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Opinión / 21 de noviembre de 2018

Todos contra Mirtha Legrand

Con una caída en el rating, el programa no encuentra su rumbo. El ensañamiento con la diva que abrió el camino femenino en TV.

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En familia. A Mirtha no le fue bien con Juanita. PH le saca ventaja en rating.

La reina Sofía está en crisis con su nuera. La reina Beatriz abdicó a favor de una reina argentina. La reina Isabel está resignada a ceder protagonismo a las consortes de sus nietos. ¿Por qué se salvaría de los cambios de los tiempos la reina Mirtha Legrand, archiduquesa de Villa Cañás? Sus majestades están entendiendo, además, que la sucesión se juega más por el carisma que por la sangre. Quizás por eso ni siquiera la presencia de la princesa Juana mejoró la marca de 5.5 de rating frente a 13.5 de la copia plebeya.

El periodismo local está desconcertado y no pasa un lunes sin que vuelva a preguntarse qué le pasa a un programa que lideró su franja durante cincuenta años y a una señora que lo conduce desde la época en que ni siquiera habían nacido las que hoy reclaman cuota femenina de pantalla. Critica que el formato no se ajusta a los tiempos aunque siguen midiendo los televisores encendidos en lugar de las redes y YouTube. Un periodismo que evalúa el desempeño televisivo con parámetros del siglo pasado le pide a una mujer, que nació cuando no había televisión, que se actualice.

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Pasa también que el programa que supo distender las horas más oscuras del país, de pronto se puso serio. Justo para un público de fin de semana que, como señala Candela Martín, de Radio Nacional, quiere algo más liviano y entretenido y quizás encuentra esa fórmula en el programa que lidera la noche sabatina, “Podemos hablar”. Maxi Legnani, de Canal 9, coincide en que el formato del programa de Andy Kustnezoff es más ágil, joven, fresco, con un clima menos hostil desde lo político.

La culpa no sería de Mirtha, entonces, sino de esos a los que da de comer. Moskita muerta, periodista de Radio Ciudad, destaca que le va mejor en el almuerzo de los domingos, con mesas de color, famosos y temas diversos. No es menor, dice, el hecho de que “la política está por el piso. Llegó el fin de los programas con políticos sin debate. Para colmo, el de Mirtha casi nunca tiene matices: sus invitados piensan todos igual y los opositores no le van”. Quizás esa sea la razón por la que el programa de Luis Novaresio, descontracturado como el de Andy pero con tertulias políticas como el de Mirtha, convoca menos audiencia que la peor marca de ella. Pero a nadie se le ocurriría ir pedirle que devuelva el Martín Fierro por eso.

Cada semana, los títulos que la prensa le dedica al programa son “la pregunta incómoda de Mirtha a fulano”, “Mirtha ofendida por la actitud de tal invitado”, “Mirtha crítica con el Gobierno de Macri” observa Candela Martín, que concluye que “todo gira alrededor de ella”. Y así es como el nombre propio se lleva los méritos pero carga también con toda la responsabilidad del supuesto fracaso. No importa que la señora lleve años invitando a almorzar y otros apenas empiecen a hacer más o menos lo mismo en todos los horarios. No importa que los invitados de los otros se hayan sentado, no una sino varias veces, antes en la mesaza. La Argentina es impiadosa con los segundos. Si no, pregúntenle a Daniel Scioli que estuvo a un dígito de ser presidente y tres años después no consigue el porcentaje que tuvo de diferencia en intención de voto.

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La crítica arreció después del episodio de Natacha Jaitt, que hubiera quedado como un desborde más del personaje si no fuera porque el periodismo se ocupó de agitar la indignación por la acusación tanto como obvió la investigación del delito. Los mismos que para temas menores proclaman que no hay que matar al mensajero, destrozaron a la anfitriona madre y siguieron haciéndolo cuando la invitada reconoció su desborde y su productor (y nieto) admitió públicamente que fue su idea y responsabilidad. Cuestión que el escándalo fue el programa y no el abuso sexual a chicos de un club de fútbol denunciado de corrupción por muchos lados.

Como toda mujer pública, carga con exigencias desmesuradas. La cima no redime, antes bien castiga. A la víctima se le prodiga solidaridad de género pero a la que triunfa se la destrata. Porque las mujeres reclamamos la igualdad y el respeto, pero no todas son tan iguales como para recibir la compasión del colectivo. A algunas ni siquiera el reconocimiento de haber abierto el camino para el protagonismo femenino en el periodismo televisivo cuando decían que ninguna podía.

*Analista de medios