En la cúpula del poder norteamericano, donde las lealtades se compran y la imagen se moldea con el rigor de un diamante, un argentino vuelve a emerger como titiritero de los relatos presidenciales: Fernando Sulichin. Y no es casual que el lanzamiento de “Melania”, el documental que promete develar la intimidad de la mujer más enigmática de Washington, lleve su firma en la producción.
Sulichin es un hombre que se mueve con igual soltura en los pasillos del Kremlin que en los salones dorados de Mar-a-Lago, y ha logrado lo que ningún otro productor contemporáneo pudo, ser el confesor audiovisual de líderes situados en las antípodas ideológicas. Si hoy la primera dama de Donald Trump confía en su criterio para reposicionar su figura ante el mundo es porque Sulichin ha demostrado una capacidad casi chamánica para humanizar a los gigantes. Su historial no deja lugar a dudas.

Fue el arquitecto detrás de “Lula” (2024), la pieza que celebró el regreso del líder del Partido de los Trabajadores (PT) al Palacio del Planalto, y el estratega que acompañó a Oliver Stone en “Looking for Fidel”, logrando una cercanía inédita con el líder cubano. Su mano también se siente en “JFK: Caso revisado” y en la emotividad política de “Mi amigo Hugo”, sobre el venezolano Hugo Chávez. Esta paradoja, la de capturar la esencia del socialismo latinoamericano y, acto seguido, diseñar la épica visual del clan Trump, es la que otorga a este nuevo proyecto un aura de prestigio inalcanzable.
Biopic
El documental, una pieza de orfebrería cinematográfica adquirida por Amazon MGM Studios por una cifra cercana a los 40 millones de dólares, tiene un objetivo político y estético quirúrgico, el de reposicionar a la primera dama en los estándares de mujeres imprescindibles de Estados Unidos. Porque tras años de ser señalada como una figura distante, casi robótica, Melania decide romper su silencio y por ello su verdad saldrá en la plataforma de Jeff Bezos.

El film se centra en los veinte días críticos que rodearon la asunción presidencial de 2025, un período de transición donde la Casa Blanca se convirtió en un teatro de sombras. "Todo el mundo quiere saber. Pues aquí tienen", sentencia Melania frente a la cámara, con una mirada que desafía a quienes intentaron descifrarla sin éxito durante una década. El documental no es un simple detrás de escena, es un manifiesto de control. Se la observa en su faceta de madre protectora de Barron, pero también como la consejera política que no necesita elevar la voz para ser escuchada. En una de las secuencias más potentes, mientras Donald Trump proclama su intención de ser recordado como un "pacificador", ella asiente con la gravedad de quien sabe que la unificación de una nación fracturada comienza por la reconstrucción del mito familiar. "Pacificador y unificador", refuerza ella, otorgándole al discurso de su marido una pátina de serenidad que el magnate, por sí solo, rara vez alcanza.
Sin embargo, en este lienzo de sofisticación que Sulichin ayuda a trazar existe una pincelada que genera un contraste inquietante. La dirección del documental ha sido confiada a Brett Ratner, un hombre que personifica la gloria y la caída del Hollywood contemporáneo. Ratner no es un extraño para la familia Trump, es el director de la saga favorita de Donald, “Rush Hour” (“Una pareja explosiva”), de esas películas de acción que el presidente ha elogiado repetidamente por su ritmo y falta de pretensiones. Pero la presencia de Ratner en el set de “Melania” también es una declaración de principios frente a la cultura de la cancelación.

Cancelado
Acusado formalmente de mala conducta sexual y acoso por múltiples actrices en 2017, Ratner se vio obligado a un exilio profesional en Israel tras perder sus contratos con Warner Bros. Su regreso a la primera plana mundial de la mano de los Trump y bajo el ala de Sulichin es un mensaje elocuente sobre la lealtad y la resiliencia en los círculos de poder que desprecian los dictados de lo políticamente correcto. Ratner, a pesar de estar vinculado incluso en los expedientes de Jeffrey Epstein, mantiene una estética visual vibrante que el documental explota para darle a la vida de Melania un ritmo cinematográfico.
Aplauso y medalla. Para Sulichin, este proyecto representa un nuevo escalón en su carrera de "diplomático del celuloide". Su habilidad reside en entender que, para personajes de la magnitud de Melania Trump o Fidel Castro, la verdad es secundaria frente a la narrativa. El productor argentino no juzga la ideología de sus sujetos, los envuelve en una mística de exclusividad. En “Melania”, la lente busca capturar la transición de la modelo eslovena a la estadista silenciosa, utilizando un lenguaje visual de lujo que evita los clichés de la prensa sensacionalista. "Mi legado será mi propia historia", parece decir entre líneas una Melania que ya no permite que el mundo hable por ella.

El film llega a las pantallas el 30 de enero de 2026 y promete dar que hablar. No solo por el morbo de entrar en la alcoba de los Trump, sino por observar cómo un productor argentino logró domesticar el caos de la política norteamericana para convertirlo en un producto de exportación.
Habitué tanto a las alfombras rojas de Hollywood como a los despachos de líderes más importantes del continente, Sulichin también fue el arquitecto invisible detrás del arribo de la Sputnik V a estas tierras. El 18 de marzo de 2021, mientras el país aguardaba definiciones sanitarias, Sulichin cruzó el umbral de la Quinta de Olivos junto a la ministra Carla Vizzotti y Maximilien Sánchez Arveláiz, un ex funcionario del chavismo que completaba esta tríada de intermediación no convencional. En aquel cónclave con Alberto Fernández, y registrado bajo el aséptico rótulo de “productor”, siguió a un cabildeo que desplazó a canales institucionales en favor de una agenda de contactos privados en el Kremlin. Las consecuencias de esta gestión externa instalaron una sombra de opacidad sobre la estrategia oficial, el privilegio de los nexos personales sobre las estructuras estatales. Sulichin habría operado como lobbista de una esperanza rusa que, para el Gobierno, significó tanto un alivio biológico como un costo político en términos de transparencia, y sospechas detráfico de influencias.














Comentarios