SOCIEDAD | 19-10-2021 14:30

Humor político: ¿de qué nos reímos los argentinos?

Los vaivenes de la clase media son una marca para los humoristas. Gobierne quien gobierne parece no cambiar. Sin embargo, hay cosas que cambiaron.

Pedro Saborido dice que el mundo vive dividido en peceras. Y cada pecera contiene su líquido tecnológico. Algunos nadan en torno a arquetipos de militancias. Unos están a gusto con Cristina Fernández otros en las peceras de Mauricio Macri. Pero hay peceras a las que no les importa ni uno ni otro: no llegas, dice Saborido. “Aunque prometas humor equidistante con las dos partes, a esas peceras no llegás”. Hay quien reescribe guiones antiguos corregidos mentalmente por el mantra de los feminismos. Donde hace años decía: estoy harto de mi esposa y su comida, ahora suprime quehaceres domésticos, cambia esposa por esposo y por las dudas quita toda referencia a un humano. Malena Pichot que todavía no puede creer que nadie hacía chistes sobre el aborto en 2013, ahora se pregunta cuáles son las zonas incómodas que nadie se atreve aún burlar. La pandemia. El cambio climático. “El maltrato animal, la crueldad o los talibanes me dan mucha risa, no se puede no se puede hacer chistes –dice-- porque hay gente muriendo, pero ahí hay un nivel de ficción increíble”.

—¿Y de la dictadura?

—A mí me cuesta mucho —dice— Videla y Hitler son la representación fácil del mal, podes usarlos como lo más malo para un remate gracioso, pero hay que pensarlo bien. Y mejor que seas hijo de desaparecido para hacerlo.

¿De qué reímos los argentinos? ¿Existe una marca argentina que tenga que ver con la producción de la risa? ¿Cómo impactan los feminismos en las reglas del humor? ¿Qué es lo políticamente correcto para el género? Y, además, ¿es posible un chiste políticamente correcto? Noticias recogió testimonios de humoristas y académicos que ensayan algunas respuestas.

Ya va a parar

Melisa Redondo estudia el humor de Olmedo y Porcel. En los años ´70 y ´80, ellos tenían dos preocupaciones centrales: sexo con mujeres y plata, dice Redondo, socióloga y becaria doctoral de Conicet. “Lo que más se recuerda es el sexo porque a la luz del presente aquello es inadmisible. Las tiras quedaron ligadas a eso y perdieron otras aristas que explican qué era lo que tocaban de lo argentino”. Que Olmedo siga siendo ícono popular se explica por esas otras aristas, dice: la presencia en las tiras del contexto político y la plata, una marca del humor argentino. 

“En aquellos años de mucha represión física y cultural, cualquiera podría imaginar que no era posible hacer nada, pero sus películas mostraban cierto matiz: no eran una fiesta de la denuncia, pero aparecía una crítica a lo económico”, dice. “No era directa a los militares porque ellos bromeaban con el tema desde que habían empezado. Pero estaba ese eje. Y es una constante en la historia del humor político local: lo económico provoca risa, gobierne quien gobierne, posiblemente ligado a los vaivenes de la clase media, siempre con los mismos quilombos. Parece natural pero no es natural que el humor político tenga una pata tan metida en lo económico. Está en Olmedo y está hoy. Y por esa vía, aquello también vuelve a cobrar vigencia en este tiempo”. 

Uno de los personajes de Olmedo era un empleado público, cuyo jefe tenía un bulín con varias amantes. Armaba el bulín con cosas prestadas por el empleado. Olmedo estaba casado. Divina Gloria representaba a la esposa. Cada tanto, ella decía:

—Viejo, ¿se quedará mucho tiempo el señor gerente con el televisor?

O

—Viejo, ¿falta mucho para que nos devuelva el inodoro?

