Friday 14 de June, 2024

OPINIóN | 22-10-2023 06:45

Ante las puertas de lo desconocido

La Argentina que viene, de acuerdo a quién gane las elecciones. El misterio Milei y la pelea de Massa y Bullrich por entrar en el ballotage.

Casi todos se sintieron desconcertados por el país tricéfalo que vieron en el espejo de las PASO. No se pareció a la Argentina que creían conocer. ¿Será igualmente sorprendente la que vean reflejada por las elecciones del domingo? Puede que lo sea, pero pocos creen que los resultados ayuden a resolver la crisis de identidad que ha mantenido paralizado al país mientras se desliza hacia lo que, de tener razón los impresionados por los malditos números, amenaza con ser una catástrofe socioeconómica aún peor que la de hace 22 años.   

Tal y como están las cosas, es de prever que sea provisorio el gobierno que finalmente emerja del confuso y terriblemente prolongado proceso electoral y que la Argentina seguirá buscándose a sí misma por mucho tiempo más. Sucede que el orden político al que se aferra con tenacidad es disfuncional; demasiado depende de la personalidad de un presidente que, en teoría por lo menos, tiene poderes que son cuasi monárquicos. También perjudica al país el rígido calendario institucional que impide que la elite política reaccione con rapidez frente a los desafíos que surgen. Puesto que la Argentina parece ser un país estructuralmente inflacionario que se ha programado para autodestruirse cada veinte años, ocurren con cierta frecuencia emergencias que obligan a los gobernantes a cambiar de rumbo.

Muchos han dicho que las elecciones del 22 de octubre serán las más importantes desde el 24 de febrero de 1946, cuando la mayoría optó por emprender un camino que alejaría al país del resto del mundo que en aquel entonces podía calificarse de desarrollado y que, en las décadas siguientes, alcanzaría un nivel de prosperidad sin precedentes en la historia de nuestra especie. Quienes esperan que esté por terminar un período larguísimo signado por la decadencia generalizada rezan para que, por fin, el electorado vote con la cabeza y no con el corazón.

Sueñan con que el 22 de octubre de 2023 sea recordado como el día en que se inició una nueva etapa que, andando el tiempo, culminaría con la recuperación plena de un país que, luego de regresar reiteradamente al rumbo que tomó hace ya tres cuartos de un siglo, parecía resuelto a suicidarse, pero las previsiones que están haciéndose en base a datos borrosos, distorsionados por los intentos de los partidarios de los distintos candidatos por incidir en las expectativas de la gente, sugieren que lo más probable es que la Argentina permanezca fiel a sus tradiciones más negativas. Por cierto, dista de estimular optimismo el que sea factible que Javier Milei ganara en la primera vuelta o que, si no obtiene los votos necesarios, pudiera enfrentarse en el balotaje con Sergio Massa.

De las tres alternativas, la menos peligrosa es la ofrecida por Patricia Bullrich, pero parecería que, para la mayoría de los dispuestos a votar, lo que representa la candidata de Juntos por el Cambio es demasiado normal como para ser aceptable. Por ser tan grave, y tan difícil de explicar, la crisis que está devorando la sociedad, triturando la clase media y depauperando todavía más a los ya muy pobres, el realismo propuesto por la coalición, una postura que se ha visto subrayada por la presentación en público del gabinete de moderados respetados que la candidata se propone liderar, motiva más desdén que esperanza en los sectores amplios de la sociedad que se han entregado al escapismo. Parecería que muchos quieren aprovechar las elecciones sólo para expresar la furia que sienten por lo que les ha ocurrido y por lo tanto se resisten a pensar en lo que podría suceder después.

El rencor comprensible de quienes tienen motivos de sobra para sentirse traicionados está detrás de la irrupción de Milei. Sin embargo, el libertario extravagante es sólo un síntoma de la psicosis que se ha apoderado de una parte sustancial de la población y que le impide ver más allá del futuro inmediato. No es una solución, ya que, sin la colaboración de muchos integrantes de “la casta” que desprecia por creer que en su conjunto es responsable de la ruina del país, no le sería dado formar un gobierno viable.

Muchos dan por descontado que sus propuestas sociales y económicas, en especial las vinculadas con la dolarización, son fantasiosas; puede que exageren, pero tales opiniones importan. Para más señas, no cabe duda de que, por tratarse de un personaje iracundo que no soporta ser criticado, en el poder Milei se sentirá tentado a comportarse como un dictador aunque, por fortuna, carecería de los instrumentos coercitivos que precisaría para hacerse obedecer.

