POLíTICA | 09-07-2021 00:03

Mauricio Macri vs. Rodríguez Larreta: un duelo público y privado

La historia desconocida de una relación tensa. La cumbre en Los Abrojos y los reclamos del ex Presidente. La bronca de Patricia Bullrich y la pulseada 2023.

Mauricio Macri era el dueño indiscutido de la pelota cuando vio por primera vez a Horacio Rodríguez Larreta. No fue en el 2002, como dice la historia oficial, cuando el primero se acercó con su proyecto del Grupo Sophia al entonces presidente de Boca, sino casi quince años antes: ocurrió cuando el actual jefe de Gobierno, en aquel momento un postadolescente, se anotó con su equipo a los competitivos torneos de fútbol que armaba el hijo de Franco. Todos los que jugaban en la Quinta los Abrojos, en donde incluso se sumó a algún partido Diego Armando Maradona, sabían quién tenía la última palabra.

La última vez que ambos se vieron, casi como si fuera una ocurrencia del guionista de una película, fue exactamente en el mismo lugar. Pero no fue el avance de las canas en uno o de la caída de pelo del otro lo único que había cambiado para esa mañana del viernes 25: ahora nadie está demasiado seguro de quién manda dentro de la cancha de la oposición. Tienen tiempo hasta el cierre de listas, el 24 de julio, para definirlo. El segundo tiempo ya arrancó.

¿Et, tu? Larreta se subió a su auto y manejó solo hasta la quinta, en la localidad bonaerense de Malvinas Argentinas. No se lo había anticipado a nadie, ni siquiera a sus colaboradores más cercanos: era una reunión de alto voltaje y no quería tentar al destino. Macri también lo esperaba sin compañía, aunque un rato después de que su sucesor porteño se acomodó en Los Abrojos, Juliana Awada, siempre cordial, se acercó para el saludo de rigor. Después comenzó el mano a mano que empezaría a definir el armado de unas elecciones que sólo aparentan ser legislativas: en aquella mesa, aunque ni haga falta decirlo, se jugaba el 2023.

La relación entre ambos, antes de aquella mañana, venía de sufrir transformaciones impensadas en los últimos tiempos. Hay que entender que ellos dos se conocen tanto como cualquier humano puede conocer a otro: en el 2003 Larreta acompañó a Macri en la fórmula que perdería frente a Aníbal Ibarra en la Ciudad, y durante las dos jefaturas porteñas esa relación se convirtió literalmente en algo de todos los días. “Ocho años de convivencia”, dicen, con ironía, de ambos lados. Ese período, donde el PRO se iba consolidando como la primera fuerza de la oposición y en donde todos los jugadores (Vidal, Peña, Durán Barba, Monzó, Santilli, Ritondo, por solo nombrar a algunos) estaban dentro del mismo equipo, es recordado hoy por ese espacio como poco menos que un pasado idílico. Aunque hagan esfuerzo, ninguno de los que estuvieron entonces y hoy siguen ocupando lugares destacados en Juntos por el Cambio pueden recordar algún cruce duro entre Larreta y Macri en esa época. Tiene sentido: ahí también se sabía bien quién era el dueño de la pelota.

Con Macri en la presidencia, la relación empezaría a tener sus primeros cortocircuitos importantes, en especial en los últimos años de aquel gobierno. Los cruces por el manejo de la seguridad durante la fallida reforma laboral, a fines del 2017, fueron el primer choque frontal, pero luego del cataclismo de las PASO y el triunfo de Alberto Fernández esa tirantez llegó a un nuevo punto histórico: ocurrió en el preciso momento en que, secundado por Vidal, Larreta le exigió al entonces mandatario la cabeza de Marcos Peña. Que Macri le haya dicho en la cara que sí para arrepentirse horas después sólo agravó la situación.

Sin embargo, esos roces no tendrían comparación a los del 2020. Ninguno de los dos lo va a admitir jamás en público, pero fue, desde que se conocen, el año más difícil en aquella relación y tal vez, si no fuera por mediadores de ambos lados que siempre intentaron calmar las aguas, la historia hoy sería distinta. Macri se estaba readaptando al llano -o conociéndolo por primera vez-, y apenas podía contener su bronca cuando veía los amistosos encuentros entre Fernández y Larreta. Hubo uno que lo molestó en particular: fue en mayo, cuando Kicillof empezó a esbozar sus primeras críticas al jefe de Gobierno pero también, por elevación, al ex mandatario. Frente a eso el Presidente, que todavía mantenía la postura “amiguista”, citó a Larreta en Olivos y luego difundió una foto de ese encuentro, que se entendió como lo que era: una señal de apoyo entre ambas partes. Aunque esa parte no entró en su libro “Primer Tiempo”, dicen que la bronca que se agarró Macri podría haber quedado en la historia. La escena resume los elementos que lo disgustaban de Larreta: falta de cáracter como opositor y, en especial, la ausencia de una defensa a su histórico jefe.

