Hubo un tiempo en que lo coreano era una curiosidad de nicho, un consumo de fans que intercambiaban subtítulos caseros. Ese tiempo terminó. Hoy Corea del Sur es, después de Estados Unidos, el país que más horas de entretenimiento le aporta a la plataforma más grande del planeta, y lo hace sin depender de un único fenómeno, sino con una cadena de montaje que entrega éxitos con regularidad industrial.
El punto de quiebre tiene nombre y apellido: “El juego del calamar”. Pero leer el presente coreano solo a través de aquel estallido de 2021 sería un error de diagnóstico. Lo que vino después fue más interesante que el hit en sí: la demostración de que no se trataba de un rayo en cielo sereno, sino de un sistema capaz de repetir la hazaña en el thriller, la comedia romántica, el terror de época o el drama escolar. Ya en 2022, según la propia Netflix, más del 60% de sus usuarios había visto al menos un título coreano. Y en 2026 la animación “KPop Demon Hunters”, que ni siquiera es una producción surcoreana sino un producto que vive de su imaginario, encadenó 57 semanas seguidas en el top ten de películas en inglés. Lo coreano dejó de ser un origen para convertirse en una estética que vende sola.

Los números no admiten discusión. Según un relevamiento de Omdia y Digital i presentado en junio en Busan, las producciones surcoreanas sumaron 12.100 millones de horas de visionado en Netflix entre abril de 2025 y marzo de 2026. Es un 44% más que el contenido japonés y casi el doble que el británico. Solo Estados Unidos, con 59.600 millones de horas, juega en otra liga. La consultora Ampere Analysis lo traduce en porcentaje: desde 2023 la producción coreana representa, de manera estable, entre el 8 y el 9% de todo lo que se mira en Netflix, y ocupa 85 de los 500 títulos no estadounidenses más populares del servicio, es decir, uno de cada seis. En el primer semestre de 2026, cuando los suscriptores batieron el récord de 97.000 millones de horas, más de un tercio correspondió a títulos de habla no inglesa, y dentro de ese universo Corea fue, otra vez, la porción más grande.
Año en cifras
El 2026 lo confirma título por título. El gran fenómeno fue “Teach You a Lesson”, con Kim Moo-yeol como inspector de una oficina ficticia que defiende a docentes en escuelas desbordadas. Debutó número uno, sostuvo ese lugar cuatro semanas seguidas, entró al top ten de 91 países y en ocho semanas acumuló 60,2 millones de visualizaciones, lo que la ubicó en el décimo puesto del ranking histórico de series de habla no inglesa de Netflix. Las otras tres coreanas que habitan esa lista son las temporadas de “El juego del calamar”.

Detrás aparecen nombres que explican la amplitud del menú. La comedia romántica “Can This Love Be Translated?” reunió 29 millones de visualizaciones en el semestre; el thriller “The Art of Sarah”, 26 millones; “Bloodhounds 2”, 24 millones; y “My Royal Nemesis”, una villana de la dinastía Joseon reencarnada en una actriz de segunda línea, sumó 16 millones y se convirtió en meme. En julio, la acción de “Agent Kim Reactivated”, con So Ji-sub, encadenó tres semanas en la cima del ranking global no anglosajón, y el terror palaciego de “The East Palace”, con Nam Joo-hyuk, trepó al segundo puesto con presencia en 69 países, entre ellos Brasil, Colombia y Perú. Hubo una semana de ese mes en la que cinco de las diez series de habla no inglesa más vistas del mundo eran coreanas.
En septiembre llegó “The Scandal”, relectura de “Las amistades peligrosas” con Son Ye-jin y Ji Chang-wook: fue número uno en Corea desde el primer día y tercera a nivel global en su segunda semana, aunque la crítica local la castigó con dureza. Octubre arrancó con el drama médico “Doctor X”, el romance de espías de época “100 Days of Deception” y la comedia “Take Charge of My Heart”, mientras se espera para fin de mes el terror de “Dead-End Job” y, en diciembre, “Tantara”, con Song Hye-kyo y Gong Yoo.

