Viernes 25 de septiembre, 2020

SOCIEDAD | 14-06-2020 02:02

Cuando el lenguaje se ocupa de estigmatizar

En el discurso cotidiano aparecen palabras como “negro”, “villero” o “pibe chorro” que marcan relaciones de poder dentro de una sociedad desigual.

“Negro”, “villero”, “pibe chorro” son solo algunos ejemplos del racismo que aparece en el lenguaje de los argentinos. Desde nuestros orígenes como nación a la actualidad, este se manifiesta en forma directa o sutil en nuestro discurso. Y persiste pese a los intentos para erradicarlo.

Según Virginia Manzano, antropóloga social de la UBA, “el racismo se produce en las sociedades cuando las diferencias, que son constitutivas del ser humano, pasan a estar bajo regímenes de poder y de desigualdad social”.  Así el racismo se manifiesta cuando una estructura social se organiza en forma desigual, en torno a una diferencia como puede ser el color de piel o la condición social.

En Argentina, en principio, el lenguaje racista se dirige hacia la gente de tez morena, sean argentinos o inmigrantes de los países limítrofes. Varios expertos rastrean el nacimiento del discurso racista argentino en la famosa obra literaria de Sarmiento: “El Facundo”. “Una obra canónica inicial que sintetiza la visión racista en su intento de definir a la Argentina como nación y que luego ha servido de base a discursos y prácticas posteriores”, opina Susana Skura, profesora de antropología y letras de la UBA, quien aclara que esta obra no es la única que propone esta mirada social. Es en “El Facundo” donde nace la dicotomía civilización o barbarie, que coloca al indio y al gaucho como sujetos peligrosos e inviables, que amenazan e impiden el progreso de una sociedad cuya élite se miraba en el espejo de la “Europa blanca”.

Según los especialistas, a lo largo del tiempo, el idioma fue señalando a distintos “otros”: el “cabecita negra”, “el negro”, que luego se convirtió en el “negro villero” y, en los ’90, con el aumento del desempleo y la delincuencia, el “pibe chorro”. Actualmente, “El Brian y La Yesi” representan la concreción lingüística de nuestro racismo, ya que estos nombres propios son resignificados en una adjetivación racista que encierra todas anteriores. Esta forma de mirar al otro quedó en evidencia en el caso, por ejemplo, de Brian Gallo que fue estigmatizado como “pibe chorro” en las redes sociales, mientras ejercía de autoridad en una mesa electoral, en base a que su ropa y color de piel coincidían con el estereotipo social construido visual y lingüísticamente.

En tanto, los inmigrantes de tez morena de los países limítrofes sufren apodos racistas como: “bolita”, “bichobolita”, “paragua” e incluso, “boliguayo”. Estos términos encierran una caracterización del otro como alguien inferior, explican quienes estudian el significado del lenguaje.

Susana Skura agrega: “El lenguaje racista no se refiere a grupos sino que los crea. El antropólogo Claude Lévi-Strauss decía que el racismo crea la raza. El lenguaje tiene ese poder de inventar grupos y de presentarlos como homogéneos para dominar”. Entender cómo nuestro lenguaje es la manifestación de una serie de construcciones discursivas que marcan relaciones de poder, es el primer paso para identificar el racismo que se esconde en nuestras palabras.

 

*Alumno del Posgrado en Periodismo de Investigación Perfil-USAL.

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por Ignacio Ramundo*

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