores se esfuerzan por sacar del claustro a los científicos y científicas, el pensamiento mágico los acorrala. En la web proliferan teorías y cualquiera puede replicarse sin límites. El 28 de enero pasó con Eloy Rivera, un ex Gran Hermano que, en Twitter, intenta ser la voz de los desconfiados de la ciencia: “El coronavirus fue creado por ellos para reducir la población y controlarnos. Por nada en el mundo se vacunen. Las vacunas no te protegen de nada, al contrario, te hacen más dócil de manipular. Simplemente vibren alto, buena energía y luz. Es la cura a todas las enfermedades”, publicó y se volvió tendencia. Si se tratara solo de consumo irónico, sus palabras se sumarían a los tantos virales de entretenimiento. Pero el riesgo es mucho mayor.

 

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Giselle Leclercq

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