La ola no es monopolio de una plataforma. Disney+ apostó fuerte con “Gold Land”, thriller con Park Bo-young; “Made in Korea 2”, con Hyun Bin; el romance monárquico “Perfect Crown”, con IU y Byeon Woo-seok, y prepara para el 4 de noviembre “The Remarried Empress”. Prime Video, que durante años relegó lo coreano a una góndola aparte, estrenó en simultáneo en más de 240 países la comedia laboral “See You at Work Tomorrow!” y sumó “A Love Other Than Yours”. La disputa por el catálogo coreano ya es una guerra de streamers, que también se libra puertas adentro: en agosto, Netflix sumaba en Corea unos 16,2 millones de usuarios activos mensuales, contra 10 millones de la local Coupang Play y 8,1 millones de Tving.
Estado detrás
Nada de esto es casualidad. Corea entiende la cultura como industria de exportación y la financia como tal. El Ministerio de Cultura maneja en 2026 un presupuesto de 7,85 billones de wones, unos 5.200 millones de dólares, cerca del 1% del gasto público total, y dentro de esa cifra la partida específica para la industria de contenidos asciende a 1,62 billones de wones. A eso se suma un nuevo fondo mixto de 150.000 millones de wones para financiar proyectos de gran escala y un régimen de créditos fiscales del que el cine y la televisión gozan desde 2017. Del lado privado, Netflix comprometió en 2023 una inversión de 2.500 millones de dólares en cuatro años.

La estrategia mira de manera explícita hacia nuestra región. La agencia estatal KOCCA, brazo ejecutor de esa política, planificó abrir oficinas comerciales en Brasil y España para llevar a 30 sus bases en el exterior, y sus propios informes registran que casi uno de cada cinco internautas brasileños se declara interesado en los dramas coreanos. No es un dato menor para quien mire desde Buenos Aires: América latina dejó de ser un mercado de rebote para convertirse en un objetivo de planificación.
El retorno se mide en divisas. Las exportaciones de contenidos alcanzaron un récord de 14.900 millones de dólares en 2025, y la industria facturó en 2024 unos 161 billones de wones, alrededor de 112.000 millones de dólares. Según el instituto estatal KDI, el valor agregado del sector equivale a entre el 2,6 y el 3,7% del PBI, una porción que el propio organismo considera con margen para crecer frente al 5% de las economías más avanzadas. La meta oficial es ambiciosa: un mercado de “K-cultura” de 400 billones de wones para 2030.
La letra chica
Conviene, sin embargo, no confundir hegemonía con salud. Hay tres alertas. La primera: alrededor del 60% de las exportaciones de contenido son videojuegos, mientras que el rubro televisión y video aportó 1.260 millones de dólares en 2024. La ficción es la vidriera, no la caja. La segunda: la dependencia de las plataformas. La mayor parte de lo coreano que se vio en Netflix en el primer semestre fueron títulos licenciados por cadenas locales, no originales de la plataforma, y aun así la industria crece en volumen mientras pierde rentabilidad. El que pone el talento no siempre es el que se queda con la renta, y esa ecuación tarde o temprano pasa factura. La tercera, más sutil, es la fatiga en casa: la preferencia de los usuarios coreanos de Netflix por la producción propia cayó al 58,6% en el tercer trimestre, diez puntos menos que en el anterior, al tiempo que las cadenas tradicionales producen cada vez menos.

Aun así, el modelo tiene una virtud que pocas industrias consiguen: saltar del romance de oficina al terror de época y del thriller psicológico a la comedia de acción sin perder el sello. Corea no exporta un género; exporta una manera de producir, veloz, con guiones de precisión de relojería, estrellas entrenadas como atletas y una fe inquebrantable en el melodrama como motor. A Hollywood le llevó un siglo construir algo así. Seúl lo hizo en un par de décadas, con un Estado que puso plata y, sobre todo, supo correrse del medio. Esa, más que cualquier ranking, es la lección.
por M.S.















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