Viernes 14 de agosto, 2020

LIBROS | 27-07-2020 13:30

El enigma de la habitación 622

*** “El enigma de la habitación 622”, de Joël Dicker. Alfaguara, 619 págs. $ 1.699.

Los best-sellers corren un peligro: que los libros se parezcan hasta por el peso: le ocurre a Stephen King, a John Grisham, o al suizo Joël Dicker, un joven best-seller europeo, que barrió las librerías como un tsunami con su segundo libro, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” (2012). El éxito lo dejo instalado, con una masa de “lectores adictos” de sus largos ladrillos de más de 600 páginas. Pasó en especial con “El libro de los Baltimore” (2016), y un poco menos con “La desaparición de Stephanie Mailer” (2018). La campaña publicitaria para este “enigma” ha sido de saturación: en más de una crítica se hablaba más de un acontecimiento industrial que de un libro.

La virtud principal de “La verdad…” era la velocidad con que se pasaban las páginas para llegar al final. Más de un lector entrenado declaró que era el libro que prefería regalar a los no-lectores. Con su talento para la estructura y las vueltas de tuerca, el final, satisfactorio, dejaba sin embargo un resabio a borde del abismo. El libro, escribió alguien, cumplía más con el puro gusto que con el arte de narrar.

Con los autores que presentan libros semejantes, por tamaño y territorio (Dickens es un ejemplo excelso) hay una especie de código de caballeros con el lector. El título “El enigma de la habitación 622”, evoca el clásico “El misterio del cuarto amarillo”. Porque lo que pasó en él es un asesinato. El lector se predispone a una novela policial. Pero después de enterarse de que en parte el libro es un homenaje al editor, maestro y amigo recién fallecido de Dicker, y de seguirlo a él mismo como protagonista, se produce una larga avalancha de otra cosa.

Todo gira alrededor de la famosa habitación. Pero a lo que se accede es a una serie torrencial de vínculos y traiciones, de forcejeos feroces alrededor de la presidencia del banco privado más importante de Suiza. El principal recurso es un poco ingenuo: cada cierta cantidad de páginas, dice: “Diez años antes”, “Quince años después”, “Una semana antes del asesinato”, etc. Los carteles temporales son algo que funciona bien en el cine, pero no en la literatura, si no lo acompaña una mínima elaboración de las diferencias. Al no existir, la percepción del lector se empasta con la repetición. Como además se llega a un ir y venir casi histérico, el interés decrece. En el caso de los lectores no europeos, el libro tiene además algo de siglo XIX, con su obediencia estricta a presiones y temores anclados en sociedades aún atrapadas en la rigidez de la realeza, sus fantasmas y sus diferencias de clase.

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Elvio E. Gandolfo

Elvio E. Gandolfo

Crítico de Libros.

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