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Mundo / 26 de mayo de 2019

De derecha a izquierda: homofobia extrema

Bolsonaro y el castrismo acaban de ratificar su desprecio a los homosexuales. Ambos motorizados por las iglesias evangélicas.

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Fotos: Dpa.

En un mismo puñado de días, Jair Bolsonaro y el castrismo evidenciaron tener algo en común, además de la convicción de que los militares deben ser parte esencial del poder. Eso otro que tienen en común el régimen marxista-leninista de Cuba con el presidente ultraderechista de Brasil, es la homofobia.

Comparten la oscura idea de que la homosexualidad es una degeneración inadmisible; una aberración que es necesario ocultar y marginar. Pero lo novedoso, o lo verdaderamente significativo, no es que el totalitarismo izquierdista y el ultra-conservadurismo aborrezcan a los homosexuales. Lo novedoso y revelador es que, en este momento, tanto el régimen cubano como Bolsonaro atacan a la comunidad gay por una misma razón: satisfacer el instinto reaccionario de las iglesias evangélicas, que ejercen una poderosa influencia tanto en Brasil como en la isla antillana.

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El Papa Francisco también tiene una posición oscuramente retardataria frente a la homosexualidad. Pero a la ola fundamentalista que recorre buena parte del mundo la motorizan, principalmente, los pastores que buscan colocar a sus iglesias como el poder que está por encima de los gobiernos seculares y dicta la legislación en materia de sexualidad y de concepción, además de imperar sobre el sistema educativo.

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régimen. Los Castro persiguieron brutalmente a los homosexuales, recluyéndolos en campos, Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Fotos: DPA

Brasil. Desde que ocupó un escaño en el Congreso, Bolsonaro dijo de la homosexualidad cosas repugnantes. Durante el último carnaval, en el que lo satirizaron muchas escolas do samba, el presidente brasileño publicó en las redes fotos obscenas intentando presentar a todo el colectivo LGTB como adicto a obscenidades pervertidas. Y más recientemente, dijo que Brasil debe prohibir el turismo gay.

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Paralelamente, el régimen castrista reprimía de manera violenta una marcha gay en La Habana, despertando críticas inesperadas, como la de Silvio Rodríguez, y haciendo caer la máscara de Mariela Castro, la hija de Raúl que logró camuflar la homofobia del régimen con su pretendida defensa del colectivo LGTB.

Desde que empezó a construir su régimen, Fidel Castro persiguió brutalmente a los homosexuales, recluyéndolos en campos de trabajos forzados a los que llamaban Unidades Militares de Ayuda a la Producción, donde también encerraban y torturaban a los disidentes.

Fotos: Dpa
represión. De Cuba al Brasil de Bolsonaro, la extrema izquierda y la extrema derecha coinciden en su política frente a la comunidad de LGBT, bajo la influencia de las iglesias evangélicas.

Los hermanos Castro Ruz no crearon la homofobia cubana. Es característica de los totalitarismos nazi-fascistas y marxistas-leninistas, así como de los estados religiosos. Tanto en la Unión Soviética como en la China de Mao Tse-tung, se consideró a la homosexualidad como una “degeneración” producida por la sociedad burguesa. Y Cuba no fue la excepción. La persecución y la marginación que sufrieron los gay durante medio siglo de castrismo fueron expuestas al mundo durante el llamado “Período Especial”, momento de apertura obligada por lo que implicó la desaparición de la URSS.

Críticas. Aprovechando la flexibilización de la censura que se dio en el terreno de la producción cultural, el cineasta Gutiérrez Alea filmó películas críticas hacia la realidad cubana. Una de ellas, “Fresa y Chocolate”, retrató los padecimientos de los homosexuales por las persecuciones que les imponía el sistema. El mundo consideró que esas películas eran señal de una marcha inexorable hacia la apertura y la tolerancia. Pero ni bien apareció Chávez y conectó la desfalleciente economía castrista al pulmotor petrolero venezolano, Fidel puso la marcha atrás. Incluso, en una oportunidad, repudió públicamente películas como “Guantanamera” y “Fresa y Chocolate”, repudiando también al propio Gutiérrez Alea.

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Ahora, la represión que impidió una marcha gay en La Habana generó una ola de críticas. Para Mariela Castro, la supuesta abanderada de la diversidad sexual, fue dejar al descubierto su verdadero rol, que no es defender la diversidad sexual sino controlar un colectivo LGTB que responda al régimen y sea guiado desde el área que ella dirige en el Ministerio de Salud (lo cual, de hecho, coloca la homosexualidad en el terreno de las enfermedades).

Que cantantes tan castristas como Silvio Rodríguez y Santiago Feliú hayan repudiado la embestida contra quienes intentaban marchar en defensa de sus derechos, resaltó más la caída de la careta de Mariela Castro, mostrándola en línea con la mujer que nunca se solidarizó con los presos políticos ni demás víctimas de la censura y la represión del poder que crearon y monopolizaron su tío y su padre.

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Ahora parece ocurrir algo similar. La sexóloga que preside el CENESEX (Centro nacional de Educación Sexual, en el Ministerio de Salud), había estado cerca de lograr que se incluyera el matrimonio igualitario en la nueva Constitución. Pero poco antes de ser aprobada la nueva carta magna, se decidió atemperar hasta la insustancialidad el capítulo referido al tema. La gran diferencia con la vieja homofobia del sistema castrista, es que esta vez parece motivada por la creciente influencia de las iglesias evangélicas. En toda la región, la demagogia política busca el respaldo de pastores fundamentalistas que procuran situarse por encima del poder secular y gravitar sobre el gobierno, la legislación y los sistemas de Salud y de Educación.

Los policías golpeando y arrastrando a manifestantes, estarían mostrando que hasta el régimen cubano busca la bendición de los pastores ultraconservadores que se han multiplicado desde que Juan Pablo II acordó con Fidel Castro mayor tolerancia religiosa, a cambio de no promover en Cuba lo que había promovido en Polonia, donde empezó a caer el comunismo.

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Hoy el aparato represivo castrista no alcanza para controlar sobre la sociedad. Por eso, el régimen pactó con el fundamentalismo evangélico. Igual que Bolsonaro, que llegó al poder sobre los hombros de los pastores más recalcitrantes.