Martes 7 de abril, 2020

MUNDO | 23-03-2020 10:57

La otra epidemia

Como todo cataclismo, el coronavirus ha desatado una fiebre mundial de teorías conspirativas. ¿Lo inventó EE.UU?

Las teorías conspirativas se multiplicaron con la velocidad de expansión del coronavirus. No podía ser de otra manera. Si todo acontecimiento de gran impacto genera explicaciones intrigantes, una catástrofe global con rasgos de pesadilla orwelliana las dispararía al por mayor y en una escala que va desde las que tienen alguna lógica, hasta las más absurdas y delirantes.

Las escenas que se multiplican en el mundo parecen de ficción cinematográfica. Lo mismo pareció para el mundo que la miraba estupefacto la escena de los aviones incrustándose en las Torres Gemelas, encendiéndolas como antorchas que ardieron hasta hundirse en el vientre de Manhattan.

El humo todavía no se había disipado y ya había teorías conspirativas que hablaban de una acción deliberada de la Casa Blanca. “La Gran Impostura” se llamó el libro del controvertido Thierry Meissan, que planteó aquel ataque como un atentado ejecutado por el complejo industrial militar con la complicidad del Pentágono, para justificar el expansionismo conquistador norteamericano.

Incluso después de que el propio Osama Bin Laden apareciera en videos adjudicándose el ataque y explicando cómo lo había organizado y ejecutado Al Qaeda, ese libro siguió batiendo records de ventas y traduciéndose hasta en 27 idiomas.

En la antigüedad, las epidemias y los cataclismos que diezmaban poblaciones, tendían a explicarse mediante la ira de los dioses y el castigo del inmisericorde Dios del Antiguo Testamento. En la Edad Media aparecieron las primeras teorías conspirativas explicando plagas exterminadoras. Los judíos fueron los “culpables” elegidos como autores de la Muerte Negra, acusándolos de haber envenado ríos para aniquilar a los cristianos de la Europa del siglo XIV. Culpar a los judíos por ser un “pueblo deicida” persistió durante siglos, a pesar de que la peste bubónica se había originado en China.

La Guerra Fría fue la principal fuente de teorías conspirativas del siglo XX. No había desastre económico ocurrido en el campo comunista que no fuera atribuido a la CIA, y no había epidemia que no se engendrara en el laboratorio de Fort Detrick, Estados Unidos, o en el de Port Down, Gran Bretaña. Por cierto, el bloque occidental también hacía correr versiones fantasiosas, poniendo a la KGB y los científicos de Lubianka detrás de muchos estropicios ocurridos de este lado de la Cortina de Hierro.

El grueso de las visiones de conspiración sobre el coronavirus resultan delirantes. Pero algunas tienen una base lógica: la política y la puja por el liderazgo económico y tecnológico mundial. China llegó a avalar indirectamente una, según la cual Estados Unidos produjo el virus y mediante agentes militares lo introdujo en Wuhan, para afectar al principal centro de producción de tecnología 5G de telefonía móvil, uno de los puntos centrales de la guerra comercial entre Washington y Beijing.

El flanco débil de esta versión es la de toda teoría conspirativa. Era inevitable que China buscara sacarse de encima la responsabilidad inicial de que el origen del mal que sumió al mundo entero en una pesadilla, pueda estar en una falencia de su sistema alimentario.

Lo increíble es que la multiplicación de teorías conspirativas originada por el coronavirus, no tenga entre las más difundidas a una de las que más lógica tendría. A la hora de imaginar confabulaciones siniestras, algunos lectores de Adolfo Bioy Casares habrán recordado al Diario de la Guerra del Cerdo, la novela en la que el personaje, Isidoro Vidal, es un miembro de la generación que comenzó a ser atacada por las generaciones jóvenes que han decidido eliminar a los ancianos.

Uno de los cuellos de botella de todas las economías es el envejecimiento poblacional. En todos los regímenes político-económicos vigentes, los sistemas previsionales se encuentran al borde del colapso. En los países pobres y en los desarrollados, la gente se resiste a que le aumenten la edad jubilatoria y estallan protestas contra los planes con que los gobiernos intentan prolongar la vida laboral de las personas.

En rigor, prolongar la vida laboral en las sociedades tiene lógica en un mundo, el más desarrollado, que ha prolongado notablemente la longevidad. Por qué debe dejar de trabajar una persona que aún tiene todas las facultades aptas para hacerlo, siempre que no se trate de ciertos trabajos que implican esfuerzos físicos excesivos. Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine afirma que la edad más productiva del ser humano es entre los 60 y los 70 años; la segunda es la que va desde los 70 a los 80, y la tercera de los 50 a los 60. Como prueba, cita estadísticas comprobables. Una de ellas es la de la edad promedio de los Premios Nobel: 62 años. Otra, la edad promedio de los presidentes de las empresas más grandes del mundo: 63.

Pero también es lógico que la gente se resista y píense, tal vez con alguna dosis de razón, que los Estados podrían financiarse de otros modos, por caso aumentando los impuestos a las riquezas cada vez más concentradas y descomunales.

En los países menos desarrollados y en los países pobres la urgencia de jubilarse no es para dejar de trabajar, sino para quedarse con un ingreso fijo (la jubilación) y buscar un nuevo trabajo que permita incrementar su poder adquisitivo.

Como fuere y por la razón que fuere, la gente vive más y se quiere jubilar. Los sistemas previsionales llegan al límite y el futuro cercano se convierte en un oscuro interrogante. Y en el mismísimo límite de la viabilidad de los sistemas previsionales, en China aparece un virus que hace estragos en la franja social que, según los liderazgos del mundo, están causando el problema.

Si ese sector se reduce de manera significativa los sistemas previsionales experimentarían un alivio. La letalidad del coronavirus aumenta a partir de los 65 años. Puestos a lucubrar confabulaciones siniestras ¿por qué no imaginar que China produjo una solución, o se la encontró accidentalmente y la dejó crecer, en lugar de conjurarla de inmediato? ¿Por qué no explicar de ese modo la increíble demora europea en reaccionar? También Estados Unidos demoró demasiado como para no alentar sospechas inquietantes.

Un ser humano que está viendo paisajes de Marte y enterándose de que en los laboratorios clonan animales, se pueden clonar personas y se puede crear vida, además de manipular el ADN para diseñar nuevas especies y modificar la humana, ¿por qué entonces no va a preguntarse por qué una ciencia tan avanzada no puede desarrollar a tiempo un antídoto o una vacuna? ¿Por qué en tantos meses sólo puede recomendar lavarse mucho las manos?

Pero cuando las preguntas comienzan a acercarnos a distopías como la novela de Bioy Casares, es tiempo de recordar que no hay cataclismo ni desastre significativo que no haya generado teorías conspirativas.    

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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