En 2019, la escena volvió en forma de meme. Habían pasado las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). Alberto Fernández aparecía con promesa de victoria. Redondo recibió un meme con globitos: Olmedo le hablaba a Divina Gloria en versión remixada:

—Vieja  —decía—, prepará el asado: volvió Cristina

 

Hay otro eje en Olmedo que permite entender cuándo es posible reír y cuándo es prematuro. En mayo de 1976, Olmedo emitió su desaparición por televisión. Literalmente, dice Redondo. “Hoy el programa no va a salir al aire por la desaparición de Alberto Olmedo”, anunciaron. Hubo un revuelo tremendo, dice. Levantaron el programa. Pero no sólo hubo rechazo en los militares, sino también en la gente. ¿Quién podía desaparecer? Hasta entonces muchos creían que sólo desaparecía una parte del país, y de manera justificada. Esa suerte de mundo en claroscuros entre el saber y no saber cambió con el Juicio a las Juntas donde el horror emergió cabalmente. “Así también cambian los límites del humor –dice ella--. Creo que se podía bromear con eso porque aún no era algo del todo conocido: una vez que se supo lo que efectivamente pasaba, los chistes empezaron a ser intolerables”.

Reidores

Los límites cambian, dice Saborido. Con Pepe Biondi era motivo de risa cualquier defecto: el chicato, el gordo y la gorda, el flaco o la flaca que por sus condiciones físicas no merecían ser amadas por nadie. El sujeto cómico huía causando risa en el público. La gente se reía de eso, eso estaba en televisión: hoy sería imposible. Las cosas intocables las pone cada época.

¿Qué cosas se volvieron intocables? Desde una vocalía de la Corte Suprema de Justicia murmuran dos nombres: Cecilia Pando versus Revista Barcelona. Y hacen una pregunta incómoda que de alguna manera sugiere una respuesta.

El caso empezó en 2010. Año del Bicentenario, muerte de Néstor Kirchner, filtración de Wikileaks y sanción de la Ley del matrimonio Igualitario. Terminó diez años más tarde: diciembre de 2020, días con 11.765 contagios de Covid, 43.163 muertos acumulados desde ese marzo y la sanción de la Ley del aborto.

En el inicio, Pando se encadenó al edificio Libertad de la Armada. Era esposa del mayor retirado Pedro Mercado y vocera de un movimiento que se oponía a los juicios a los militares. Barcelona la llevó a tapa en agosto de 2010. Ceci Pando se encadena para vos, decía la venta. Y en la portada, Pando era Pando pero a la vez no lo era. Estaba su cara y debajo el cuerpo de un desnudo fotoshopeado. Pando presentó un amparo. Y luego una demanda civil. Ganó en instrucción, ganó ante la Cámara Civil y Comercial y finalmente perdió en la Corte. Ella hablaba de pornografía, exhibición obscena, ofensa a la moral personal y de la familia. Barcelona de la libertad de expresión. La Corte inscribió la imagen como una sátira de humor político. Y a Pando como personaje público. Ahí se abre la pregunta del vocero de la Corte: ¿qué hubiese pasado –dice-- si Pando hubiera apelado a alguna defensa usando la perspectiva de género? Pero no lo hizo. Habló del derecho al recato privado. Este vocero sugiere que tal vez otro hubiese sido el resultado.

Más atrás en el tiempo, estuvo el paso de Fernando de la Rúa en Showmatch. Diciembre de 2000, un año antes de la salida en helicóptero. Habló, se equivocó, cambió el nombre de la esposa de Tinelli y del canal. Se levantó para irse. Dio vueltas, volvió y dio más vueltas. Las imágenes revisadas desde el presente no parecen tan torpes, pero repetidas aquel año una y otra vez se tornaron en anticipo de la catástrofe: la sátira se había tragado al personaje real. El Presidente se había trasformado en su fallido. El chiste fue severamente cuestionado esos días, pero ¿cuánto influyó en el desgaste? Con el estallido en las calles, aquello dejó la idea de peligro latente: no convenía poner en discusión el sistema político desde la risa. Hubo miedo durante algún tiempo.

