Sunday 14 de July, 2024

POLíTICA | 13-01-2024 05:06

Federico Sturzenegger: cómo piensa el monje negro de Milei

Es el artífice del plan del Gobierno. Trastienda de la relación con Milei. Llanero solitario y un historial de peleas. ¿Puede prosperar su proyecto?

Una noche Federico Sturzenegger soñó que se moría. Específicamemente, soñó que moría sin ver campeón a Gimnasia de La Plata, club que nunca consiguió un título profesional. El economista, nacido en esa ciudad y tripero fanático, se levantó transpirado y no volvió a pegar un ojo en toda la noche. Era octubre del 2008.

Pasaron los días pero el sueño no se iba de su cabeza. El hombre estaba enfrascado y le daba vueltas al tema, intentando entender si había algún significado oculto o alguna moraleja escondida. Al principio pensó que era un coletazo indirecto de la gran campaña que venía haciendo Estudiantes, el clásico rival, que terminaría con el equipo de Juan Sebastían Verón levantando su cuarta Copa Libertadores al año entrante. Después se le vinieron los recuerdos del campeonato que San Lorenzo le arrebató sobre la hora a Gimnasia, en 1995, partido que él mismo vio y sufrió en la cancha en el bosque platense. El hecho de estar acercándose a los 50 años -en ese momento estaba por cumplir 43- y la posibilidad de un dilema interno por el paso del tiempo también cruzó su mente.

Pero una tarde llegó la revelación. No estaba soñando con Gimnasia. El equipo era apenas una representación simbólica de Argentina. Sturzenegger se convenció de que en verdad había soñado que moría sin ver a su país “saliendo campeón”, sin verlo creciendo y desarollado.

Federico Sturzenegger

Este es, al menos, el relato que al monje negro de Javier Milei le gusta contar. Es que transformar esta tierra es su eterna y gran obsesión, la que lo deja sin dormir por las noches, la que lo tuvo casi dos años trabajando a destajo para armar un megaproyecto que, DNU mediante y gambeteando al Congreso, ya es realidad.

El economista está convencido de que está encarnando una “revolución”, palabra que le encanta usar y que tiene tanto de positivo como de negativo. Es que la realidad, piensa, va a tener que ajustarse a sus ensoñaciones. Cueste lo que cueste.

La relación

El 26 de julio del 2017, Milei hizo su debut en el programa que luego lo conduciría a la fama, la mediática antesala de su éxito político. “Animales sueltos” arrancó aquel día a las 23.30 de la noche, bien puntual. Un minuto y 58 segundos después el libertario iba a decir sus primeras palabras en ese show. Iban dirigidas al protagonista de esta tapa.

“¿Quién trabaja mejor? ¿Prat Gay o Sturzenegger?”, le preguntó Alejandro Fantino, en referencia a la interna ya visible entre el entonces ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central, que pulseaban entre sí por el control de las variables económicas. La respuesta de Milei fue categórica. “Por escándalo, pero por escándalo, le saca cincuenta cuerpos, Sturzenegger. Le gana por escándalo, y si le llega a salir lo que está haciendo va a ser el mejor presidente del BCRA de la historia”, dijo.

Sturzenegger y Milei

Aquellos eran días en los que Milei atosigaba a Stuzenegger con mensajes incesantes a su celular. “COLOSO”, arrancaba cada uno de ellos, todo con mayúscula, como suele usar el libertario para los nombres propios en los chats. El entonces economista mediático le enviaba ideas, propuestas, fragmentos de notas en donde lo defendía, o simplemente quería sacarle charla. De hecho, por estos intercambios y algún encuentro que tuvieron, Milei contó alguna vez que fue “asesor ad honorem” de Stuzenegger durante su etapa en el Central, una idea difícil de contrastar con la realidad pero que hacía juego con un hecho que en aquel momento a él lo perturbaba profundamente: por sus apariciones constantes en la televisión, donde hasta hablaba de cómo practicaba sexo tántrico, ningún liberal “serio” lo tomaba en cuenta. Milei buscaba en figuras como Sturzenegger -o en Alberto Benegas Lynch- la validación que le costaba obtener, en especial en figuras distinguidas del mundo académico.

