Domingo 27 de noviembre, 2022

POLíTICA | 11-06-2022 00:30

Trastienda de la salida de Kulfas: el mensaje, la resistencia y la visita a la Rosada

Alberto Fernández quiso evitar que el entonces ministro le conteste a Cristina Kirchner. Los que estaban en contra y la preocupación de la vicepresidenta.

Alberto Fernández le envió un mensaje apenas terminó el acto con Cristina Kirchner en Técnopolis. Era la primera vez que ellos hablaban en tres meses y el Presidente -en una línea que continúa hasta hoy- estaba más que preocupado en mantener la precaria tregua con su compañera de fórmula. Por eso el texto que le mandó a Matías Kulfas, hasta entonces su ministro de Producción. “Quedate tranquilo y no contestes”, le dijo. Pero no lo logró convencer. La salida del funcionario de este Gobierno ya estaba en marcha.

Fue un evento que tomó por sorpresa a todo el oficialismo. Pero, quizás, quien menos esperaba este desenlace era Pablo González. Quizás haya sido porque el titular de YPF llegó más que cansado al aniversario número 100 de la empresa argentina. Hay que entenderlo: literalmente tuvo que recorrer ida y vuelta el país sólo para ver si podía lograr el milagro de juntar y hacer hablar a dos que estuvieron 90 días sin dirigirse la palabra.

González, hace un mes, visitó a Fernández para pedirle que asista al evento. El Presidente le contestó que le parecía que era más un tema de CFK -fue en su presidencia que se estatizó la compañía- y que debería ser ella quien lo protagonice. Por eso González emprendió una aventura, y viajó hasta El Calafate sólo para ver sí podía convencer a la vicepresidenta. Ahí la situación se empezó a convertir en una tragicomedia, una postal repetida en este Gobierno. Cristina le dijo que no quería compartir escenario con el Presidente, idea que González le transmitió al apuntado cuando regresó de Santa Cruz.

Alberto, quizás preocupado por el vacío institucional que iba a tener ese emblemático acto, le dijo que entonces él iría a ocupar la silla. Pero el jueves 2, a última hora, un llamado sorprendió al titular de YPF. “Pablo, ¿qué va a hacer Alberto? ¿Va a ir? Bueno, entonces yo también voy”, decía, desde el otro lado del teléfono, CFK. González había logrado lo que nadie en tres meses, y eso que en el medio lo habían intentado popes del Gabinete como los ministros Jorge Ferraresi, Gabriel Katopodis y Juan Zabaleta, todos en oportunidades distintas. Pero el reencuentro, que en la previa ya se imaginaba picante, tuvo un desenlace aún más inesperado.

Luego de un corto mano a mano entre los dos, que duró poco más de cinco minutos antes de subir al escenario, Cristina habló ante el país y lanzó varios dardos. Hubo uno que tenía de destinatario a Kulfas: “Hay que sentarse con los empresarios, pero no como amigos sino pidiéndoles que devuelvan algo”.

Aunque los que hablaron con el Presidente apenas terminó el acto lo notaron más que conforme con cómo salió y con el hecho de volver a mostrase en público con la vicepresidenta, el hombre había advertido que la situación podía escalar. “Quédate tranquilo, no hagas nada”, le dijo Alberto, en un escueto mensaje de Whatsapp, a Kulfas. Pero el ministro no le hizo caso y se cavó su propia tumba.

La salida de Kulfas, un histórico de Alberto que tenía oficina en Callao cuando se fundó el ahora malogrado grupo con el nombre de esa calle, que era el único en tener un despacho propio en el búnker en San Telmo durante las elecciones, y que era el hombre que más representaba el pensamiento económico del mandatario, fue un tsunami dentro del Gobierno.

Kulfas dio una entrevista apenas terminó el acto de la polémica, y luego aprobó un mensaje enviado en off a la prensa, en el que se apuntaba a los funcionarios de Enarsa, la empresa pública del sector enérgetico que controla el kirchnerismo, por hacer una licitación “a medida de Techint”. Quizás en el enojo que impulsó a Kulfas a patear el tablero estuviera el hecho de que la licitación de la que se había quejado CFK había estado involucrada su propia tropa.

Pero el mensaje contenía groseros errores técnicos -un dato que llamó la atención hasta a la propia tropa de Kulfas, acostumbrada a trabajar bajo la rígida exigencia del otrora ministro- y, además, algo más grave: en ese off se denunciaba un contubernio entre el cristinismo y Rocca. “A Cristina le podés decir de todo, ¿pero acusarla de beneficiar a Rocca, con el que siempre se llevó pésimo? Es no conocerla”, explica un ladero vicepresidencial. Fue una provación que hizo estallar la precaria tregua, que en aquel momento todavía no llegaba a cumplir 24 horas, por los aires. “Y eso es lo peor, no podemos sostener ni un día las buenas noticias”, se lamentaba un funcionario nacional.

Los que estaban en Olivos en el arranque de ese sábado 4 juran que, en los primeros minutos, Alberto quería evitar echar a su ministro. En ese intento había varios -en el oficialismo apuntan a los sobrevivientes del Grupo Callao- presionando al Presidente en ese sentido, pero finalmente un envenado tuit de CFK quejándose del “dolor” que le provocaban los “ataques” de este tipo dinamitó todo por los aires. En la Quinta, sin embargo, aseguran que una certera intervención del todoterreno secretario general, Julio Vitobello, ya había logrado convencer a Alberto de que tenía que echar a Kulfas. El lunes 6 -a contramano del consejo que le dio ese mismo sábado Massa, que, una vez más, insistió ante el Presidente sobre la idea de hacer un megaministerio productivo con un hombre suyo a cargo-, el mandatario recibió en la Rosada a Kulfas, que fue con su hijo. Para ese entonces la Justicia, vía denuncias de la oposición, ya se había empezado a mover (ver recuadro). Luego el saliente ministro se despachó con una larga carta que le valió críticas hasta de los que lo defendían dentro del Gabinete. “Irte de un Gobierno insultando en público es de traidor”, se despachó un preocupado ministro.

De todo el episodio, los que conocen tanto a Alberto como a Cristina se quedaron con una impresión. “El debate, y por eso CFK dice lo de la lapicera, es por la manera en que cada uno entiende el poder”, dice un funcionario de primera línea. El hombre comparte un diagnóstico que varios de los que hablan con la vice también tienen. “Todo esto es porque ella está preocupada por lo finito de las reservas del Central, y porque si nos quedamos sin dólares terminamos mal”, dice. La adjudicación del armado de los caños le va a costar al fisco 500 millones de dólares (200 para hacer las chapas y 300 para transformarlas en caños). Este es el centro del planteo de la vicepresidenta: ella tiene miedo de que la situación económica se descontrole. A Guzmán hace rato le dejó de tener fe y piensa que Alberto no termina de entender lo grave de la situación. Que no entiende los resortes de la economía y que no entiende el poder.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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