Lunes 2 de agosto, 2021

SOCIEDAD | 12-02-2021 14:33

Susana Giménez y la ficción estética: ser o no ser real

La diva celebró su cumpleaños publicando en Instagram fotos adulteradas para rejuvenecerse. La edad como devaluación vergonzante vs. la Revolución de las Viejas.

"Un poco de make up, un buen traje de baño, anteojos, sombrero… Hoy decidí terminar con el look cuarentena… Rita (N. de la R: una de sus perras) casi no me reconoce!!! Para la próxima prometo sumar la peluquería”, escribió Susana Giménez junto a tres fotos que subió a su cuenta de Instagram horas antes de cumplir 77 años. El texto del posteo permite inferir que Susana confía en la verosimilitud de las imágenes: se disculpa por la falta de peinado como si se tratara de tomas al natural. No de la ficción estética –casi un dibujo digital- de una mujer imposible a esa edad.

Nunca ocultó que cumplir años la deprime. Ni su rechazo a que el espejo le devuelva la imagen de una mujer madura. Tal vez porque se convenció de que la negación del tiempo es el mayor tributo que puede ofrecerle a sus fans: “Siempre te quieren radiante, sin un gramo de más; y yo sé que me debo a la gente”, suele decir.

Durante décadas, después de un año de trabajo intenso en televisión se recluía entre Punta del Este y Miami para darse el gusto de disfrutar de la comida y engordar en paz. “Me tomo un vinito, unos M&M (confites de chocolate), soy de las que no pueden comer un solo bombón; me tengo que comer treinta”, confesaba con culpa sus placeres simples, como jugar con sus perros y al Candy Crush de madrugada. Lo que no contaba Susana es que al finalizar el verano, la rutina se completaba con un hábito sufriente de cirugías plásticas, lipoaspiraciones y dietas de hambre que le permitieran volver a la pantalla a la altura de ese simulacro de juventud eterna. La trilogía del traje de baño con un “photoshopeado” de brocha gorda esta semana es, después de aquello, una mutilación simbólica que al menos no le provoca sufrimiento.

Independiente y con una carrera consolidada. Conductora carismática, gran comediante, ¿por qué debe ser incólume a la vejez?

Susana Giménez

“Muchas mujeres tienen más dinero, poder, campo de acción y reconocimiento legal del que jamás habíamos soñado, pero con respecto de cómo nos sentimos acerca de nosotras mismas físicamente puede que estemos peor que nuestras abuelas no liberadas”, postula Naomi Wolf, autora de “El mito de la belleza”. Se basa en investigaciones según las cuales mujeres atractivas, exitosas y dueñas de sí mismas llevan una “subvida” secreta que envenena su libertad con ideales absurdos de belleza. Una obsesión con el físico que se transforma en terror a envejecer. Adelgazar entre 5 y 10 kilos es la meta más importante en la vida de muchas de ellas.

"Gorda" es para Susana el peor insulto. En los '90 sufrió el hostigamiento de los entonces niños rebeldes de CQC (ahora en proceso de deconstrucción), que se ensañaban con su figura. Ya no más: la solución digital permite adaptarse a los estereotipos deminantes. Aunque sus seguidores de Instagram respondieron con humor a la farsa del cuerpo soñado, comentando el tremendo "photoshopeado". Una incredulidad que no debió estar en los planes de la diva.

Susana era una veinteañera que descubría el éxito popular cuando la escritora y filósofa Susan Sontag se empezó a preguntar por qué las mujeres mentían más que los hombres sobre su edad. Partió de ese dato menor para acuñar en los años ’70 “el doble estándar del envejecimiento”. Advirtió que en nuestras representaciones culturales existen dos modelos masculinos, el “hombre joven” y el “hombre maduro” en el que los rasgos de la edad (canas, arrugas) pueden sumarle capacidad de seducción, frente a uno sólo del lado femenino: el de la “mujer joven”. Arquetipos que generan un doble estándar: mientras los hombres maduran, las mujeres envejecen.

Susana Giménez

Juliette Rennes, socióloga y docente de la prestigiosa École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, cree que muy poco ha cambiado.“Habitualmente se dice de una mujer mayor que ´seguramente ha sido bella´, como si fuera imposible pensar al mismo tiempo la belleza y el avance de la edad. “En comparación con la época en que Sontag publicó su trabajo –dice Rennes- la mirada social ha evolucionado solo un poco: las mujeres tienden a ser consideradas viejas más tarde que antes, pero el mandato de preservar la apariencia joven pesa todavía muy fuertemente en las mujeres, sobre todo en los oficios en los cuales la apariencia corporal es considerada central."