El destinatario de estos mensajes lo tomaba casi como una excentricidad, y contaba como algo risueño las charlas que tenía con el mediático de pelos largos. Pero desde entonces varias cosas cambiaron.

Milei ahora es Presidente. Sturzenegger -al menos para una importante porción de los argentinos- no quedó en la historia como el “mejor presidente del Central”, sino como una pieza central de otro gobierno que no estuvo a la altura de las expectativas. Y desde que dejó lo que hasta ahora es su último puesto oficial en un gobierno lo atravesó una obsesión, que venía empujada por el fantasma del fracaso de la Alianza, proyecto en el que también se embarcó: ¿por qué no tuvieron éxito esas administraciones? ¿En qué fallaron? ¿En qué falló él?

La obsesión

Al principio arrancó como un desafío personal, volver a visitar la historia e intentar entender dónde se había torcido. Luego se transformó en un proyecto: dedicarle, a pesar de la franca resistencia de su esposa, todos los sábados durante dos años a estudiar punto por punto a la legislación argentina. En ese lapso, a todos los que recibía Sturzenegger, de cualquier ámbito, que venían a plantearle un problema, él les contestaba lo mismo: “Traeme esto convertido en un proyecto de ley”. De cada diez que llegaban con una queja, quedaban uno o dos.

Federico Sturzenegger

La primera idea era armar un libro. Jorge Fontevecchia contó en el diario Perfil que el mismo se iba a llamar “Manifiesto Antiestablishment”. Pero luego, en un viaje de Patricia Bullrich a Estados Unidos, ya en campaña, los dos se cruzaron a hablar. Sturzenegger le contó de su trabajo y a la entonces presidenta del PRO le interesó. Desde entonces se reunieron una vez cada quince días, la mayoría por Zoom, pero a veces en la casa del economista.

Después de la derrota de Bullrich, el encuentro con Milei era natural. Acá hay que entender primero cómo funciona la cabeza de ambos. El Presidente está convencido de que es un elegido de Dios, y su manera de entender la realidad es teocrática, de convicción religiosa. Sturzenegger es muy distinto pero muy parecido a la vez: tiene una fe ciega, extrema, casi infantil dicen algunos, en la ciencia y en la disciplina económica. Es, igual que Milei, un dogmático, desapegado del mundo material, que cree con profunda convicción y honestidad que la realidad se va a ajustar a su teoría y a lo que le dicen los números.

Sobran los ejemplos: cuando aseguró, siendo presidente del BCRA, que el aumento de las tarifas no iba a impactar en la inflación (“cuando un precio sube implica que se puede gastar menos en los otros bienes y que el precio de estos bienes debería bajar”, dijo), cuando defendía la tesis de que la aparición del Metrobus en la Ciudad y los 16 minutos de viaje que harían ahorrar terminarían subiendo la productividad en un 7 por ciento, o cuando impulsó la ley de Déficit Cero en el 2001, que sostenía que el Estado no podía gastar un peso más de lo que recaudara, aún si eso suponía no pagar salarios o jubilaciones, normativa que terminó siendo declarada inconstitucional por la Corte Suprema. Son todas propuestas, verdades absolutas, que en los manuales cierran, pero no, al menos, en Argentina. Ahí uno más uno no siempre es dos y el diablo siempre termina metiendo la cola.

Esta manera de analizar a la realidad se complementa, en Sturzenegger, con la contracara del sueño que lo atormentó en el 2008: no quiere morir sin ver a Argentina creciendo, y piensa que es él mismo la mejor receta para esta enfermedad. Depende a quién se pregunte, pero los que han tratado al monje negro de Milei lo definen como megalómano, egocéntrico o alguna de sus variantes. El proyecto, que propone modificar de un plumazo la realidad argentina, parecería ser una confirmación de esa tesis.

de esa tesis.