No era el único molesto. Para el fin de aquel año, en la intimidad del Gobierno porteño festejaban que Macri “ya no se metía tanto” en los temas de la Ciudad: contaban que hasta entonces al ex presidente le gustaba opinar vía telefónica del tema que se le ocurriera, y que no era para nada fácil poder sacárselo de encima con elegancia. “Es que ahora está más al pedo que nunca”, se escuchaba por Uspallata. La tesis era que el fundador del PRO no dejaba que Larreta despliegue sus alas.

Todo esto tiene una explicación que es más humana que política. Aunque ellos dos jamás fueron amigos -ambos insisten que esa categoría está reservada para las personas a las que conocieron en su infancia-, aunque nunca compartieron cenas con sus respectivas esposas, aunque Larreta no era de los que iba a jugar, ya con Macri con poder, los picados de fútbol en Los Abrojos, durante casi veinte años trabajaron en una relación que, salvando las diferencias, se podría resumir como de jefe a subordinado. “Gabriela, yo con vos tengo una relación de amistad, que con Horacio no tengo, pero mi candidato es él”, le dijo Macri a Michetti en el 2015, con Larreta también en la mesa, cuando ella le contó sus ganas de jugar la interna por la sucesión de la Ciudad. Ahora, por primera vez, el vínculo mutó. “Y, la verdad que sí, es un poco raro”, admiten desde ambos lados. Pero, si antes era claro que ese nexo era vertical, ahora nadie está seguro de que forma geométrica va a tomar. “Todavía no son pares, Macri es el fundador del espacio y está por arriba de todos”, dicen cerca del ex mandatario, mientras que para el bando larretista alcanza con mostrar los resultados de la elección récord del 2019 o los números de cualquier encuesta que lo sitúan como el dirigente con mejor imagen del país.

En este sentido tienen los dos una profunda coincidencia: ambos se sienten, aunque se cuiden en las formas de comunicarlo, los líderes del espacio.

Laberinto. La elección asomándose a la vuelta de la esquina no contribuye a la paz en el espacio. Desde que Macri volvió fuerte a escena, con su libro en marzo, se desataron, desde ambos lados, una tanda de operaciones, pases de factura por lo bajo o, directamente, dardos en entrevistas, como fue el caso del ex mandatario en recientes notas con TN y Radio Rivadavia. Por eso el encuentro mano a mano con Larreta fue tan trascendental: era el momento, quizá la última oportunidad, de ordenar el tablero.

Desde ambos lados se resisten a contar la intimidad de la reunión. Tanto Larreta como Macri dicen desconocer quién fue el que la filtró, y cargan las tintas contra el periodismo, por notas en casi todos los medios donde se contaba que fue un encuentro picante. Entre ellos acordaron, apenas, difundir algunos puntos pero como ideas generales: insistir en la importancia de la unidad, y en que, en la medida de lo posible, el camino era evitar las PASO. Hay algunas señales que se podrían intepretar: sigue siendo Macri, como desde la época de los torneos de fútbol, el anfitrión -lenguaje de señas que en la política importa, aunque cerca de Larreta dirán que él es un pragmático de pura cepa y que no se fija en esos detalles-, pero también es él a quien ahora le toca hacer pedidos y no exigencias. Uno de ellos, en el que sí se plantó, es que su secretario privado, Darío Nieto, investigado por la Justicia por el caso del espionaje PRO, sea candidato a legislador porteño. Eso está acordado, y también es más que probable que sus otros dos encargos -Hernán Lombardi como diputado por Buenos Aires y Fernando Iglesias por Capital- se cumplan.

Sin embargo, lo más importante que sucedió aquel viernes 25 fue lo que Macri le adelantó a Larreta que iba a hacer. Se refería a una carta abierta que el fundador del PRO venía meditando y la cual, luego de trabajarla junto a su mano derecha Fernando de Andreis, publicó en la noche del lunes 28. Aunque no salió como originalmente la había pensado -en su génesis iba a tener nombres y apellidos del estilo Vidal, Larreta o Bullrich, como para que nadie se confunda- el efecto fue el mismo: un bombazo atómico. “No peleo lugares ni me meto en discusiones internas”, decía la misiva, que impactó tanto en Juntos por el Cambio como hacen las cartas de CFK en el oficialismo. No necesita demasiada traducción: en esta interna no me voy a meter, que la suerte acompañe a quienes esperaban que los impulse al primer lugar de las listas y si me necesitan estoy en Europa.

