domingo, diciembre 8, 2019

MUNDO | 26-11-2019 15:42

América Latina en llamas: la "bolivianización"

Hubo golpe, pero Evo Morales es responsable del caos que causó su bochorno electoral. Los líderes de la región sólo ven lo que se ajusta a su relato.

Bolivia quedó al borde de un abismo y el continente quedó al borde de la “bolivianización”.

En el abismo al que puede caer Bolivia sólo hay dos posibilidades: dictadura o guerra civil. Y en la “bolivianización” en la que puede caer la región sólo hay dos bloques políticos: uno describe la realidad de lo acontecido como la describe Evo Morales, y el otro como lo hacen sus opositores.

En la primera descripción, hubo una elección impecable en el que el presidente derrotó una vez más a sus adversarios, que reaccionaron rompiendo la paz social y causando un golpe de Estado. En la otra, el gobierno cometió fraude haciendo estallar la indignación del pueblo, que salió a las calles a reclamar su renuncia y protestó hasta lograrla.

Las dos descripciones incluyen elementos de la realidad, pero en modo alguno toda la realidad. Por lo tanto, son parciales.

Bolivia

Caos regional. Lo más grave de este tiempo no sólo está sucediendo en Bolivia; está sucediendo en toda la región. Las clases dirigentes han optado por actuar como parcialidades. 

La misma palabra que se usa para llamar a las hinchadas de fútbol, sirve para describir la actitud asumida por las dirigencias que llevan la región hacia una “Guerra Fría” en la que no existen los estadistas capaces de situarse por encima de las visiones sesgadas para ayudar a pueblos que, como el boliviano, quedaron golpeados. Bolivia se estaba convirtiendo en un agujero negro y las dirigencias tomaban posición en dos tribunas enfrentadas para repudiar lo que ven desde sus propios fanatismos de hinchada.

Unos ven el fraude perpetrado por un líder que lleva dos años gambeteando la Constitución para mantenerse en el poder, pero no ven las acciones golpistas y la violencia extremista que lo acorralaron, obligándolo a renunciar. Los otros ven un golpe de Estado que indudablemente ocurrió, pero no ven la inmensa responsabilidad del líder saltando límites constitucionales y urnas adversas.

Ambos actúan como si no supieran que las cosas no siempre son de un modo “o” de otro. A veces son de un modo “y” de otro. Bolivia es un ejemplo. Evo Morales es el responsable principal de la inmensa crisis institucional y política, pero hubo acciones golpistas que lo arrinconaron, obligándolo a renunciar.

En la crisis boliviana hay responsabilidades y también hay culpas. El gobierno del MAS es el principal responsable del caos desatado, pero el líder ultraconservador y fundamentalista Luis Camacho es el principal culpable de la violencia que desataron sus seguidores extremistas.

Racistas. En Santa Cruz siempre hubo dirigencias ultraconservadoras y racistas. Con Luis “Macho” Camacho, el conservadurismo agregó el componente religioso, creando un fundamentalismo cristiano con escasa compasión evangélica por “el otro”. Los indígenas y los izquierdistas entran en la categoría de “otro”, al que ese fundamentalismo se permite tratar con desprecio y brutalidad.

Una de las turbas opositoras dejó a la vista el componente racista de las dirigencias ultraconservadoras, perpetrando un linchamiento medieval. El mundo vio como la alcaldesa oficialista de Vinto, municipio del Departamento de Cochabamba, fue arrastrada descalza y embardunada de pintura por jóvenes con piedras, palos y los rostros cubiertos, que le cortaron las trenzas en la calle. Ese acto mostró la credencial racista de los atacantes, porque Alicia Arce, la mujer denigrada, era indígena y las trenzas son precisamente un rasgo de esa identidad étnica.

Bolivia

Esta es una de las pruebas de que en la oposición a Morales no todos son demócratas y moderados. Carlos Mesa lo es, pero se dejó correr por derecha y terminó asumiendo posiciones a contramano de lo que se necesitaba para salvar la paz social. En rigor, durante el fin de semana en que la violencia se expandió desenfrenada y los observadores de la OEA certificaron que la elección estuvo plagada de maniobras fraudulentas, fue Evo Morales el que dio pasos en dirección a resguardar la paz social. Esos pasos incluyeron aceptar el veredicto de la OEA, convocar a una nueva elección y disolver el Tribunal Electoral. Pero la responsabilidad mayor por el caos desatado, la tenía el presidente.

