Lunes 23 de mayo, 2022

SOCIEDAD | 06-04-2022 12:47

La polémica entre Verbitsky y Bonasso por la muerte de Walsh

Una disputa que fue reflotó tras la publicación de un extracto del libro "Masacre en el comedor". Versiones sobre lo que sucedió entre febrero y marzo de 1977.

Los 70 vuelven siempre, pero bajo diferentes máscaras. Está, por ejemplo, la máscara estable del kirchnerismo, que se representa como la encarnación de los ideales de los “militantes” que resistieron la dictadura militar. Como si Montoneros y otros grupos guerrilleros hubieran sido partisanos onda Bella Ciao que surgieron luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Y como si esos ideales hubieran incluido la defensa de la democracia liberal, las libertades y los derechos humanos.

Por eso, se habla de relato, es decir de una ficción. Y lo es ya que, por un lado, los grupos guerrilleros anduvieron a los tiros desde varios años antes del golpe de Estado y hasta aplaudieron la dictadura de Videla, Massera y compañía porque pensaban que la represión militar y el ajuste económico acelerarían la llegada de la revolución socialista, que, lógicamente, incluía un pasaje por una dictadura más o menos prolongada para abolir todas las clases sociales.

Es decir, nunca defendieron democracia liberal, ni el estado de derecho, ni los derechos humanos. Lo siento, ésos fueron los hechos.

Al kirchnerismo ese relato le sirve mucho porque le permite identificar a los malos del presente, sus adversarios o enemigos, a los que emparenta con los malos de los 70: los militares y sus mandantes oligarcas e imperialistas, con la complicidad de los sectores medios que no los votan, los medios de comunicación que se obstinan en ser independientes y los empresarios que prefieren no integrar el círculo de amigos.

Hay también máscaras menores, como la vieja pelea entre dos conocidos periodistas, ambos reciclados en el kirchnerismo, que supieron tener su protagonismo en los 70, por ejemplo, en la conducción del diario Noticias, orientado y financiado por Montoneros. Una disputa que fue reflotada el domingo por Bonasso tras la publicación de un extracto de mi libro Masacre en el comedor en La Nación, cuando dio su versión sobre lo qué pasó entre febrero y marzo de 1977, antes de la muerte y desaparición de Rodolfo Walsh, el periodista y escritor que se había convertido en la persona clave del aparato de Inteligencia de Montoneros.

Tal como escribí, hacia fines de marzo de 1977, Walsh y su mujer, Lilia Ferreyra, vivían en una sencilla casa en San Vicente, en el conurbano bonaerense, adonde se habían mudado para guarecerse de la represión luego de la captura de varios guerrilleros que trabajaban en el servicio de Inteligencia e Informaciones de Montoneros, bajo la responsabilidad o jefatura de Walsh, cuyo nombre de guerra era Esteban.

La cúpula de Montoneros quería sacarlos del país y llevarlos a Europa, donde planeaba lanzar el Movimiento Peronista Montonero —en abril, en Roma— rodeados de figuras históricas y de prestigio, de las cuales Walsh sería el nombre más rutilante.

Para eso, en febrero la Conducción Nacional ordenó a Bonasso que encontrara a Walsh y su pareja, y les diera los pasajes y viáticos.

Bonasso afirmó que estuvo dos meses tratando de encontrarlos y lamentó no haberlo logrado. Su colega Horacio Verbitsky siempre contradijo esa versión: “Yo conozco la historia del otro lado. Rodolfo fue a una cita, varias veces, y no había nadie. Seguramente es así. Algo debe haber pasado”.

Verbitsky agregó que Walsh estaba de acuerdo en la salida del país de los miembros de la Conducción Nacional y de algunos dirigentes emblemáticos ante el avance de la represión. “Si bien nunca lo planteó, Rodolfo pensaba que también él tenía que ser una de esas personas. Se planteó el tema y la Organización le envió los pasajes para que él también saliera. Rodolfo aceptaba eso, pero el compañero que tenía que entregarle los pasajes no apareció a la cita”.

Por su lado, Lilia Ferreyra sostenía que habían pensado en salir del país, pero que, en principio, “él rechazaba esa posibilidad porque creía que podíamos llegar a sortear la represión y perdernos en el interior del país” si resultaba necesario.

Primero, confiaba en su refugio en la casa en San Vicente y hasta había comprado un manual para plantar verduras. Era muy estricto con las medidas de seguridad: todas las noches, antes de acostarse, él y su mujer se turnaban para preparar granadas y explosivos por si aparecían los militares.

Ferreyra recordó que Walsh accedía a salir del país solo si veían que no podían ya esconderse en la Argentina, “en cuyo caso nos iríamos a Cuba”. No a Europa. “Él decía: ¡‘Cómo se reiría Vicki (su hija muerta el 29 de septiembre de 1976) si estuviéramos en París!’ porque él no creía demasiado en la militancia en Europa”.

“Se cita una vieja calumnia en mi contra pergeñada hace algunos años por Verbitsky: que Walsh cayó en manos de la ESMA porque no habría cubierto una cita donde debía entregarle un pasaje para salir del país”, se enojó Bonasso al leer el extracto.

Y citó a Patricia Walsh, la hija sobreviviente de Rodolfo Walsh, quien “dijo que era una falsedad de Verbitsky”.

De todos modos, en mi libro queda claro que la caída de Walsh se debió a la confesión arrancada con torturas de la persona que nueve meses antes había puesto la bomba vietnamita en el comedor de la Policía Federal, José María Salgado, Pepe, un agente de policía infiltrado que actuaba bajo las órdenes de Walsh.

Fue el atentado más sangriento de los 70 al provocar veintitrés muertos y ciento diez heridos.

Una de las múltiples funciones que Walsh cumplía en el aparato de Inteligencia de Montoneros era, precisamente, la coordinación de los infiltrados en la Marina, el Ejército, la Aeronáutica, la Policía Federal y la policía de la provincia de Buenos Aires.

Walsh fue a la cita sin saber que Salgado había sido secuestrado por los marinos, que querían capturarlo vivo para interrogarlo porque lo consideraban el “diamante” del aparato de Inteligencia de la guerrilla de origen peronista. No pudieron: el famoso periodista, escritor y combatiente se resistió a balazos y forzó un tiroteo que le resultó fatal. Sus restos permanecen desaparecidos desde hace cuarenta y cinco años.

Obviamente, los años montoneros de Walsh y su rol clave tanto en la masacre en el comedor policial como en otras operaciones tan resonantes como polémicas han sido prolijamente ocultados por las numerosas biografías y escritos con los cuales ha sido homenajeado en todos estos años.

Que los hechos no empañen un relato tan eficaz.

**Periodista y escritor, editor ejecutivo de la revista Fortuna. 

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Ceferino Reato

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