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Cumbre G20, Mundo, Opinión / 30 de noviembre de 2018

G20: Una cumbre bajo una nube de miedo

Por un par de días, pues, el centro de Buenos Aires se asemejará a las “zonas verdes” de ciudades esporádicamente sitiadas por fanáticos como Kabul en que los atentados devastadores son rutinarios.

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Ilustración: Pablo Temes.

Siempre y cuando ninguno opte por permanecer en casa, ya que todos enfrentan problemas engorrosos que en cualquier momento podrían ocasionarles disgustos, pronto estarán en Buenos Aires para la cumbre del G20 los jefes de gobierno de 19 países, el mandamás formal de la Unión Europea y algunos invitados especiales, entre ellos representantes de España, Chile y Holanda. También vendrán, a menos que el gobierno de Mauricio Macri logre impedirlo, una multitud abigarrada de militantes resueltos a recordarnos que Donald Trump es un sujeto malísimo.

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Puede que haya muchos que piensan lo mismo del chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin, el turco Recep Tayyip Erdogan y ciertos líderes europeos, pero la capacidad de tales personajes para enardecer a quienes integran la tribu trashumante de activistas antiglobalización y sus émulos locales es menor que la del presidente norteamericano de turno, sobre todo cuando se trata de alguien de características tan extravagantes como El Donald.

Que este sea el caso es un tanto paradójico, ya que Trump es el enemigo más feroz que ha encontrado la globalización desde que comenzó a difundirse la idea de que el mercado no tardará en abarcar al planeta entero, derrumbando una tras otra las barreras al libre comercio, y que todos los países tendrán que adaptarse a sus exigencias porque, según quienes aprueban el rumbo que el mundo ha tomado últimamente, la alternativa sería decididamente peor.

Lo mismo que los manifestantes antiglobalización más furibundos, pero con mucho más éxito, Trump se niega a permitir que las gélidas reglas económicas perjudiquen al hombre común de su propio país, aunque discrepa con ellos al no oponerse al capitalismo como tal. Por raro que parezca, por ahora el paladín más influyente de dicha modalidad es el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China al que, por razones evidentes, no le gusta para nada el proteccionismo yanqui.

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Macri, el anfitrión, será uno de los escasos líderes presentes a la reunión del G20 que podría afirmarse amigo de todos los asistentes sin que sus palabras en tal sentido sonaran huecas. Con todo, no le resultará fácil sacar provecho de su eventual protagonismo. Ya se ha acostumbrado a escuchar manifestaciones de apoyo verbal a las reformas que dice tener en mente en boca de los políticos mejor ubicados y, en teoría por lo menos, más poderosos de la Tierra, pero a esta altura preferiría que compartieran su entusiasmo los hombres de negocios. Por desgracia, los encargados de elegir dónde invertir cantidades ingentes de dinero están más interesados en los números que en otra cosa y los números, que son horrendos, les advierten que aún sería prematuro arriesgarse en un país tan cambiadizo como la Argentina.

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Además de esperar obtener algunos beneficios tangibles de la cumbre, Macri reza para que Buenos Aires quede en la memoria de los miembros de la elite política mundial y de muchos millones de hombres y mujeres menos destacados como una ciudad agradable y segura, una en que las fuerzas policiales son más eficaces que sus equivalentes de Hamburgo o Seattle, donde reuniones anteriores del G20 se vieron animadas por grandes batallas campales.

Si bien los disturbios callejeros son parte de la vida diaria de los porteños y la gente de Macri se cree capaz de manejar a los piqueteros y los encapuchados con palos y armas tumberas que suelen acompañarlos, teme que lleguen bandas de revoltosos extranjeros como los del mundialmente notorio “bloque negro” que son expertos consumados en el arte de provocar el caos. En un esfuerzo por mantenerlos a raya, el Gobierno hará de la ciudad una fortaleza, paralizando el transporte ferroviario y el subte, cerrando Aeroparque para todos con la excepción de las comitivas oficiales y suspendiendo los servicios desde Uruguay del Buquebús. Y si algunos logran entrar, Patricia Bullrich desplegará a “22.000 efectivos operativos” que, es de suponer, estarán armados hasta los dientes.

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Por un par de días, pues, el centro de Buenos Aires se asemejará a las “zonas verdes” de ciudades esporádicamente sitiadas por fanáticos como Kabul en que los atentados devastadores son rutinarios. Por las dudas, el Gobierno ha conseguido la colaboración logística de Estados Unidos, China e Israel, países que han invertido muchos recursos en la lucha contra “el terror” aunque, claro está, aquellos que para los chinos son “terroristas” no siempre lo serán para los demás.