Y todavía: la parodia sobre el sistema político parece encender una zona que siempre puede entrar en combustión. Sin embargo, hay un problema: los chistes no mueren.

Los memes

El humor gráfico argentino reconoce una línea de tiempo con la revista Barcelona como último hito gráfico. A continuación esa tradición parece haber sido recuperada por la irrupción del humor irreverente de los memes.

Antonio Calvo Maturana es docente de la universidad de Málaga, conduce una investigación sobre risa, reidores y los cambios. Los memes son un ejercicio genial para analizar el humor, dice. “Están a la orden del día, son inmediatos y anónimos. Muchas veces es el meme el que te lleva a la noticia. Cuando no entiendes el meme, te pones a investigar la noticia. Parece que el meme está en lo alto y el chiste contado en decadencia.”

Los memes producen risa por algunos datos: operan en tiempo real y exploran zonas sin temerle a lo políticamente incorrecto. Melisa Redondo lo dice así: “Lo políticamente correcto fue empujando tanto las formas públicas de lo que se puede y no se puede decir y reduciendo tanto los aspectos de lo que se podía hablar con soltura que es espectacular entender que los memes abrieron una válvula de mentalidades más abiertas: capturan y replican algo de lo indecible”.

Cuando Alberto Fernández dijo aquello de que los argentinos llegaban en barcos desde Europa y los brasileros de la selva, ella recibió un meme del Presidente con una bandera Wiphala: Te quedó linda la bandera con los indios trolos, decía. Melisa sabe que ese meme era un horror, que parecía el extremo del racismo y la homofobia pero le llegó de un grupo de amigos, circuló, rió, pero no se le ocurrió compartirlo con su padre: “A me dio gracia toda esta secuencia pero claro: me morí de risa yo sola, lo compartí con mis amigos putos pero no se lo mandé a mi viejo que tiene otros pensamientos”.

Estos son los efectos de las peceras de líquidos tecnológicos. Los chistes circulan. Aún los más incorrectos. Pero, un chiste de una pecera no es celebrado en la otra. En ese sentido, los memes parecen estar hablando, además, de un giro nuevo: la vuelta del chiste al espacio privado del que salieron en pleno siglo XVIII.

Calvo Maturana sostiene que “hace tres siglos el humor estaba mal visto como vehículo de comunicación de ideas serias”. El humor circulaba puertas adentro, en espacios privados, y recién gana la calle con la Ilustración. A partir de entonces, el chiste circula públicamente. “Los ilustrados notaban que el humor era una poderosa herramienta contra el antiguo régimen: lo ridículo les permitía mostrar que vivían inmersos en una sociedad obsoleta. En ese sentido, el humor reflejaba el sinsentido de cosas que parecían naturales”. Francia usó el humor contra la Iglesia, contra María Antonieta pero cuando los revolucionarios llegaron al poder, dice, dijeron: la revolución es algo serio, de esto no nos reímos.

Con los memes sucede algo parecido: se aplauden puertas adentro. No termina la risa. El meme es aplaudido y liberado. Como si la bufa, la burla, expulsada del espacio público, necesitara de nuevos lugares para seguir existiendo.

Las campañas políticas están trabajando con el humor. Los cómicos ven un problema. Hablan de medio y de fin. Que el humor se vuelve más medio que fin porque el sistema político entendió que de esa manera entra y llega el mensaje. Lo usó ahora Florencio Randazzo. Y Javier Milei. Pero cuidado, dice Melisa Redondo: porque a qué fines estás respondiendo al hacer ese chiste para bajar un mensaje. Ojo de qué te reís, dice y esta vez se pone seria: te estas riendo de esto y ¿qué imagen de mundo está fomentando?

Un mundo que ríe de la política. Y la política troca por la parodia. El fallido. Si es risa, es risa. Y nos reímos de todo.  

por Alejandra Dandan y Julieta Scibona

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