Sin sorpresas. La deriva comenzó hace dos años, cuando el gobierno maniobró impúdicamente para que Evo Morales pudiera asumir su tercera candidatura para obtener un cuarto mandato. Al tercer mandato lo había conseguido con un argumento que había usado Carlos Menem: como el primer mandato corresponde a la anterior Constitución, el segundo mandato equivale al primero de la Constitución vigente y, por ende, un tercer mandato equivaldría al segundo. Promediando ese tercer mandato que logró hacer pasar como segundo, tuvo que buscar otro recurso para volver a eludir el impedimento a un cuarto mandato que le imponía su propia carta magna. Entonces llamó al referéndum. La voz del pueblo le dijo que “No”. Pero en lugar de aceptar el resultado hizo anular su efecto mediante el absurdo fallo del Tribunal Constitucional, afín a su partido, según el cual candidatearse es un derecho humano que no puede violar ni la letra constitucional ni el voto de los ciudadanos en referéndum.

El presidente hacía trizas su credibilidad, porque al impulsar el referéndum se había comprometido públicamente acatar el voto mayoritario. “Si el pueblo dice No en el referéndum, nos iremos callados”, aseguró, añadiendo más tarde que no acatar el resultado de esa consulta equivaldría a un golpe de Estado. Pero no lo acató.

Fraude y caída. Con ese antecedente del año 2016, es imposible pensar que no se intentó un fraude cuando el conteo rápido del escrutinio se interrumpió durante 23 horas. Al momento del impasse, el escrutinio vaticinaba una segunda vuelta en la que la matemática electoral indicaba que el opositor Carlos Mesa podía ser el ganador. En ese lapso renunció el vicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, porque no encontraba razones que justificaran la suspensión. 

Cuando se reinició el conteo, Evo Morales ya tenía la diferencia necesaria para imponerse en primera vuelta. Pero a esa altura, el comicio se había convertido en un estropicio electoral insalvable. No obstante, ya con multitudes protestando contra lo que consideraban un fraude, el mandatario se hizo consagrar por lo que quedaba del Tribunal Electoral, como vencedor en primera vuelta.

Bolivia

Además, no toda la violencia corrió por cuenta de los ultraderechistas. Evo Morales llamó públicamente a sitiar las ciudades que se declararon en “huelga contra el fraude”. Además de impedirles comerciar con el resto del país, los bloqueos cortarían el ingresó de las provisiones de alimentos y medicamentos. “Vamos a ver cuánto aguantan”, dijo el presidente.

Las últimas gambeteadas de Evo a los límites que le ponen la Constitución y las votaciones adversas, causaron un desmadre fenomenal en el marco del cual se ejecutaron maniobras golpistas para arrinconarlo contra la dimisión. Las dos posiciones son ciertas y están a la vista. Las miradas sesgadas de las dirigencias de la región, no tienen de verdad la intención de ayudar a Bolivia para que no se desangre en una guerra civil o quede en manos de una dictadura. 

Para poder ayudar a los bolivianos, tendrían que describir imparcialmente los acontecimientos, en lugar de interpretarlos de acuerdo a la conveniencia política propia, para llegar a conclusiones pre-moldeadas. Pero las dirigencias latinoamericanas abjuran de la honestidad intelectual, justificándose con coartadas ideológicas.

De ese modo, van empujando la región hacia una Guerra Fría que irá asfixiando al pluralismo democrático, porque la confrontación sólo posibilitará dos tipos de gobiernos: los de las derechas recalcitrantes, y los de las izquierdas sectarias.