Que las mujeres con trayectorias públicas se aferren a la juventud como una tabla de salvación se entiende en un contexto social en que la edad es para ellas una devaluación vergonzante.

Antes muerta que arrugada

En abril de 2016, una mujer de ochenta años solicitó en Suiza asistencia para suicidarse porque no soportaba envejecer. Para conseguirlo, su médico no necesitó justificar sufrimientos físicos ni una patología terminal. El argumento fue más básico: “Siempre fue muy coqueta”.

La misma razón que se esgrimió frente al suicidio de la escritora Marta Lynch, que conmocionó a los argentinos a mediados de los ´80. Si bien el entramado emocional que lleva a una persona a quitarse la vida es inexpugnable, la intelectual siempre les decía a sus hijos que no la verían canosa ni con ochenta años. Adicta a las dietas y las cirugías estéticas, no toleraba -en sus propias palabras- volverse invisible ante la mirada de los hombres.

Cristina Mucci, autora de la biografía de Lynch, describe una escena cinematográfica: “Una noche, en el dormitorio, una habitación con camas separadas y mesitas de luz a ambos lados, sucedió algo curioso. A las tres o cuatro de la mañana, él (marido) se despertó por el resplandor de la luz y la vio con un espejo. Estaba como obsesa mirándose el rostro”. Su pareja cuenta en el libro que Marta “sentía que su ciclo estaba terminado, que estaba fea, que ya no la miraban como antes. Yo le decía que pensara en los hombres mayores que creaban, pero me contestaba que los hombres tienen más defensas. Que cuando pasan los años, en la mujer todo se hace más difícil de afrontar porque lo único que tiene es su belleza y su capacidad de seducir”.

Todavía hay una deuda del feminismo con las mujeres mayores. “Las más viejas se sienten sin ánimos –insiste Wolf- y después de años de tomar su luz como algo dado, las mujeres más jóvenes muestran poco interés por volver a encender la antorcha que las guiaba”.

Susana Giménez

“Yo creo que está buenísimo todo lo que estamos haciendo de acompañar la revolución de las pibas, pero estaría muchísimo mejor si somos capaces pronto de empezar a armar la revolución de las viejas”, propone la periodista y diputada Gabriela Cerruti (55), gestora de un movimiento que empezó con un video viral, generó un grupo de Facebook, libro y encuentros de mujeres.

Feminista militante, a la francesa Thérèse Clerc (fallecida en el 2016 a los 88 años) se la consideró una vieja loca o un ícono emblemático. “Para mí la vejez no es una patología –decía- sino un hermoso período de la existencia, la edad de la gran libertad”. El documental “Rebel Menopause”, de Adelle Tulli, testimonia con belleza sus postulados contracíclicos que Clerc convirtió en acción social antes de morir: Su legado más poderoso es “La Casa de las Babayagas”, un espacio de convivencia abierto a mujeres mayores, completamente autogestionado y construido con la ayuda de la Municipalidad de Montreuil, en las afueras de París. La asociación, que toma el nombre de la mitología eslava en la que existe la figura de esas brujas temibles y sabias, es una experiencia de innovación social y un proyecto político inspirado en la necesidad de envejecer felices y activas, y que invita a reproducirse considerando que en el 2050, un tercio de la población tendrá más de 60 años.

Otra censura

Mientras las mujeres anónimas intentan reconocer su lugar en sociedades que repelen a la vejez y todo lo asociado con la falta de juventud, delgadez y lozanía, las famosas apelan a su capacidad de adaptación para sobrevivir en un contexto que entroniza cuerpos inexistentes y censura a quienes no los tienen. Un mecanismo perverso en el que comparten responsabilidad industrias varias: publicitaria, cosmética, del espectáculo, medios de comunicación, pero del que las audiencias no son ajenas. Es frecuente que celebridades que se exhiben al natural sean salvajemente cuestionadas en redes sociales. Para el “body shaming” y “el fat shaming”, como ya han sido bautizadas estas modalidades de acoso, no hay brecha etaria pero sí siempre están dirigidas a mujeres. La paradoja es que no pocas veces la voz censora proviene de otras mujeres. Son a la vez victimarias y víctimas del modelo de belleza irreal que con su impiedad fuerzan a reproducir: una aspiración que terminará por generarles a ellas mismas frustración frente al espejo.

