Luis D'Elía no afloja. En una entrevista radial, el exlíder piquetero lanzó una nueva andanada contra La Cámpora con una frase que no dejó margen para la interpretación: "La Cámpora se hizo con plata robada, carajo". Al mismo tiempo, mantuvo su postura de siempre: Cristina Kirchner es, a sus ojos, una mujer honesta. La contradicción aparente tiene, sin embargo, una lógica interna que D'Elía viene construyendo desde hace meses.
No es un arrebato espontáneo. En diciembre del año pasado, D'Elía ya había disparado contra el espacio de Máximo Kirchner con una metáfora quirúrgica: "La Cámpora es un tumor maligno en el corazón del Movimiento Nacional y Transversal. Fue construida de arriba para abajo con aparato y recursos mal habidos y arrasó de manera autoritaria al kirchnerismo heroico y fundacional. El daño generado por Máximo es infinito" escribió entonces en X.
En ese mismo posteo apuntó directamente contra el diputado: "Máximo creyó siempre que el kirchnerismo era propiedad de su familia, cuando los que construimos esa realidad fuimos la resistencia de los 90 con la que Néstor se abrazó".
La lógica de fondo es la que explica la aparente paradoja de atacar a La Cámpora mientras se defiende a Cristina. Para D'Elía y el sector de la militancia peronista que representa —los llamados "kirchneristas fundacionales"—, Cristina es la figura pura del proyecto político, mientras que La Cámpora es el aparato que lo capturó, acumuló poder y recursos dentro del Estado, y terminó por desplazar a quienes habían construido ese espacio desde abajo. Desde esa lectura, hablar de "plata robada" no es acusar a Máximo de robarle a la gente en la calle: es decir que se apropiaron del aparato, los cargos y el financiamiento de la política que, según D'Elía, no les pertenecían.
En un peronismo que sigue procesando su derrota de 2023 y busca redefinir liderazgos de cara a las elecciones de medio término, las declaraciones de D'Elía no son solo desahogo: son también posicionamiento. Atacar al hijo mientras se protege a la madre es una forma de disputar la herencia simbólica del kirchnerismo sin romper del todo con su historia.














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