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Opinión / 29 de diciembre de 2018

Una temporada en el purgatorio

Que hasta ahora el gobierno de Macri haya logrado sobrevivir en medio de una tormenta económica es de por sí evidencia de que algo ha cambiado.

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Ilustración: Pablo Temes.

Si no fuera por las muchas enfermedades crónicas que mantienen postrada la economía nacional y que, para alarma de los encargados de cuidarla, en el transcurso del año que está por dejarnos se agravaron hasta tal punto que tuvieron que suplicar la ayuda de los cirujanos del Fondo Monetario Internacional, Mauricio Macri y quienes lo rodean tendrían buenos motivos para sentirse conformes con la marcha del país.

A pesar de la voluntad de parte de la clase política de aferrarse a su conquista más valiosa, los fueros, docenas de corruptos están entre rejas. El país parece un poco más ordenado de lo que estaba antes. Y, como nos recordó aquella cumbre del G20, Macri sigue brillando en el firmamento mundial, si bien es difícil medir los beneficios concretos para el país de la buena reputación que tiene entre sus pares del exterior.

Aunque tales éxitos, más la impresión que da Macri de ser un hombre sensato que está resuelto a hacer las cosas bien, le ha permitido conservar un nivel de apoyo envidiablemente alto cuando uno lo compara con el de muchos otros gobernantes, su gestión terminará en lágrimas a menos que logre impedir que la economía se hunda, como a su manera pronostican que hará, los responsables de estimar el “riesgo país” nacional.

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Felizmente para el Gobierno, parecería que aproximadamente la mitad de la población comprende que la crisis es fruto de tres cuartos de un siglo, o más, de facilismo populista, y que para purgar los pecados económicos que tanto mal le han hecho el país tendrá que pasar una temporada tal vez larga en el purgatorio.

Macri cree que la Argentina está experimentando una especie de revolución cultural que le permitirá violar uno tras otro los “códigos de la política” que nos llevaron a la situación nada satisfactoria actual. Según la forma de pensar reflejada por aquellos “códigos”, el pueblo argentino nunca tolerará nada parecido a un ajuste –la palabra misma provoca escalofríos entre los biempensantes–, y sólo a un gobierno de vocación suicida se le ocurriría intentar aplicar uno.

Merced a la fobia así supuesta, la economía nacional se asemeja a un micro sin frenos que cada tanto se desbarranca, hiriendo a muchos pasajeros, pero por ser el único vehículo disponible los sobrevivientes procuran repararlo lo mejor que puedan para seguir su viaje, con lentitud exasperante, hacia el destino lejano que dicen tener en mente.

Consciente de lo peligroso que le sería ajustar, al iniciar su gestión Macri se resistió a tomar las medidas antipáticas que a buen seguro entendía serían necesarias para que la maltrecha economía funcionara mejor, pero luego de un par de años sin demasiados sobresaltos, para regocijo de sus muchos enemigos chocó frontalmente contra una corrida cambiaria.

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Como pudo preverse, kirchneristas, izquierdistas, sindicalistas e incluso algunos peronistas que hasta entonces habían tratado de llamar la atención a su propia moderación, se prepararon enseguida para enseñarle al “presidente de los ricos” que trataba de engañarlos aumentando el gasto social, que en este país los ajustes siguen siendo tabú.

¿Lo son? Aunque ya han pasado casi ocho meses desde que, por enésima vez, la Argentina se precipitó en una crisis que a juicio de los más pesimistas amenazaba con serle terminal, Macri no sólo permanece en la Casa Rosada y Olivos sino que, según los arúspices, podría ser reelegido en octubre. Si bien muchos simpatizantes del gobierno de Cambiemos creen que Macri mismo ayudó a hacer peor una situación ya mala al aferrarse con tenacidad excesiva al “gradualismo”, están dispuestos a perdonarlo porque la alternativa, es decir, Cristina, les parece tan terrible.

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Para justificar “el gradualismo” de los primeros años del gobierno de Cambiemos, quienes hablan en nombre del oficialismo nos recuerdan que Macri tuvo que subordinar lo económico a lo político por un rato largo, ya que había derrotado a Daniel Scioli por un margen estrecho debido a los errores estratégicos apenas concebibles de Cristina en la fase final de su reinado.

De no haber ordenado la entonces presidenta todopoderosa a Scioli dejarse acompañar por Carlos Zannini o permitido que Aníbal Fernández llevara la camiseta kirchnerista en la provincia de Buenos Aires, el motonauta hubiera estado al timón cuando estalló la tormenta financiera internacional que asestó el golpe de gracia al gradualismo macrista.

