Jueves 15 de abril, 2021

OPINIóN | 05-04-2021 14:48

Martín Guzmán y el FMI: la insólita lógica de la locura

El ministro de Economía negocia con el FMI a pesar de que Cristina Kirchner no quiere pagar la deuda.

Todo político sabe que un gobierno sin plata para gastar en obras, planes o lo que fuera será masacrado en las urnas. Si no puede recaudarla y la maquinita está sobrecalentada, no tendrá más alternativa que pedir prestado, lo que plantea ciertas dificultades a quienes están a cargo del defaulteador serial más famoso del planeta. Pues bien, aunque a Cristina Kirchner no le importa un bledo la deuda con el FMI, sí le preocupan las elecciones parlamentarias programadas para octubre, razón por la que está presionando al organismo para que sea más flexible. Su forma de hacerlo es un tanto heterodoxa. A sabiendas de que su mera presencia en el elenco gobernante asusta a medio mundo, optó por sabotear los esfuerzos de Martín Guzmán, acaso el ministro más racional, por suavizar el acuerdo con el Fondo.

Para Cristina, el que fronteras afuera haya muchos que la toman por una delirante que vive en un extraño mundo propio, como solía decir un tal Alberto Fernández, es una ventaja que está dispuesta a aprovechar. Ha hecho suya la llamada “teoría del loco”, la idea de que en ciertas circunstancias le conviene a un país que el líder máximo sea considerado capaz de todo. Para convencer a los líderes del bloque comunista de que sería mejor ceder ante el entonces presidente norteamericano Richard Nixon, fuentes de la Casa Blanca, asesoradas por Henry Kissinger, dieron a entender que era un lunático peligrosísimo que en cualquier momento podría desatar una guerra nuclear.

El ardid pudo funcionar hasta cierto punto porque nadie ignoraba que Estados Unidos era muy pero muy rico y militarmente poderoso. De haber sido cuestión de un país paupérrimo con fuerzas armadas débiles, la presunta locura del mandatario sólo hubiera servido para hacer de él un hazmerreír internacional. Mal que nos pese, la Argentina no está en condiciones de intimidar al mundo recordándole que un hipotético colapso económico tendría repercusiones dolorosas en otras latitudes. Los grandes grupos financieros se prepararon hace tiempo para afrontar tal eventualidad poniéndola en cuarentena. Si mañana se borrara del mapa, el impacto económico sería menor que el provocado por el bloqueo breve del Canal de Suez por el supercarguero Ever Given.

Desde el punto de vista de los demás, el que quienes gobiernan el país parezcan resueltos a empujar la economía hacia un abismo por suponer que el temor a las repercusiones en el exterior los ayudaría a conseguir más dinero es un asunto exclusivamente interno. A lo sumo, luego de llegar a la conclusión de que el país está gobernado por personajes que, por razones misteriosas, están trabajando asiduamente para profundizar la decadencia que desde hace más de medio siglo ha sido una de sus características más notables, sólo intentarán distanciarse de la debacle que ven acercándose, lo que es una pésima noticia para Guzmán.

El ministro de Economía, que es capaz de hacerse entender por la élite económica mundial porque se formó en universidades norteamericanas y cuenta entre sus mentores a Joseph Stiglitz, está procurando persuadir a sus interlocutores del FMI, Wall Street y otros centros financieros de que, las apariencias no obstante, la Argentina sigue siendo viable y que por lo tanto no sería de su interés permitirle autodestruirse.

Por un rato, Alberto discrepó con Cristina acerca de la posibilidad de cumplir con el Fondo, pero pronto cambió de opinión al asegurar que él también cree que “la deuda que heredamos es impagable”. En otras palabras, ambos Fernández dan por descontado que el país está por defaultear una vez más, si bien aclaran que en esta ocasión lo haría por culpa de Mauricio Macri que, según el oficialismo, es el autor de todos los males concebibles. Por supuesto, al denunciarlo por recurrir al FMI como si fuera un crimen imperdonable, acusan también a los técnicos del organismo de mala praxis. Sea como fuere, los mercados tomarán lo dicho por Cristina por una señal de que habrá un remake de la batalla contra los acreedores “buitres”; los bonos cayeron y el riesgo país pegó un salto, lo que hizo todavía peor la ya crítica situación de las maltrechas finanzas nacionales.