Si el dueño de la motosierra no logra triunfar en la primera vuelta y Patricia Bullrich se ve eliminada de la contienda presidencial, a partir del lunes el país tendrá que elegir entre Milei y el artífice de un estallido inflacionario que en cualquier momento podría desatar la tan temida hiperinflación, la que, según algunos, reduciría a la pobreza extrema a por lo menos el ochenta por ciento de los habitantes del país. Por lo demás, merced a las actividades en La Plata de Julio “Chocolate” Rigau y, en aguas mediterráneas, del festivo Martín Insaurralde, nadie puede ignorar que Massa se ve rodeado por un sinnúmero de sujetos extraordinariamente corruptos. Si aquí importaran las reglas políticas que rigen en otras latitudes, el candidato oficialista tendría suerte si lograra conseguir más del diez por ciento de los votos pero, claro está, en este ámbito como en tantos otros la Argentina es diferente.

De todos modos, aún es posible que, a pesar de su desempeño calamitoso como ministro de Economía y presidente virtual, además de su cercanía a grupos de trayectoria dudosa, Massa resulte ser elegido el próximo presidente de la República, una eventualidad que motiva la pregunta: ¿Cuál de los Massa sería? Felizmente para él, el ministro de Economía fabulosamente ineficaz que, para colmo, están invirtiendo una proporción creciente del producto nacional en su campaña proselitista, se ve acompañado por otro yo, como el del Dr. Merengue, que piensa de manera radicalmente distinta.

Mientras que el Massa oficial se concentra en conservar los votos de kirchneristas asustados y peronistas nostálgicos, su sosías atrae a quienes sospechan que el equipo encabezado por Patricia Bullrich no tendría la fortaleza anímica necesaria para gobernar un país tan díscolo como la Argentina actual en que abundan sindicalistas, piqueteros, punteros y operadores oscuros que son duchos en el arte de monetizar el sufrimiento ajeno y no vacilarían en desestabilizar a un gobierno que procurara interferir en sus negocios. A ojos de los preocupados por la presunta debilidad de los miembros de Juntos por el Cambio, la falta de escrúpulos que de acuerdo común caracteriza a Massa no es un defecto sino un mérito muy valioso.  

Aunque Massa el candidato presidencial quiere triunfar y está claramente dispuesto a ir a cualquier extremo a fin de derrotar a sus rivales, Massa el ministro de Economía de un gobierno kirchnerista sigue esforzándose por asegurar que ganen Milei o Bullrich. Un Massa subordina todo a su propia ambición, mientras que el otro está colaborando con los duros antidemocráticos del kirchnerismo y sus compañeros de ruta de la ultraizquierda que le han pedido confeccionar una bomba económica que, esperan, explotará cuando otros ocupen las instalaciones gubernamentales y desatará tanto caos que el pueblo termine alzándose en rebelión, lo que les brindaría una oportunidad para retomar el poder. Parecería que la contradicción así supuesta no preocupa en absoluto al aspirante a mudarse a la Casa Rosada en el futuro cada vez más próximo. Como Walt Whitman diría: “¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo. Soy grande, contengo multitudes”.

La cultura política que ha llevado el país a la nada promisoria situación en que actualmente se encuentra sigue realimentándose. Dicha cultura tiene sus raíces en el presupuesto de que en última instancia los recursos naturales importan más que el capital humano. Así pues, quienes quieren alentar el optimismo están señalando que a pesar del aumento explosivo de la pobreza, la Argentina sigue siendo un “país rico”; dicen confiar en que una buena cosecha y el gas de Vaca Muerta le permitan salir pronto del pozo en que ha caído.

Es posible que tengan razón, pero aunque en el corto plazo la disponibilidad de recursos naturales relativamente abundantes podría ser económicamente ventajosa, a la larga suelen ser negativas las consecuencias políticas de la mentalidad que tenerlos estimula. Además de ser fuente de cantidades envidiables de “ganados y mieses”, gas, petróleo y litio, la tierra argentina nunca ha dejado de producir un superávit de demagogos que prometen repartir lo concedido por los dioses patrios sin pedir nada a cambio de la generosidad que se atribuyen salvo la lealtad en el cuarto oscuro de los pasajeramente beneficiados. Es debido a las actitudes así fomentadas que una proporción excesiva de la población se ha acostumbrado a depender más de la caridad ajena, si bien estatizada o subcontratada a caciques piqueteros, que del esfuerzo propio, lo que impide que la Argentina aproveche plenamente los recursos humanos de los que dispone, recursos  que, en el mundo desarrollado, han resultado ser muchísimo más valiosos que los meramente materiales.  

Galería de imágenes

En esta Nota

James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

Comentarios