En una época en la que la vida parece medirse por la cantidad de experiencias acumuladas, los lugares visitados, los proyectos concretados y las novedades que se consiguen seguir en las redes sociales, renunciar puede convertirse en un acto de libertad. La obligación de estar en todas partes, conocerlo todo y aprovechar cada oportunidad alimenta una inquietud persistente: la sospecha de que, mientras uno permanece en un lugar, algo mejor está sucediendo en otro. Contra esa lógica, el filósofo y psicólogo danés Svend Brinkmann propone una idea provocadora: aprender a perderse cosas también puede ser una forma de felicidad. Su libro “La alegría de perderse cosas”, publicado por la editorial Kōan, reivindica la moderación, el autocontrol y la posibilidad de construir una vida más plena sin perseguir permanentemente algo nuevo.
El punto de partida es el FOMO, sigla de Fear of Missing Out, expresión inglesa que significa miedo a perderse algo. El concepto describe la ansiedad que aparece al imaginar que otras personas están disfrutando experiencias más interesantes, alcanzando mayores logros o accediendo a oportunidades que uno dejó pasar. Aunque no nació con internet, las redes sociales lo multiplicaron al convertir la vida ajena en una sucesión inagotable de imágenes, viajes, celebraciones, éxitos profesionales y momentos aparentemente extraordinarios. El teléfono inteligente funciona como una ventana permanente a esas vidas seleccionadas, pero también como un mecanismo de comparación que dificulta valorar la propia.
Brinkmann, profesor de la Universidad de Aalborg y especialista en psicología y filosofía, advierte que esa búsqueda incesante no necesariamente conduce a una existencia más satisfactoria. Por el contrario, puede instalar la sensación de que nunca alcanza lo conseguido. Siempre hay otro destino por conocer, otro trabajo que podría ofrecer mayores oportunidades, otra relación que promete más felicidad o una experiencia que parece imprescindible. El autor sintetiza esa contradicción con una frase contundente: “Cuantas más opciones tenemos, más infelices somos”. La abundancia de posibilidades, lejos de garantizar la libertad, puede convertir cada elección en una renuncia angustiante y cada satisfacción en algo provisional.
La respuesta que propone es el JOMO, sigla de Joy of Missing Out: la alegría de perderse cosas. No se trata de aislarse del mundo, rechazar toda novedad ni convertir la renuncia en una nueva obligación de bienestar. La idea consiste en aceptar que ninguna vida puede contener todas las posibilidades disponibles y que elegir implica, inevitablemente, dejar otras alternativas de lado. En lugar de vivir pendiente de lo que otros hacen, se trata de reconocer qué merece verdaderamente nuestro tiempo y comprometerse con ello.
En el libro, Brinkmann desarrolla su argumento a través de cinco dimensiones: política, existencial, ética, psicológica y estética. Su planteo trasciende el consejo individual de apagar el celular o rechazar invitaciones. El autor cuestiona una cultura de consumo que identifica el progreso con la acumulación y presenta la autorrealización como una carrera sin línea de llegada. Inspirado en la filosofía clásica y en pensadores como el existencialista danés Søren Kierkegaard, examina cómo el autocontrol permite recuperar una relación más consciente con el deseo, las obligaciones y los demás.
Nacido en 1975 en Herning, Dinamarca, Brinkmann es profesor de Psicología en la Universidad de Aalborg, escritor y conferencista. Su trayectoria académica no le impide acercarse al lector con un lenguaje accesible. En su obra toma recursos de la autoayuda, aunque se distancia de la promesa de que cada individuo puede reinventarse indefinidamente. “Tomo prestado el lenguaje de la autoayuda, pero sin comprar realmente la cultura de la autoayuda”, explica. La diferencia es sustancial, en lugar de ofrecer fórmulas para optimizar cada minuto, invita a examinar por qué sentimos que debemos aprovecharlos todos.
Su propuesta también incluye herramientas concretas para poner límites a esa dinámica. Recupera así, la importancia de los hábitos y las rutinas, cuestiona la obsesión por encontrar siempre la mejor alternativa, recomienda cultivar la gratitud y advierte sobre las comparaciones constantes. Una de sus imágenes más elocuentes apunta a esa costumbre de mirar la vida ajena en busca de una versión superior de la propia: “Sí, el césped siempre parece más verde al otro lado de la valla. Pero quizás deberías cortar el césped y jugar con los niños en vez de pasar el rato mirando el jardín del vecino”. La invitación no consiste en conformarse por resignación, sino en aprender a reconocer el valor de lo que ya existe antes de descartarlo por una promesa de perfección.
Sin embargo, el filósofo no reduce el problema a una cuestión de voluntad. Si las instituciones, los entornos laborales y las plataformas digitales estimulan permanentemente la productividad, la comparación y el consumo, resistirse requiere algo más que disciplina personal. También hace falta una transformación colectiva que permita vivir sin convertir cada momento en una oportunidad para rendir, comprar o exhibirse. En ese sentido, la moderación adquiere una dimensión política: supone discutir qué clase de sociedad se construye cuando el tiempo libre se llena de obligaciones y la experiencia se convierte en una lista interminable de objetivos.
Brinkmann reconoce, además, la paradoja de que la propia idea del JOMO pueda transformarse en una moda comercial, otra tendencia que consumir y exhibir. Admite que escribir sobre una vida más tranquila tampoco garantiza conseguirla. Su planteo, por lo tanto, no promete una fórmula instantánea para alcanzar la felicidad. Propone una revisión más profunda de los hábitos y las expectativas que gobiernan la vida contemporánea. “La alegría de perderse algo es saber que quizás lo que necesitas para vivir una buena vida ya está aquí”, concluye.
En una cultura que celebra la velocidad, la disponibilidad permanente y el deseo de tenerlo todo, su libro reivindica una posibilidad menos espectacular, pero decisiva: elegir, comprometerse y permanecer. Porque aceptar que no se puede vivir todas las vidas imaginables no significa empobrecer la propia. Puede ser, precisamente, la condición para empezar a disfrutarla.
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