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Política / 7 de septiembre de 2019

La gira de los dos Fernández

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La semana en Europa que se tomó Alberto Fernández para dar una clase en una universidad de Madrid le iba a servir para descansar. Desenchufarse, era la recomendación que su entorno le había dado antes de partir. No funcionó.

A 10 mil kilómetros de distancia, siguió estando en el centro de la escena mediática y, por momentos, el viaje del candidato a presidente del Frente de Todos se convirtió en una especie de gira presidencial. De aflojar tensiones, lejos.

Desde la tarde del lunes 2, cuando arribó al aeropuerto de Barajas en el vuelo 1132 de Aerolíneas Argentinas, acompañado de su pareja Fabiola Yáñez, tuvo jornadas agitadas de reuniones y declaraciones que repercutieron fuerte en Argentina.

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Recién el miércoles tuvo un impasse en su agenda y se dedicó a responder las decenas de mensajes que se le habían acumulado en WhatsApp, además de generar alguna que otra charla. Como la que tuvo con el legislador Leandro Santoro: “Ayer me contaron que estás usando el mismo despacho que usaba yo”, decía el mensaje cómplice del hombre del momento. El radical K lo mostraba con orgullo: el dirigente mejor perfilado para ser el nuevo presidente de Argentina le escribía sin que él hubiese iniciado la conversación.

En España, Alberto evitó, hasta donde pudo, hacer declaraciones sobre la política local. Sabe que cada palabra suya es un martillo que golpea sobre la realidad argentina y que en todo momento lo están buscando para hacerle pisar el palito. Es el precio de ser un virtual presidente, aún a un mes y medio de la elección general.

En el peronismo el chiste es recurrente: cada vez que la economía se mueve en alguna dirección, se preguntan con sorna: “¿Qué dijo hoy Alberto?”, en referencia a la responsabilidad que desde la Casa Rosada intentan endilgarle ante la fluctuación financiera.

Despegue. Para lo que sí le sirvió el viaje a Fernández es para mostrar puertas para adentro y afuera que puede tener su propio perfil, en el debate de cuánta autonomía tendrá para gobernar con Cristina Kirchner como vicepresidenta.

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La gira europea iba a servir para mostrarse con una inclinación hacia el centro, lejos de La Cámpora y el sector más radicalizado del kirchnerismo. Un primer intento de emancipación K, pero que quedó oscurecido cuando habló: allí se mostró al otro Fernández. Hizo referencia a su intento de volver a la “unidad latinoamericana” de los años de gloria de Néstor y Cristina.

El jueves 5 se reunió con Pedro Sánchez, presidente de España y del PSOE, en el Palacio de la Moncloa. Pero a pesar de los contactos telefónicos, no hubo encuentro con dirigentes de Podemos, los más cercanos a La Cámpora en la madre patria. Fue una marcada de cancha.

Ese día, en el Congreso de los diputados españoles, dio sus primeras definiciones políticas rutilantes, algo que había estado evitando hasta el momento. “La Argentina necesita integrarse mucho con España y con Europa”, avisó por dónde vendría su alocución. Y luego sentenció: “Que Argentina sea parte del Grupo de Lima y que esté tan condicionada por las políticas norteamericanas, nos hizo retroceder mucho como país”. Bomba.

Durante 20 minutos, Alberto hizo un repaso de la política de la región en las últimas décadas y mostró los pilares de su próximo gobierno: “Estoy convencido de que para que América Latina florezca tiene que ser un continente. Si cada uno va por su lado, nos debilita. Hay que reconstruir la unidad latinoamericana como primera tarea”, dijo. No se privó de pedir por la libertad de Lula Da Silva y de hablar de las “detenciones arbitrarias” en Argentina. Una caricia para el kirchnerismo que todavía tiene que disputar su lugar.

Al referirse a la geopolítica, Alberto encendió las alarmas. En la reunión que había tenido el miércoles 4 con Ana Botín, presidenta del Banco Santander, la recomendación que había escuchado era “no aislarse”. Lo mismo habló con Josep Borrell, futuro jefe de la diplomacia europea. Es que, acorralado por el FMI, el próximo gobierno tendrá que tener cintura para entenderse con Donald Trump, aunque sin dejarse avasallar. Fernández los oyó a medias.
“Alberto maneja el 100 por ciento de su campaña”, dice un consultor que está cerca del candidato del Frente de Todos. Por eso, todos los que tienen intenciones de ser Gobierno lo miden. Todo el tiempo. En el Viejo Continente estuvo muy cerca del ex jefe de Gabinete un dirigente de la izquierda chilena que genera algún recelo adentro del peronismo. Marco Enríquez-Ominami es un socialista que lo acompañó y le gestionó reuniones. Un amigo íntimo de Alberto que resulta inmanejable para el entorno K. Eso disgusta.

Agenda. Tras cumplir con el objetivo formal del viaje, la clase de Marketing Político en la Universidad Camilo José Cela, se había enfrentado por primera vez a un grupo de periodistas que se habían apostado afuera de la casa de estudios y esperaban ansiosos alguna definición picante. Lo esperaron tres horas para casi nada: “Nunca doy nada por ganado, hay que mantenerse tranquilo”, dijo antes de seguir con su marcha e ir a comer junto a Felipe Solá y el marplatense Miguel Cuberos, que produce un espectáculo en Madrid.

Mientras tanto, el macrismo hizo su jugada. El embajador Ramón Puerta presentó Parque Lezama en la misma ciudad, la exitosa obra de Juan José Campanella que protagoniza Luis Brandoni. No hubo frases políticas, pero no eran necesarias. El actor y el director de cine y teatro fueron piezas fundamentales en el intento de relanzamiento PRO.

Brandoni, a través de un video, invitó a la marcha que resultó multitudinaria y que animó a Mauricio Macri post primaria. Campanella hizo otro tanto a través de mensajes por las redes sociales. En época de garrochismo, la fidelidad se agradece en la Casa Rosada.

Mientras tanto, a su vuelta Alberto Fernández debe retomar una intensa agenda. Antes de irse procuró ordenar la tropa. Por eso el lunes 26 de agosto recibió a Hugo y Pablo Moyano en su departamento en Puerto Madero, luego de unas semanas con algunos chispazos. Los camioneros no habían asistido al búnker en las PASO, y la cercanía de Alberto con Héctor Daer incomodaba. En esa cena sellaron, nuevamente, la paz.

A pesar de las presiones, Alberto no va a anunciar el Gabinete hasta que no sea electo. Todos le tiran nombres, muchos se postulan e incluso le acercan dirigentes de otros espacios. Eduardo Valdés le tiró dos: Daniel Lipovetzky y Roberto Lavagna. Sólo expresiones de deseo, por ahora.

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Es que Fernández había comenzado a anunciar su equipo de trabajo con más intensidad, aún antes de las PASO que lo consagraron. Había deslizado varios nombres de posibles ministeriables hasta que un dirigente cercano le llamó la atención. “No lo hagas más”, le recomendó. Es que si el Gabinete quedaba conformado, los aspirantes sin suerte iban a dejar de trabajar con tanto ahínco. La expectativa los mantiene atentos y esforzados. “El gran error de Scioli fue haber revelado quiénes lo iban a acompañar. La Cámpora lo terminó de cocinar cuando se vio afuera de todo”, le explicó el mismo dirigente,

Alberto intentó mostrar autonomía marcando la cancha con su agenda, pero haciéndole un fuerte guiño al kirchnerismo con el discurso de unidad latinoamericana que enamora a su electorado. La pelea que viene con Trump, se puede ver a 10 mil kilómetros de distancia.