Opinión / 4 de abril de 2012

Gobierno desafinado

Boudou. La investigación judicial contra el vicepresidente es uno de los frentes de tormenta de Cristina, que bajó en las encuestas.

Ilustración: Pablo Temes.

Cristina dice sentirse “un poco como Napoleón”. Por fortuna, al hacer esta confesión un tanto sorprendente (parecería que en todas partes los manicomios cuentan con por lo menos un paciente que se cree Napoleón), la Presidenta no aludía a sus eventuales aspiraciones bélicas sino a las reformas del Código Civil que tenía en mente. Así y todo, lo mismo que el gran corso, Cristina se las ha arreglado para enemistarse con una proporción nada desdeñable del género humano. Además de sus contrincantes locales, tiene que preocuparse por las maniobras perversas de la sinarquía internacional. Hace una semana, los Estados Unidos, La Unión Europea, Japón, México, Colombia, Chile, China y muchos otros miembros de la Organización Mundial de Comercio agregaron sus firmas a una misiva insólitamente agresiva en que, en efecto, acusaron al gobierno kirchnerista de emplear métodos intimidatorios, para no decir mafiosos –aquellos “llamados telefónicos”– para frenar las importaciones, pisoteando de tal modo las reglas supuestamente consensuadas. Días antes, el presidente norteamericano, el progresista Barack Obama, había rubricado otra misiva igualmente hiriente en que lamentaba la “mala fe” que a su entender es característica de sus imprevisibles interlocutores argentinos.
El responsable del desaguisado fenomenal que se ha producido en el frente diplomático y comercial no es Guillermo Moreno. Tampoco es el canciller Héctor Timerman que respondió en su estilo particular a los ataques verbales de la llamada comunidad internacional. Es Cristina. Como decía, citando un viejo refrán, Juan Domingo Perón: la culpa no es del chancho sino del que le da de comer. Pues bien: cuando del poder de los distintos funcionarios se trata, quien lo reparte es la Presidenta, dueña absoluta del gran restaurante nacional, y por motivos nunca aclarados insiste en colmar de comida el plato del ferretero Moreno mientras que otros comensales tienen que conformarse con mendrugos. ¿Y los muchachos y muchachas de La Cámpora? Por ahora, hacen rancho aparte, pero no les falta comida; ya han devorado Aerolíneas y salivan cuando piensan en lo sabrosa que les resultaría la petrolera YPF.

El grito de guerra tanto de los “cuadros” jóvenes que se imaginan destinados a llevar el evangelio kirchnerista a los últimos confines de la Tierra como de la Presidenta –y, a su modo, de las huestes napoleónicas– es: vamos por todo. Desgraciadamente para ellos, “todo” no parece dispuesto a rendirse así no más. Por el contrario, la lucha de Cristina por someter el mundo a su propia voluntad para que quepa en su “relato” ya está provocando una reacción planetaria que, siempre y cuando no estalle una guerra que sirva para poner las cosas en su lugar, no tardará en adquirir dimensiones incontenibles. Como hemos visto, en el seno de la OMC la mayoría de los países se ha alzado en rebelión contra el kirchnerismo por su negativa principista a respetar los compromisos que le corresponde como integrante del G-20. Asimismo, en el plano interno los vientos de fronda están soplando con fuerza creciente.
A Cristina no le gusta para nada la idea de “ajustar a los argentinos”, fobia esta que compartía Néstor, pero mal que le pese la plata está agotándose, en muchas provincias están por regresar las “cuasimonedas”, y la inflación, la que acaba de recibir un estímulo vigoroso al opinar la Presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, que “es totalmente falso decir que la emisión” la genera, está al acecho, de suerte que el Gobierno tendrá que optar entre un ajuste administrado, de “sintonía fina”, por un lado y, por el otro, uno caótico aplicado por los mercados con la brutalidad arbitraria que les es típica. Parecería que Cristina prefiere esta segunda alternativa, que ha elegido mantener bien cruzados los dedos y rezar para que, una vez más, los vaticinios sombríos de los agoreros no se cumplan. Mientras tanto, seguirá confiando en el genio de Moreno; según parece, el gerente máximo de la economía nacional es flojo a la hora de teorizar pero, a diferencia de quienes saben hacerlo con desenvoltura, sí es capaz de tomar medidas contundentes que, a juicio de sus admiradores, sirven para asegurar a la ciudadanía de que todo está bajo control.
Es una ilusión, claro está. Desde hace algunos meses, está difundiéndose la sensación de que en verdad nadie en el Gobierno controla nada, que a Cristina no le interesa demasiado la gestión y que por depender anímicamente de ella casi todos sus colaboradores, ellos tampoco quieren arriesgarse, de ahí el papel central que desempeña el hiperactivo Moreno, un personaje que, como Aldo Rico, da por descontado que la duda es la jactancia de los intelectuales. (Borges decía que es uno de los nombres de la inteligencia, pero dejaremos este asunto engorroso en manos de los especialistas). Sea como fuere, se oyen con cada vez más frecuencia palabras como “improvisación”, “impericia” e “ineptitud” para describir el accionar de un gobierno de aficionados que no parecen tener la más mínima idea de lo que le corresponde hacer para mantener a flote el “proyecto”, “modelo” o lo que fuera capitaneado por Cristina.

