Viernes 3 de diciembre, 2021

POLíTICA | 14-11-2021 17:40

El miedo del Gobierno al día después

El oficialismo sabe que el número final puede cambiar todo. Danza de nombres, golpes de timón y la posibilidad de un rearme total del Frente.

“¿Vos sos futbolero?”. Quien hace la pregunta es un ministro nacional, de los que más diálogo y trato tiene con Alberto Fernández. Faltan horas para que se abran las urnas y a la ansiedad  que recorre a todo el oficialismo se la trata de apagar con charlas triviales. Cuando el cronista de NOTICIAS responde que es hincha de San Lorenzo, el funcionario recoge la respuesta y sigue con la metáfora. “Bueno, tu equipo viene muy mal y ya no es novedad que pierda. Ahora: no es lo mismo perder un partido que terminar último el torneo. A nosotros nos pasa lo mismo. Una cosa es que los resultados sean como en las PASO y otra es que nos vaya peor. Si esto pasa, lo de mañana va a ser una hecatombe total”. El diálogo es sintomático del momento frenético del Gobierno: el 15 de noviembre promete no ser un día más para el Frente de Todos.

Es que lo que se define hoy no es sólo el resultado de una elección. Lo que está en juego -y todos en la cúpula del espacio lo saben- es el futuro del Gobierno, pero no sólo en cuanto a su salud electoral sino en un sentido mucho más profundo: qué oficialismo se va a ver a partir de mañana. Los que responden a CFK o se identifican en ella, confían en que un probable mal resultado va a terminar de definir algo que se asomó luego de las PASO y de la crisis institucional: que lo de que “es con Todos” caducó como idea rectora del espacio. “Es mejor un gobierno con gestión, sumando los Aníbales Fernández de la vida que no son tan populares pero que aportan volumen, que el Gobierno de ‘hippies’ que teníamos antes. Estamos hace dos años y no solucionamos ningún problema, a partir de ahora tenemos que empezar a gobernar en serio”, se sincera otro ministro, uno de los que podría no seguir en su cargo para el 2022.

Aunque es imposible hacer futurología en esta Argentina postpandémica, parecería que la ecuación va de la siguiente manera: el grado de intervención del cristinismo será proporcional a los votos que pierda el Gobierno, de la misma manera en que el grado de robustecimiento del albertismo será mayor si el oficialismo achica la distancia o, en un milagro, se pone al frente. El primer escenario es el más probable, pero todos los que hablan con la vicepresidenta hacen esta aclaración: la probable intervención de Cristina no significa que vaya a poner a los suyos, algo que se evidenció en el recambio ministerial luego de las PASO. A punto de cumplir 69 años, y con la posibilidad real de perder el 2023 -y, por lo tanto, quedar a merced de la Justicia- respirándole en la nuca, CFK parece estar en una sintonía con la brillante estratega interior que tiene, la misma que hace dos años dejó al país patas para arriba en la mañana de un sábado de marzo. Hoy está dispuesta –y, dicen algunos, incluso deseosa- de darle más juego al peronismo ortodoxo, el de los gobernadores, intendentes y sindicalistas. A los segundos los sumó a la fuerza, y contra los deseos de su otrora niño mimado Axel Kicillof, al gobierno bonaerense, y con la nueva cúpula de la CGT mandó a sus emisarios a tender puentes hacia el futuro. Esto último es un dato para tener en cuenta: CFK sabe que los popes del sindicalismo veían bien, durante los días de furia post PASO, que Alberto rompa con su compañera de fórmula. Pero ella pone la otra mejilla y se prepara para tomar, de una vez por todas, las riendas del Gobierno para el que aportó la mayoría de los votos.

Del lado de enfrente también hacen cálculos. El que atraviesa días movidos es Sergio Massa, quien ya no oculta sus deseos de llegar al Gabinete. Un superministerio es lo que pide: Producción, Turismo, y podría ser Trabajo y alguna secretaría más, aunque, como el experto ajedrecista que es, sabe que hay que pedir de más para luego negociar. En esa contienda tiene el visto bueno de Máximo y de varios más de ese espacio, que ven con desesperación lo que entienden que es un Gobierno con poca gestión. Es una movida que creen que puede beneficiar a todos: al cristinismo, aparte de la idea de sumar a un buen gestor, le entusiasma la posibilidad de llegar al 2023 con un buen candidato para el votante más conservador, y Massa necesita volver a levantar el perfil para mostrarse presidenciable. Esta es otra decisión que dependerá de las urnas.

Atrás de todo queda un desdibujado Alberto Fernández. Es verdad que su rol es ingrato: si el oficialismo pierde toda la culpa será de él, aunque si el oficialismo gana los laureles se dividirán entre todos los del Frente. Quizás sea esta molestia lo que lo viene llevando a algunas rabietas a duras penas contenidas contra sus otros socios del espacio: desconfía de Massa y de sus deseos de arribar al Gabinete, y está cansado de la intervención y de los tratos de Cristina. Hoy, en una jugada parecida a la que hizo antes de las PASO -cuando se debatían los candidatos y él pateó el tablero y anunció de prepo a los suyos en C5N-, contó en una entrevista con Luis Novaresio que no van a haber cambios de Gabinete. No era un anuncio -no depende sólo de él- sino un intento de marcarle la cancha al resto. Es que detrás de la avanzada contra Matías Kulfas, Martín Guzmán y Claudio Moroni, de Trabajo, lo que hay –y Alberto lo sabe- es un intento de reconfigurar la matriz del Gobierno: pasar de uno con ínfulas de socialdemocracia y de buen diálogo con el FMI a otro más batallador y sin miedo a palabras como el déficit fiscal o a las peleas con el periodismo.

Por todo esto, como en los minutos previos a una gran definición, hay miedo en el Gobierno al día después. Nadie sabe lo que vendrá.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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