Al Gobierno. El ambicioso proyecto del economista se cruzaba en otra línea con Milei. Como ya se ha contado en estas páginas, hasta la noche de las PASO nadie en La Libertad Avanza -salvo el que se cree elegido por Dios y su hermana Karina- pen- saba que tenían alguna chance de gobernar el país en tan sólo cuatro meses. El trabajo de Sturzenegger era un bálsamo ante esta angustiante realidad: antes de que Milei diera el discurso en el que anunció el DNU, no había un plan de gobierno ni uno económico, más allá del anuncio de Luis Caputo de subir el dólar oficial a $800. ¿Cómo estaría transcurriendo el primer mes de Gobierno sin la asistencia -mala o buena- del trabajo de Sturzenegger? ¿Qué tendrían para mostrar?

El proyecto, entonces, le dio al Presidente la plataforma desde la cual plasmar en la realidad su tan mentada tesis de que venía a transformar Argentina. Es no sólo un hecho económico, legislativo o judicial, sino antes que todo un hecho político. Y es acá dónde se abren las incógnitas.
La primera viene desde el pasado. Sturzenegger -secretario de política económica de De la Rúa, presidente del Banco Ciudad durante la gestión de Macri, diputado nacional y luego al frente del BCRA- mantuvo una coherencia en su larga trayectoria política: peleas constantes con sus pares, a tono con las chicanas con las que suele descalificar a quienes lo critican, como hizo en el diario Perfil cuando habló de la CGT y la relacionó a la última dictadura.
Sus choques durante el macrismo, en especial con Caputo -de quien tiene la peor de las opiniones-, podrían dar para un libro en sí mismo. ¿Cómo va a convivir ahora con personas a las que, en su mayoría, acaba de conocer? Ahí se suma otra pregunta: el proyecto se involucra en las más diversas áreas y, a pesar de que el hombre -por pedido presidencial- fue a defenderlo en los medios, no es quien pone la firma ni se haría cargo de eventuales problemas en la Justicia. Varios funcionarios transpiran cuando ven a Sturzenegger en las entrevistas, en las que a veces incluso ensaya nuevas propuestas al aire. ¿Quién va a ir al Congreso a presentarse ante diputados y senadores de la oposición? ¿Tienen los números para aprobarlo?

Esa falta de tacto político motivó la reacción judicial, que ya le dio el visto bueno a la CGT en su amparo en el fuero laboral. Los que conocen el paño judicial dicen que sólo alguien que analice la realidad a través de un texto podría haber buscado ayuda para hacer el proyecto con el estudio Marval, O'Farrell & Mairal. Ellos mantienen una tirria histórica con el camarista federal Carlos Grecco, uno de los jefes del fuero contencioso administrativo, donde se va a tramitar buena parte de las cautelares que se presenten contra el DNU.
Una duda que se suma a esta. ¿Quiénes fueron las cien personas que Sturzenegger dice que colaboraron en el proyecto? Una es Jorge Muratorio, del estudio recién mencionado. Otra es Eduardo Rodríguez Chirillo, ahora secretario de Energía. Con Rodolfo Barra, procurador del Tesoro, quien deberá representar al
Estado en los eventuales juicios, no queda tan claro: el Gobierno aseguró que él había participado, pero en las entrevistas que viene dando parece no conocer en profundidad el contenido.

Hay también otra línea de polémica, que, entre otros, sostuvieron dirigentes como Juan Grabois. Es la supuesta presencia de abogados que representan a grandes corporaciones, entre los que se menciona el estudio de Funes de Rioja. “Pretende descalificar un trabajo por sus autores y no por su contenido, lo cual demuestra una gran pobreza de argumentos. Yo soy abogado de grandes empresas. ¿Acaso eso me descalifica?”, sostiene Ricardo Ramírez Calvo, que fue una de los responsables del trabajo, y que mostró sus diferencias con Sturzenegger por el hecho de sacarlo por DNU.

De cualquier manera, es una historia que acaba de comenzar. Y Sturzenegger, está claro, quiere cumplir su sueño.

 

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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