En verdad, la deuda, que según los macristas es consecuencia de los déficits fiscales que, antes de la llegada al poder de Cambiemos, el gobierno kirchnerista se las había arreglado para acumular, perjudica menos que la negativa de Cristina a permitir que Guzmán y quienes lo rodean produzcan algo parecido a un plan coherente; sabe que uno presentable, fuera progresista o reaccionario, tendría forzosamente que incluir una reducción drástica del gasto público acompañada por algunas reformas estructurales que, en un año electoral, le costarían al kirchnerismo un sinnúmero de votos. Con todo, aunque la resistencia del gobierno a comprometerse con un programa económico bien definido puede entenderse, la mayoría sospecha que no se debe a su supuesta astucia política sino a que no tiene la menor idea de lo que podría hacer para salir del atolladero en que se encuentra.

Como se hizo dolorosamente evidente en el transcurso del cuatrienio macrista, aquí hay una contradicción insuperable entre la lógica económica por un lado y la política por el otro; el gobierno actual -lo mismo que el anterior en su momentotiene buenos motivos para temer que si tratara de aplicar un plan económico racional se vería repudiado casi enseguida por una parte sustancial de su propio electorado. Así y todo, los miembros relativamente cuerdos de la coalición peronista no pueden sino entender que, si insisten en subordinar absolutamente todo a la política, correrán el riesgo de que la economía explote antes de las elecciones de octubre, razón por la que se limitan a improvisar día a día con la esperanza de que no ocurra nada realmente malo en los meses venideros.

Mientras tanto, Cristina y sus adictos continúan hostigando a Alberto que, para sobrevivir en el cargo que ocupa, está dispuesto a ir a cualquier extremo, por humillante que le sea, en un esfuerzo vano por merecer la aprobación de “la doctora” que a buen seguro disfruta de lo que está haciendo con el sujeto que durante años la había tratado como una demente. Lo tiene atrapado en una telaraña sumamente pegajosa. Es como una mosca que sabe que, a menos que logre escapar, tarde o temprano será devorada, pero apenas puede moverse. Para decepción de quienes confiaban en la capacidad de Alberto para gobernar con sensatez, parecería que se ha resignado al destino nada agradable que su dueña despiadada le ha reservado, lo que no importaría demasiado si estuviera en juego nada más que su propio futuro, pero sucede que el de decenas de millones de personas dependerá de lo que hace el gobierno del cual sigue siendo el jefe nominal.

De más está decir que para Cristina carece de interés lo que en opinión de Alberto convendría hacerse. Últimamente se ha puesto a actuar como si no existiera y no ha vacilado en incorporar a sus dominios no sólo la relación del Ejecutivo con el Poder Judicial que trata como un territorio enemigo que necesita ser ocupado y pacificado cuanto antes, sino también el manejo de la economía y la política exterior. Por un rato, pareció apoyar a Guzmán, pero al darse cuenta de que no creía en las soluciones facilistas propuestas por los integrantes más imaginativos de su entorno, se puso a serrucharle el piso. Si bien nadie sabe muy bien lo que a juicio de Cristina debería hacerse para asegurar que la economía se mantenga a flote hasta octubre, es de suponer que tendría en mente un conjunto de medidas voluntaristas ya que, como todos los populistas, cree que lo económico necesita estar firmemente subordinado a lo político, es decir, a ella.

En cuanto a la política exterior, Cris - tina fantasea con una alianza con países que a su juicio tienen gobiernos “antiimperialistas”, comenzando con Cuba y Venezuela, razón por la que ordenó a Alberto romper con el Grupo de Lima que, por estar a favor de la redemocratización de Venezuela, se opone al brutal dictador chavista Nicolás Maduro, y habrá consentido su forma nada cortés de poner en su lugar al presidente uruguayo Luis Lacalle Pou cuando se celebraba un reunión del Mercosur. Asimismo, es evidente que la señora quiere que en el tablero internacional la Argentina se alinee con China y Rusia, lo que virtualmente garantiza un enfrentamiento con la administración del presidente norteamericano Joe Biden que, en éste ámbito como en muchos otros, no es tan diferente de la de Trump como quisieran hacer pensar sus voceros.

El esquema de gobierno en que Cristina tiene la suma del poder pero se resiste a asumir plena responsabilidad por las consecuencias de las medidas que impulsa, motiva extrañeza en el resto del planeta donde la imagen del kirchnerismo es tan borrosa como la del peronismo mismo que, para frustración de muchos compañeros, nunca ha conseguido liberarse de la sospecha de que es una va - riante sudamericana del fascismo europeo. Será por tal motivo que Cristina, a diferencia de otros políticos de países subdesarrollados que aspiran a dinamitar el orden establecido, no cuenta con muchos admiradores en el exterior. Parecería que fuera de América latina virtualmente nadie -con la eventual excepción de algunos españoles despistados- cree que los kirchneristas hayan encontrado el camino hacia un futuro mejor.

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