Así y todo, con la parcial excepción de los mandatarios sunnitas de Arabia Saudita y Turquía que, por razones comprensibles, se sienten molestos toda vez que otros tratan el terrorismo como si fuera un fenómeno exclusivamente musulmán, los asistentes a la cumbre de Buenos Aires coincidirán en que el terrorismo islamista plantea una amenaza más grave a la convivencia más o menos pacífica de pueblos de origen y formación muy diferentes que los guerreros callejeros del Bloque Negro y sus igualmente agresivos aliados de “Antifa”. Es en buena medida a causa del terrorismo islamista, y del respaldo no meramente tácito que reciben de una proporción sustancial de sus correligionarios quienes asesinan a mansalva en nombre de Alá, que ha fracasado el “multiculturalismo” que por un rato estuvo de moda en Europa.

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Por desgracia, no hay mucho que el G20 pueda hacer para combatirlo salvo confeccionar las declaraciones anodinas que habitualmente se redactan para convencer a la opinión pública de que las cumbres que siguen celebrándose son útiles; antes bien, hay motivos de sobra para prever que el “mundo musulmán” siga exportando terrorismo por muchos años más, ya que Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Libia y otros países que lo conforman no dejarán de ser polvorines.

El islamismo es la forma más llamativa y, en la actualidad, más violenta que ha tomado la rebelión contra la modernidad cuyas raíces se remontan a la Ilustración europea, pero ello no quiere decir que en los años próximos los sentimientos similares que pueden detectarse en casi todos los países del mundo continuarán manifestándose de manera menos brutal. Al propagarse la convicción de que, para la mayoría, la globalización impulsada por la tecnología ha resultado ser una gigantesca estafa, la resistencia a tolerarla no podrá sino hacerse cada más fuerte.

Fue gracias a la frustración que sienten muchos millones de norteamericanos que se creen víctimas de las elites globalizadoras que Trump consiguió mudarse a la Casa Blanca. Todos los demás mandatarios del G20, incluyendo a los que, como el francés Emmanuel Macron y la alemana Angela Merkel, lo critican con dureza, saben que en sus propios países el panorama político podría experimentar una transformación parecida, como en efecto ya ha sucedido en Italia y el Reino Unido del Brexit.

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Hasta ahora, en el Occidente la rebelión contra la modernidad globalizadora ha sido contenida por las instituciones democráticas vigentes, pero de intensificarse mucho más el clima de descontento, sería inevitable que se multiplicaran los episodios de violencia, como en efecto sucedió con frecuencia antes de consolidarse las distintas versiones del Estado de bienestar que siguen sobreviviendo en el mundo desarrollado, aunque al envejecer la población y esfumarse empleos aptos para miembros de la clase media, todas están mostrando síntomas de agotamiento.

El terrorismo florece cuando abundan pretextos de apariencia convincente para matar a quienes de un modo u otro representan algo considerado maligno; podría ser un régimen, un sistema socioeconómico o, en el caso de los islamistas, la negativa de los infieles a someterse al único credo religioso verdadero. Si resulta difícil justificar así la lucha armada contra el orden establecido, el terrorismo pierde su atractivo, como en efecto ocurrió hace algunas décadas aquí en la Argentina y en otras partes del mundo occidental al hundirse el comunismo que durante tanto tiempo había suministrado a los violentos no sólo fondos, armas y lugares en que entrenarse, sino también el apoyo ideológico que necesitaban.

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¿Está por terminar la etapa de paz relativa en que casi los únicos terroristas han sido los islamistas que, a diferencia de los demás extremistas, no tienen interés en las consecuencias materiales de los intentos de instalar su utopía particular y por lo tanto son menos vulnerables que quienes prometían enriquecer a todos? Puede que sí. Aunque la reaparición sorprendente del terrorismo anarquista, que tantos estragos había provocado en el siglo XIX y los primeros años del XX, en Buenos Aires poco antes de la reunión del G20 ocasionó más extrañeza que preocupación, ya que hasta ahora los discípulos tardíos de Pierre-Joseph Proudhon, Max Stirner, Errico Malatesta, el príncipe Kropotkin y otro próceres del movimiento han sido llamativamente ineptos, sería un error minimizar su significado.

Por cierto, si a pesar de las medidas tomadas para garantizar la seguridad de los visitantes más conspicuos, se reeditan los enfrentamientos callejeros en gran escala que hicieron tan memorables las cumbres de Seattle y Hamburgo, las hazañas destructivas protagonizadas por militantes antiglobalización no podrían sino incidir en la conducta de quienes están buscando excusas a su juicio legítimas para participar de actos de violencia, ya que son muchos los jóvenes y no tan jóvenes que sienten nostalgia por tiempos que, desde su punto de vista, eran más heroicos que los que corren.