Con el tiempo, aunque nunca ha dejado de lado su obsesión por el chiche visual y el vértigo a tontas y a locas, Guy Ritchie se ha vuelto un humorista más tranquilo y acertado.
Sus películas son violencia más ironía, siempre, y la fórmula no cambia. Lo que, en cierto sentido, también las vuelve confiables: van a ser divertidas, van a ser cool, van a ser coloridas, van a tener algún momento dramático donde A traiciona a B o cosa así, y van a terminar a los tiros.
Aquí, donde se trata de robar un botín y después ver quién se lo queda, las cosas no son para nada diferentes y ese es su mayor acierto: que en un coto de caza acotado, el realizador ha obtenido cierta precisión que lo vuelve interesante, o al menos más entretenido que casi todo lo que nos toca como estreno.
A la larga lo vamos a terminar queriendo.
TRES ESTRELLAS Y 1/2














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