Ese riesgo se percibe claramente en lo que vociferan las dirigencias desde las tribunas enfrentadas que se expresan como dos hinchadas. Una tiene como jefe de la barrabrava al exacerbado Jair Bolsonaro. Y en la otra tienen disciplina monástica para afinar el coro de silencio frente a las derivas autoritarias y las brutalidades de dictaduras que obtuvieron (vaya a saber por qué) el carnet de “progresistas”.

Progresistas. El Grupo de Puebla mostró demasiado rápidamente que ocupa el sector VIP de una de las tribunas. Exhiben una imagen más decorosa que los “barras” que comparten las mismas gradas, y tienen un tono más pausado y académico para describir miradas tan sesgadas como la de los cánticos de la otra "barra". En el caso boliviano, aciertan señalando los movimientos golpistas pero se enredan en lucubraciones que, en definitiva, se parecen a las justificaciones del “fraude patriótico” que propició la Concordancia en los tiempos de Agustín P. Justo.

“La izquierda te da fueros”, dijo Néstor Kirchner, y Bolivia está dejando a la vista el respeto que imponen “esos fueros” a ciertas feligresías.

El bando rival tampoco disfraza bien sus argumentaciones para justificar la mirada que prescinde de una parte visible de lo sucedido. Evitar mencionar las maniobras golpistas es prescindir de lo evidente. Que un jefe militar “sugiera” públicamente a un presidente que renuncie, no puede ser interpretado de otro modo que como presión golpista. 

Eso es lo que hicieron el jefe de las Fuerzas Armadas, general William Kaliman, y el jefe de la Policía Nacional, comandante Yuri Calderón. Si esas sugerencias hubiesen sido en privado y respondiendo a consultas del presidente, la lectura podría ser otra. Pero no fue la única ni la más grave de las acciones de corte golpista. 

Golpe a golpe. Dejar desguarnecidas a las familias y viviendas de los miembros del gobierno allanando el camino a las acciones vandálicas de grupos violentos, fue el modo más truculento de presión golpista. Eso ocurrió en la semana de la caída de Evo. El ejército y la policía dejaron “zonas liberadas” al accionar de las turbas contra personas y viviendas. Esos ataques violentos tuvieron un blanco específico: los familiares y las viviendas de familiares de funcionaros del gobierno y de legisladores oficialistas.Las bandas violentas tomaban como rehenes a hermanos o hijos de ministros, secretarios, subsecretarios, diputados y senadores. También incendiaban los hogares de los allegados al gobierno, incluida la de la hermana del presidente y la del propio presidente. 

Hay que esforzarse para creer que semejante situación no fue producto de una maniobra acordada entre las cúpulas castrenses y el liderazgo extremista. Y acordar una maniobra de ese tipo es tender una emboscada golpista.

Es justificable que la policía se niegue a reprimir manifestantes, pero no es justificable que se niegue a proteger ciudadanos indefensos de los grupos que los seleccionaron como blancos. Proteger a los familiares de los funcionarios y legisladores oficialistas era un deber. No cumplirlo facilitó ejecutar la violenta presión que llevó a Evo a renunciar.

Su paso por el poder debió quedar como un capítulo formidable de la historia sin estropicios como el que convulsiona a Bolivia. Los logros económicos y las transformaciones sociales señalan al suyo como el mejor gobierno desde las gestiones de Víctor Paz Estenssoro en las décadas del ‘50 y ‘60 del siglo pasado. No hubo otra gestión que pueda equipararse a la de Evo Morales. Hasta la CIA en un detalladísimo informe elevado al gobierno norteamericano describió como sensacionales los resultados que las reformas del líder indígena tuvieron en la sociedad y la economía de Bolivia. 

Y es posible que, de llegar al poder, la derecha dura y religiosa que lidera Camacho y otros dirigentes ultraderechistas intentarán destruir esas valiosas transformaciones sociales y económicas. Pero eso no justifica el intento de reelección indefinida. Empezó eludiendo límites constitucionales y referéndums adversos en el 2016, pero las gambetas lo condujeron al bochorno electoral del 20 de noviembre.
A la vista está su responsabilidad en el caos, pero también están a la vista la culpa de la dirigencia ultraconservadora en la escalada de violencia y la maniobra golpista que lo obligó a renunciar.

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Claudio Fantini

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