Resistir con inteligencia es la consigna de algunas víctimas jóvenes de estos ataques: Lali Espósito respondió a las acusaciones de gorda subiendo una foto comiendo churros; Oriana Sabatini exprimió sus muslos en un intento por exhibir los motivos que decantaron en un trastorno alimentario; la “China” Suárez dobló la apuesta con nuevas fotos de su criticado cuerpo postparto y la influencer Nati Jota fulminó a quienes objetaron las estrías de sus tetas con fiereza: “toda mi adolescencia usando bikinis raras para taparme las estrías. Bendigo hoy que me chupe un huevo”. Pertenecen a la generación de la resistencia de los cuerpos reales. "Este es mi mayor miedo. Una foto mía en bikini sin editar. Y adivina qué, ¡es CELULITIS! Estoy muy cansada de avergonzarme de mi cuerpo", posteó la estrella juvenil Demi Lovato, que también admitió haber recurrido antes al retoque digital: “Sí, las otras fotos en bikini fueron editadas, y odio haberlo hecho, pero es la verdad".

Por anacrónico que resulte, las mujeres occidentales nos hemos empoderado en muchos ámbitos menos en el que nos es más propio: nuestros cuerpos. Es interesante cómo observa el fenómeno una mujer proveniente de otra cultura. La intelectual marroquí Fatima Mernissi lo relató en “El harem de Occidente”: “Viví la desagradable experiencia de comprobar cómo el estereotipo de belleza vigente en el mundo occidental podía herir psicológicamente y humillar a una mujer. Tanto incluso como la policía pagada por el Estado para imponer el uso del velo en países con regímenes extremistas. ”Mernissi no vio diferencias entre el hiyab o los vendajes de los pies a las mujeres de la China feudal, y nuestra dictadura del talle 36.

Susana pasó los mejores años de su carrera atenta al número que llevaban cosidas sus prendas. Para tranquilizarla los vestuaristas de Telefe se hicieron el hábito de cortarle el talle a su ropa.

Cirugía indolora

Una diosa es un ser sobrenatural al que se le rinde culto. A representar eso se acostumbraron las divas del mundo que hoy superan los 60. Muchas, como Susana, intentan perpetuar anatomías biológicamente imposibles con el auxilio extraordinario de la tecnología. Solo se necesita un fotógrafo leal. Pero a veces el resultado es tan artificial que grita su irrealidad.

No se trata ya de moldear cuerpos en el quirófano sino de falsearlos. Una nueva identidad virtual avalada por la libertad de cada quien para exhibirse como le plazca que no inhibe la pregunta: ¿qué implicancias tiene en las audiencias la difusión de cuerpos fraguados? ¿qué nos vienen a decir?

Sontag, que sentía fascinación por la fotografía, anticipó la paradoja: “ Siempre se ha interpretado la realidad a través de las relaciones que ofrecen las imágenes. Pero la retirada de los antiguos espejismos políticos y religiosos ante el avance del pensamiento humanista y científico no creó -como se suponía- deserciones en masa a favor de lo real. Por el contrario, la nueva era de la incredulidad fortaleció el sometimiento a las imágenes". Preferimos la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser.

Susana Giménez y el dilema de la imagen: ser o no ser real

El photoshop, es una herramienta de edición de imágenes que ya cumplió treinta años, aunque en los últimos se aceleró la masificación de su uso. La manipulación de fotos puede tornarse incluso indetectable. Sólo la evocación de las cada vez más difusas personas reales advierten de la trampa.

Recluidas en sus fortalezas, con salidas esporádicas munidas de enormes anteojos, figuras icónicas como Susana eligen y se condenan a alimentar la fantasía.

Catherine Deneuve, que integra las filas de las grandes que reivindican sus cuerpos presentes con posteos no intervenidos en sus redes sociales (ver friso) admite la dificultad de las mujeres de su edad en la industria, aunque fuera del set se sienten vitales para concitar interés en los hombres. “Es algo que pasa mucho en la vida real –dice- pero que no ves a menudo en las películas: las mujeres de cierta edad son difíciles para el cine".

La gran Sofía Loren dio cátedra en la materia el año pasado al volver al cine a los 86 en “La vida ante sí”, con la expresividad intacta de un cuerpo y un rostro atravesado por sus años.

“Escribo desde las feas para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las chifladas, todas las excluidas de la gran feria de las que están buenas. Y empiezo por ahí para que las cosas sean claras: no me disculpo de nada, no me vengo a quejar. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece que es un negocio mucho más interesante de llevar que cualquier otro”, dispara a su manera la autora del ya clásico feminista “Teoría King Kong” .

A lo que Despentes invita es a priorizarnos como sujetos deseantes antes que deseables.

“Para liberarnos del peso muerto que una vez más se ha hecho de la femineidad –ensaya Wolf- lo primero que necesitamos las mujeres no son ni votos, ni manifestantes ni pancartas sino una nueva forma de ver”. Aflojar con el camuflaje de la imagen podría ser una manera de empezar.

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Alejandra Daiha

Alejandra Daiha

Jefa de Redacción y columnista de Radio Perfil.

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