Martes 7 de abril, 2020

MUNDO | 13-03-2020 17:22

La democracia y el coronavirus en el mundo

Ventajas y desventajas del Estado de Derecho y de los autoritarismos, como el chino, en la lucha contra la pandemia mundial.

La democracia es uno de los instrumentos aún no concientizados en la lucha contra el coronavirus. La atención mundial está puesta en los laboratorios que buscan vacunas para detener la pandemia. Pero lo que ya parece probado es que el Estado de Derecho es un elemento clave porque contiene ingredientes indispensables para encender alarmas tempranas: entre ellos, la libertad de prensa y de expresión

En las democracias la sociedad se entera de la irrupción del virus desde los primeros casos. China y otros países con regímenes autoritarios, como Irán, mostraron lo contrario.

Ahora bien, a la ventaja que tiene la democracia en encender alarmas a tiempo, la pierde frente a regímenes totalitarios o autoritarismos con reflejos totalitarios, a la hora de enfrentar de manera masiva y contundente la expansión del virus. China demoró en encender las alarmas porque el Estado silenció a los médicos que advirtieron sobre la aparición del virus, pero la capacidad con que luego enfrentó la epidemia con brutales capturas de posibles infectados y cuarentenas forzosas que abarcaron a cientos de millones de personas, incluidas ciudades enteras, surgió de reflejos totalitarios que las democracias no tienen.

A pesar de ser la región más infectada de Europa, el norte italiano tardó una eternidad hasta disponer el aislamiento de millones de personas. Italia, España y demás países europeos, así como otras democracias de Occidente, alertaron a tiempo la entrada del coronavirus a sus territorios, pero actúan pasmosamente para contenerlo.

Pero no todos los autoritarismos tienen reflejos totalitarios de la eficacia del gigante asiático. En muchos de ellos, lo que se ve es censura a la voz de alarma y poca eficacia posterior para afrontar la crisis sanitaria.

En la República Islámica de Irán se vio cómo la ausencia de las libertades públicas, de las que forman parte la libertad de prensa y de expresión, demoró las capacidades de la sociedad civil para defenderse de la epidemia.

La elite del poder mostraba numerosos casos que contrastaban con la aparente ausencia de infectados en la población. La vicepresidenta para Asuntos de Mujer y Familia, Masume Ebtekar (conocida por ser la primera mujer que llegó a un cargo tan alto desde el triunfo de la revolución 1979) contrajo el coronavirus. 

Por la misma infección murió Mohamad Mirmohamadi, asesor del ayatola Alí Jamenei (máxima autoridad de la teocracia persa). Poco antes había muerto la madre de Mirmohamadi, que era hermana del poderoso ayatola Shabiri Zanjani. A esa altura, ya se hablaba de al menos treinta casos entre los miembros del Majlis (Parlamento).

En las últimas semanas, empezaron a aparecer en Occidente denuncias de médicos iraníes que hablaron ante la prensa extranjera sobre las presiones del régimen para que no hicieran públicos los datos que manejaban sobre el número de infectados. Algunos dijeron haber sido obligados a mentir certificados de defunción, alegando otras causas de muerte cuando se trataba de coronavirus. Coincidían en señalar que el régimen alegaba razones de “seguridad nacional” para imponer el ocultamiento. En el 2008, las autoridades sanitarias iraníes contuvieron un brote de cólera en la región. Irán hizo alarde de aquel éxito y ahora muestra un fracaso, agravado por la censura que impidió a su sociedad enterarse a tiempo de lo que ocurría.

El coronavirus ingresó por el fluido intercambio comercial con China, país con el que no tiene fronteras porque a sus respectivos territorios los separan Pakistán y Afganistán. 

Haber demorado en informar el verdadero impacto del coronavirus se debió, en parte, a no admitir fragilidades ante sus enemigos, y en parte a la inescrupulosa decisión de no alterar las ceremonias masivas en grandes mezquitas que tomó el régimen chiita.

También sobran motivos para dudar sobre la situación en otros países con dictaduras. ¿Es posible que entre los surcoreanos haya más de seis mil casos y al norte del Paralelo 38 no haya ni uno?

Corea del Sur no tiene frontera terrestre con el gigante asiático, mientras que Corea del Norte tiene una extensa frontera con la región china de Manchuria. Sin embargo, el régimen de Pyongyang asegura que sus fumigaciones y demás medidas preventivas han tenido un éxito absoluto. ¿Es creíble? Con cientos de miles de trabajadores norcoreanos trabajando en China y regresando esporádicamente a sus hogares ¿es posible que no  ingresara la peste como ingresó a tantos países por los turistas que habían pasado por Italia?

Preguntas similares caben para otros países con regímenes autoritarios. Turquía no padece un totalitarismo como el norcoreano ni una teocracia autoritaria como Irán, pero el gobierno de Recep Erdogán lleva años avanzando hacia un modelo autocrático. Por eso deja dudas su ministro de Salud, Fahrettin Koca, al afirmar que ni un solo turco está infectado. En definitiva, en sus confines orientales Anatolia tiene frontera con Irán.

¿Son tan eficaces como dicen sus gobiernos o están ocultando la realidad como hicieron China y la República Islámica en un primer momento?

Médicos de Wuhan, la urbe china donde se generó la epidemia, revelaron que durante meses estuvieron bajo presión de las autoridades para no hacer público lo que habían detectado. Ese tiempo perdido aceleró la expansión de la enfermedad porque demoró el lanzamiento de los operativos de prevención, el establecimiento de cuarentenas y la adecuación del sistema médico para atender la emergencia, además del desmantelamiento del infeccioso mercado de alimentos donde apareció el coronavirus.

Incluso mucho tiempo después de la admisión del brote epidémico, sólo los diarios hongkoneses mostraban realidades estadísticas sobre el alcance del flagelo que callaban los demás diarios. Por cierto, Hong Kong queda en China, pero en ese territorio aún no imperan las leyes del resto del país.

Como la URSS con Chernobyl, China tuvo el instinto autoritario de ocultar el problema a su sociedad y al mundo. Pero cuando lo asumió, mostró el músculo totalitario realizando distópicas cacerías de infectados y sometiendo a cuarentena inmensas urbes cuyas calles quedaron vacías.

En las democracias, por haber medios de comunicación que pueden criticar a los gobiernos, las alarmas suenan a tiempo. Pero difícilmente sus estados puedan imponer las mega-cuarentenas que frenarían la expansión vertiginosa del virus.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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