En Argentina, hay cosas que no se perdonan. Adorni eligió meterse con una de las más grandes: ignorar a Maradona. Fue en agosto de 2024, cuando intentó celebrar el Día Internacional del Zurdo sin mencionar al más zurdo de todos los argentinos, y la cosa le salió como le tenía que salir.
Era el martes 13. El entonces vocero presidencial de Javier Milei desplegó su lista de homenajes desde la sala de prensa de Casa Rosada con la soltura de quien cree que tiene todo bajo control. Saludó a Lionel Messi, a Ángel Di María, a Emanuel Ginóbili, a Sergio "Maravilla" Martínez, a Guillermo Vilas. Luego, como si la lista hubiera estado completa desde siempre, pasó a los músicos: Gustavo Cerati, Charly García. "Grandes zurdos que en estos casos sí aportaron a la grandeza de la Argentina", dijo, sin notar el precipicio que acababa de abrir con esa palabra: en estos casos.
Los periodistas de la sala no tardaron en señalar la omisión. La respuesta de Adorni quedó grabada para la historia chica del kirchnerismo y del antikircherismo por igual: "Ah… Sí, era zurdo. Bueno, hasta aquí lo mío, señores". Una frase que, en cualquier otro país, habría pasado sin pena ni gloria. En la Argentina, fue casi una declaración de guerra.
La reacción fue inmediata y transversal. Héctor "El Negro" Enrique, Juan Sebastián Verón y Fernando Signorini —nombres que en este país no necesitan apellido para ser escuchados— respondieron con dureza. Pero quien le dio el golpe más certero fue Dalma Maradona, desde el streaming de Bondi: "¿Le contesto al Muppet o no? Capaz ni hace falta". Y luego, para cerrar el asunto con la elegancia filosa que le es propia: "No existís Muppet, mi papá sí".
Adorni intentó la maniobra clásica del funcionario en apuros: explicar, contextualizar, minimizar. Dijo que había sido una chicana sin micrófono con una periodista amiga. Que le faltaron "un montón más" de deportistas. Que la omisión había sido "una mala interpretación". Que "Maradona fue uno de los mejores jugadores del mundo" y que estaban "discutiendo una nada". Pero en Argentina, Maradona nunca es una nada. Es, precisamente, todo.














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