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Cultura / 15 de agosto de 2018

Museo de Arte Moderno: ampliación y muestra de lujo

Nuevas salas y espacios para un museo en crecimiento y una muestra en conjunto con el Museum für Moderne Kunst de Frankfurt, con joyas de Francis Bacon, Lucio Fontana y Kenneth Kemble, entre muchos otros.

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La inauguración del ampliado Museo de Arte Moderno de Buenos Aires fue festiva y multitudinaria; asistieron 5.500 personas. Lejos de los flashes, el pasado 3 de agosto multitudes recorrían la lograda muestra: “Historia de dos mundos: Arte experimental latinoamericano en diálogo con la colección MMK, 1944-1989”.

De “museo fantasma” a estas magníficas instalaciones, con grandes espacios y buena circulación, para una institución nacida sin edificio propio -tuvo sedes provisorias- en 1956 y creada por Rafael Squirru por “pura prepotencia de trabajo”, en palabras de Roberto Arlt. “El museo soy yo”, solía decir Squirru, su primer director.

El museo obtuvo su sede permanente en San Telmo en 1989, donde funcionó la tabacalera Nobleza Piccardo. Tras sucesivas reformas -y tal como se lo ve hoy-, el Moderno integra dos edificios: el de Museo ubicado sobre Av. San Juan 350 y el contiguo, que perteneció al Museo del Cine; la fachada fue terminada en una reforma previa. Depende del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad, que financió la obra junto a un proyecto de Mecenazgo del Régimen de Promoción Cultural; fue posible también gracias a Fundación Kulturstiftung des Bundes (Alemania), Fundación Banco Ciudad, Banco Supervielle, Asociación Amigos.

Arte y arquitectura. “Historia de dos mundos…” es un proyecto conjunto del Moderno y el Museum für Moderne Kunst Frankfurt (MMK), curado por la directora Victoria Noorthoorn y Javier Villa del Moderno y Klaus Görner del MMK, donde primero se vio en versión conceptual similar. La exhibición apunta al diálogo entre “dos poderosas corrientes artísticas, la del arte europeo-norteamericano y la del latinoamericano, que a lo largo del tiempo a veces han fluido paralelas, otras se han juntado o cruzado”.

El buen montaje de las obras y la guía impresa ofrecida por el Museo hacen del recorrido una regocijante experiencia estética e intelectual. A no asustarse por los números de esta muestra inaugural (500 obras de más de 100 artistas) y por la superficie total del Museo (nueve salas, 11.000 m2), con espectacular nueva escalera de siete tramos en hierro, mármol y espejos.

Una manera de acercarse a esta serie de conversaciones es seguir los propios deseos, mirar las obras que piden los ojos. Quizá capturen su atención la tela amarilla del norteamericano Blinky Palermo vibrando cerca de la estrujada del mismo tono del brasileño Helio Oiticia; el delirante paisaje urbano de las heliografías de León Ferrari (además, con sala propia: La violenta cultura occidental), subrayando la neurosis de la ciudad moderna, va de la mano con las imposibles autopistas de Thomas Bayrle (Cartografías urbanas); el logo de la gaseosa más famosa transformado en la palabra “Colombia” de Antonio Caro -ejemplo de cómo el Pop se hizo crítico en el Sur de continente- contrasta con la celebración de la sociedad de consumo de Andy Warhol; aquí sus cajas de jabón en polvo Brillo y cereales Kellogs son vecinas del gesto neo-Dadaista del norteamericano Jaspers Jones.

Está estructurada alrededor de 16 núcleos que abordan temas vinculados al espacio doméstico como espejo de la sociedad, alquimia y colonización, la participación y exploración de la subjetividad, chamanes de la materia, alfabetos políticos, alfabetos poéticos, la experiencia del tiempo. La maravillosa primera sala (Mundos distantes: Las utopías latinoamericanas en la posguerra europea) exhibe distintas variantes de abstracción geométrica como las piezas de Willys de Castro, y otros.

Obras de Francis Bacon y de Luis F. Noé (Estrategias de destrucción en Europa y América Latina) dan cuenta de la deformación de la figura humana. Imperdible el sector del lúcido Fontana (Un puente entre dos mundos: Lucio Fontana abre el campo de debate entre América Latina y Europa). Son sorprendentes las piezas de Alighiero Boetti y Alejandro Puente (Bordados cosmológicos y arquitecturas mentales). La potente y “Gran pintura negra” de Kenneth Kemble se ve de maravillas junto a la espectacular obra, también en blanco y negro, de Gerhard Richter (Examinar la pincelada: Cuando el expresionismo se vuelve conceptual).

Las fotos de “El siluetazo” (21/22 de septiembre 1983) de Eduardo Gil, que documentan la acción realizada a instancias de los artistas Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel y militantes de derechos humanos, conversan con la instalación performativa -con huevos dispersos en el piso- de Ana María Maiolino, los grabados de la “Serie de la tortura uruguaya” de Luis Camnitzer, atormentadas esculturas de Alberto Heredia, la escultura (una celda) de Walter de María, y más, (El cuerpo social: La exploración de límites en tiempos turbulentos).

Hasta el 14 de octubre, con impresionante publicación de 500 páginas profusamente ilustrada a la venta en la nueva y esperada Tienda-Café.