Demás está decir que se trata de algo más que un mero “problema de comunicación”, pero los intentos estrafalarios de los propagandistas por convencernos de que, las apariencias no obstante, todo anda maravillosamente bien han contribuido mucho a enrarecer todavía más el clima que ya cubre el país. No se han olvidado las declaraciones cruelmente insensibles que formularon la Presidenta, ministros y secretarios cuando murieron más de medio centenar de personas y fueran aplastadas 700 más en la estación de Once. Asimismo, sería un error subestimar el impacto de episodios a un tiempo absurdos y siniestros como el del riesgo presuntamente mortal planteado por la tinta que amenaza a quienes lamen los libros: un vocero de la industria gráfica nos advirtió contra dicha práctica señalando que “si uno pone el dedito en la lengua para cambiar de hoja puede ser peligroso”.
Fueron tan ridículas las medidas para protegernos de la tinta asesina que incluso los intelectuales orgánicos K se sintieron constreñidos a manifestar su desaprobación: entendían que, de haberse mantenido la virtual prohibición de comprar libros en tiendas on-line foráneas que según parece fue propuesta por Moreno, el paso próximo habría consistido en confiscar los llevados por turistas, ya que podrían venderlos a argentinos, de tal modo atentando contra su salud. Si bien el Gobierno volvió a sus cabales y anunció que por lo menos la importación hormiga podría continuar, el caso de los libros venenosos fue suficiente como para hacer sospechar a muchos que algo muy extraño está sucediendo en un gobierno unipersonal que se ha alejado de la realidad cotidiana, aislándose en una burbuja que fue inflada por aquel inolvidable 54 por ciento de los votos.
De tomarse en serio al jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, los funcionarios no dan conferencias de prensa porque están demasiado ocupados trabajando. ¿Es así? Claro que no. Para Cristina, gobernar es hablar, razón por la que nos ha privilegiado pronunciando una cantidad asombrosa de discursos. Tal manía no importaría si la Presidenta hubiera decidido limitarse a un rol mayormente protocolar, de vez en cuando dando órdenes estratégicas pero delegando poder a personas elegidas por su capacidad y experiencia, pero ocurre que es aún más reacia que su marido fallecido a permitir que otros obren en su nombre y está más que dispuesta a castigar, aunque solo fuera con una de sus célebres miradas amonestadoras dignas de Medusa, a cualquiera que lo olvide. Exageran o no, quienes afirman estar al tanto de las vicisitudes de los subordinados de la Presidenta, dicen que los tiene debidamente atemorizados.

Entre los más preocupados hoy en día está el vicepresidente Amado Boudou. Le ha tocado un destino aun peor que el de Daniel Scioli, el ninguneado, e incluso Julio Cobos, el traidor. Parecería que Cristina ya no lo ama, que, antes bien, lo desprecia y espera que, como un buen súbdito romano, llegue pronto a la conclusión de que no le queda más alternativa que la de inmolarse, ahorrándoles a los demás la necesidad de ayudarlo. Puede que sea natural que compañeros como Florencio Randazzo y Aníbal Fernández no soñaran con “poner las manos en el fuego por nadie” –¿ni siquiera por Cristina?– pero habrán comprendido muy bien que su forma de subrayarlo no contribuyó el absoluto a aliviar las penas del vice atribulado. Aunque se zafe del turbio “caso Ciccone”, hasta nuevo aviso Boudou tendrá que resignarse a la vida de un intruso no querido, blanco de las burlas feroces de quienes nunca lo perdonan por haberse congraciado con Cristina justo en el momento indicado para saltar por encima de sus rivales al primer lugar en la línea de sucesión al trono. Mientras tanto, tendrá que hacer la plancha, a lo Scioli, esforzándose por permanecer en el lugar que ocupa hasta que el tiempo se encargue de cubrir su desgracia con el consabido manto de olvido o, lo que es al menos posible, estalle una crisis lo bastante grande como para cambiar drásticamente la situación en la que se encuentra.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.