Fue un baldazo de agua fría para Jorge Macri, que ya viene de sufrir el “robo” de parte del larretismo de los otros intendentes bonaerenses que hasta entonces le respondían (“ellos van a tener que explicarle a la gente por qué hasta hace cinco minutos decían que el candidato tenía que ser de provincia y ahora van con Santilli que hizo toda su carrera en Capital”, dicen cerca suyo), y para Patricia Bullrich. Cerca de la ex ministra las versiones se dividen. Algunos dicen que, después de la carta-bomba de Macri, ella tiró la toalla y se decidió a no competir, y otros que ese texto, más el viaje a Europa en pleno cierre de listas, fue casi un regalo del cielo para ella: le dio, finalmente, la excusa que estaba necesitando para poder empezar a romper el cordón umbilical con Macri y arrancar, definitivamente, un camino propio u otro bajo el ala de Larreta. Por ahora el primo Jorge y ella quedaron semi huérfanos, aunque el intendente de Vicente López se reunió el lunes 28 y el jueves 1 con Larreta -dos encuentros de más de una hora- y Bullrich se propone hacer lo mismo. El alcalde porteño se subió a la ambulancia. 

Sin embargo, la que brilla por su ausencia es la ex gobernadora. Aunque ya decidió que a Provincia no va a volver -una jugada que incluso a sus aliados les cuesta explicar usando sólo la lógica política-, Vidal todavía no se terminó de definir. En los últimos días de junio le avisó a Larreta que antes del domingo 11 de julio -tres días antes del cierre de las alianzas y 13 antes que el cierre de las listas- le iba a dar su respuesta final. Ella logró un sentimiento unánime dentro del espacio: tanto a halcones como palomas se les está agotando la paciencia por sus rodeos. Desde Uspallata confían en que finalmente se presentará, pero tampoco están demasiado seguros.

Vidal tendrá el lunes 5 su última clase en el instituto Hanna Arendt, en donde da un curso junto a Elisa Carrió, con la que afianzó su relación. Lo de “Lilita” es también toda una novedad en el espacio: a fuerza de cuatro viajes, en lo que va del año, hasta Exaltación de la Cruz, la alejada localidad bonaerense donde vive la líder de la Coalición Cívica, Larreta la acercó a su redil. “Es que en la interna el pelado está trabajando a lo pelado: le dedica horas y horas a escuchar, atender y tratar de contentar a todos”, dicen cerca suyo. Ahora Carrió, en una transformación que si el Papa Francisco la estudia podría catalogarla de milagrosa, se muestra como una de las moderadas del espacio y le tira dardos al ala dura. Quién te ha visto y quién te ve, aunque ni a Macri ni al jefe de Gobierno les hizo ninguna gracia cuando aseguró que no quería una “guerra fraticida”. Ese tipo de imagenes, como se charló aquel viernes en Los Abrojos, es precisamente lo que ambos quieren evitar. “La idea de una batalla o la idea de un parricidio son inventos del periodismo”, dicen tanto Macri como Larreta, aunque no entrarían en estas páginas todos los dirigentes de la oposición que se refirieron a la interna en términos similares. “Parecen de una telenovela”, dijo, sin ir más lejos, el empoderado gobernador de Jujuy, Gerardo Morales.

Final abierto. Hasta el 24 de julio puede pasar de todo. Los días previos al cierre de una lista son los más vertiginosos en la vida de cualquier político, y son momentos en los que puede haber desde carpetazos a cielo abierto hasta bravuconadas públicas con el único fin de subirse el precio para situarse mejor en la boleta. Hay, incluso, miembros importantes de la oposición que juegan con la idea de que cuando Macri vuelva al país a mitad del mes -si es que logra no quedar varado- se va a presentar de sorpresa como candidato en la Ciudad. Teorías conspirativas probablemente, aunque a Pichetto, el único que le sigue insistiendo que su apellido tiene que estar en el cuarto oscuro, seguramente le agradaría.

A pesar del trabajo de Larreta o los pedidos -al menos públicos- de Macri, lo más probable es que haya PASO. Sobre todo en Buenos Aires: ahí están lanzados Facundo Manes y Gustavo Posse dentro del radicalismo, están Jorge Macri y Santilli (el primero dice que sólo se bajaría si el otro lo hace, mientras que “el Colo” ya sueña con los ojos abiertos sobre su candidatura a gobernador en el 2023), y quizá Carrió, aunque ella jura que no iría a una interna. Muchas manos en un plato hacen mucho garabato, aunque también se puede ver el vaso medio lleno: a la oposición le sobran nombres presidenciables, y el oficialismo, al menos según las encuestas, parecería estar empezando a perder puntos en la Provincia. Incluso perder por poco en Buenos Aires, luego de perder por 14 puntos en el 2019, sería una tremenda victoria.

Claro que para el 24 de julio falta más que una vida. Y sobre todo falta definir abajo de qué suela queda la pelota.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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