Al iniciar su gestión, Macri se esforzó por minimizar la gravedad del estado en que la señora había dejado el país con la esperanza de persuadir a los inversores en potencia de que les valdría la pena apostar a una recuperación milagrosa. Desgraciadamente para él, y para muchos otros, aunque los políticos más destacados del planeta –entre ellos, Barack Obama seguido por Donald Trump, Angela Merkel, Xi Jinping, Vladimir Putin y Emmanuel Macron–, lo colmaron de elogios, los encargados de los grandes fondos de inversión prestaron más atención a los números y a la trayectoria nada edificante del país en materia de deuda. Bajaron el pulgar.

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Puesto que el único organismo financiero importante que toma en cuenta los intereses políticos en juego es el FMI, Macri depende de la buena voluntad de Christine Lagarde. Mal que nos pese, de no haber sido por la ayuda proporcionada por el FMI, la recesión que está sufriendo el país sería mucho más dolorosa. Es que los líderes de los países más influyentes no quieren que la Argentina siga hundiéndose hasta convertirse en una versión de Venezuela.

Antes bien, creen que el eventual éxito de Macri, el que a sus ojos está desempeñando un papel clave en la lucha mundial contra la irresponsabilidad populista que tanto les preocupa, o de sus sucesores, siempre y cuando estos se adhieran al mismo rumbo, tendría repercusiones muy positivas no sólo en el resto de América latina sino también en otras regiones.

Si bien para “el mundo” lo que está sucediendo en la Argentina dista de ser meramente anecdótico, el resultado del conflicto entre el facilismo populista y el realismo relativo que ha sido adoptado, a regañadientes, por los radicales de Cambiemos y una franja del peronismo, dependerá menos de las opiniones de los economistas más prestigiosos que de la reacción de los habitantes del conurbano bonaerense frente al desplome de su poder adquisitivo.

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Para sorpresa de los muchos que dan por descontado que tales personas siempre votan “con el bolsillo”, de suerte que en los buenos tiempos premian al oficialismo de turno y en los malos se las arreglan para castigarlo, hay indicios de que, a pesar del desastre económico al que ha contribuido, el apoyo a Macri ha subido últimamente en las zonas más deprimidas del país.

¿Será que a la gente le parece bien que, por fin, el Gobierno haya decidido actuar con un grado insólito de firmeza y que, de todos modos, una nueva fiesta populista sólo garantizaría hambre para mañana? Es evidente que Macri, convencido como está de que en la mente colectiva de los argentinos está librándose una “batalla cultural” decisiva, se haya sentido alentado por los mensajes que le envían quienes sondean la opinión pública en los distritos más golpeados, y que por lo tanto confía en ser reelegido en octubre sin tener que ir a una segunda vuelta.

Según la lógica política tradicional, el optimismo así manifestado es delirante, pero el mero hecho de que, a diferencia de su nuevo amigo, el presidente francés Macron y otros mandatarios en apuros, Macri tiene un índice de popularidad muy respetable, hace pensar que mucho ha cambiado en el transcurso de los años últimos.

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Como es su costumbre, la Argentina va a contramano del mundo desarrollado. Mientras que en Estados Unidos y Europa el cortoplacismo populista se ha puesto de moda, parecería que aquí está batiéndose en retirada, razón por la que muchos peronistas, de los que los más destacados son el senador Miguel Ángel Pichetto y el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, están asumiendo posturas parecidas a las de quienes apoyan a Macri.

Puede que la diferencia entre la Argentina y los países desarrollados se deba a que, a pesar de tantos reveses, aquí el grueso de la ciudadanía se resiste a creer que todo está perdido, mientras que en las sociedades ricas es muy fuerte la sensación de que lo mejor ya ha pasado. Asimismo, es llamativo que no haya señales de que estén por irrumpir personajes de planteos supuestamente novedosos como Trump que se proclaman capaces de cambiar virtualmente todo de la noche a la mañana.

En este ámbito por lo menos, la Argentina parece ser un país más maduro o, si se prefiere, más “normal” que Estados Unidos. También lo es en comparación con el otro gigante del continente americano, Brasil, que pronto se verá gobernado por aquel apóstol de la mano durísima, Jair Bolsonaro.

Por mucho tiempo, la Argentina privilegió una y otra vez el corto plazo por encima del mediano y el largo, con resultados que difícilmente pudieran haber sido más calamitosos. Todos los esfuerzos por curarla de dicha adicción terminaron mal. Aún es temprano para procurar prever el destino del ensayado por Cambiemos, pero el que hasta ahora el gobierno de Macri haya logrado sobrevivir en medio de una tormenta económica violenta es de por sí evidencia de que algo ha cambiado, algo que podría ser equiparable con la decisión consensuada de nunca más pedirles a los militares reparar los daños ocasionados por un gobierno democrático civil.