Domingo 19 de septiembre, 2021

COSTUMBRES | 11-03-2021 15:42

Por qué vivimos en el siglo de la soledad

La noción de comunidad está en crisis y cada vez estamos más solos. ¿Puede la pandemia ser un impulso para mejorar las relaciones interpersonales?

En 1932, el escritor británico Aldous Huxley publicó su famosa novela “Un mundo feliz” (Brave New Word). En ella, las personas se mantienen felices gracias al consumo de una droga llamada “Soma”. El libro anticipó despiadadamente la realidad de nuestros días. Como nunca antes el mundo consume antidepresivos, ansiolíticos e infinidad de horas de terapia. La sociedad vive “lobotomizadamente” feliz. El “Soma” de nuestros días son el clonazepam, las drogas benzodiacepinas, las redes sociales, Netflix y todo aquello que nos distancia de la realidad. La ironía de Huxley es que la palabra “soma” (proveniente del griego) significa “cuerpo”. Es nuestro cuerpo físico, lo sólido, de ahí viene lo somático y la vitalidad. Lo que Huxley planteaba —y aplica a la actualidad— es que la sociedad es químicamente feliz, falsamente feliz. La pandemia corrobora esa irrealidad y la necesidad de encontrarnos cuerpo a cuerpo.

Las grandes farmacéuticas intentan combatir esta realidad con medicamentos. Hay estudios clínicos que buscan resolver la soledad resultante a través de una pastilla. Es decir: se sigue atacando a los síntomas -intentando esconderlos- no el origen del problema que es mucho mas complejo. Los más diversos factores sociales, económicos y tecnológicos repercuten también sobre esta epidemia.

Según la Organización Mundial de la Salud más de 300 millones de personas en el mundo sufren de depresión y otras 260 millones de trastorno de ansiedad. Entre 2013 y 2016, en los Estados Unidos, los diagnósticos de depresión han subido un 33%. Según Blue Cross Blue Shield han crecido aún más rápido entre los Millennials (47%) y las mujeres (65%). La depresión es la principal causa mundial de discapacidad y cuesta a la economía global más de 1 billón de dólares al año. La Pandemia llegó para agravar exponencialmente la crisis de la salud mental.

 

Soledad y pandemia.

 

No solo afecta nuestra psique, sino también nuestros cuerpos físicos. Según diversos estudios la soledad y el aislamiento social están relacionados con la inflamación y la desarmonía del organismo asociada a afecciones del corazón, Alzheimer, cáncer y enfermedades autoinmunes. La soledad es equivalente a fumar 15 cigarrillos por día, a ser alcohólico y es el doble de dañina que la obesidad.

Según un reciente artículo de The Economist, parte del problema se concentra en los lugares de trabajo. A nivel global, dos de cada cinco trabajadores de oficina se sienten solos en el trabajo. Este numero sube a tres de cada cinco en el Reino Unido. La economía GIG (trabajadores independientes en plataformas online) puede dejar a las personas con ingresos inestables y sin la compañía de colegas de trabajo. La Pandemia ha alejado a las personas del importante lugar de sociabilización que representa la oficina, hace más difícil iniciar y mantener amistades, en especial para nuevos empleados.

Las grandes ciudades son muy solitarias. En una encuesta del 2016, el 55% de los londinenses y el 52% de los neoyorquinos dijeron que a veces se sienten solos. En muchas ciudades alrededor del mundo la mitad de los residentes viven solos. No solo viven solos: la mayoría no es dueña de sus departamentos. El aumento de sentimientos de inseguridad económica contribuye a incrementar el estrés y la sensación de desprotección respecto a sus vidas.

Alrededor de este problema se potencia “la economía de la soledad”. Surgen empresas que se dedican al alquiler de amigos, “chatbots”, comunidades online focalizadas en sentimientos de desconexión y viajes turísticos para solos. Al mismo tiempo, un gran numero de empresas se beneficia del mayor tiempo sin compañía: las empresas de video juegos, redes sociales, TV y otros entretenimientos que se consumen en privado.

 

Mejorar las relaciones

The Harvard Study of Adult Development es el estudio más largo sobre la felicidad humana que se haya realizado. Se inició con estudiantes de Harvard en 1938, a quienes luego se sumaron habitantes de bajos recursos de Boston. Dentro de esos grupos hubo personas que llegaron a la presidencia de grandes corporaciones, y otras que vivieron toda su vida en la pobreza. Hubo quienes llevaron vidas sanas y quienes padecieron de mala salud. El Adult development continúa hasta el día de hoy. La conclusión a la que arribaron los investigadores es que las personas más felices no son aquéllas que tienen más dinero, más poder o éxito profesional, sino las que pueden establecer buenos vínculos. Las buenas relaciones no solo las hacen más felices, también más sanas física, emocional y mentalmente.

El aumento de la soledad, la depresión y la ansiedad tiene una consecuencia común: sube los niveles de estrés y las desarmonías corporales. Se la considera la enfermedad de los tiempos modernos. La rapidez de los cambios producto de la automatización y la globalización hacen que mucha gente tema perder sus trabajos y viva en un estado de intranquilidad permanente. El encarecimiento de la canasta de la meritocracia agrava el cuadro: cada vez más personas viven angustiadas por no poder acceder a una vivienda de calidad ni a la educación universitaria, la tradicional puerta de acceso a la movilidad social.

 

Aislamiento pandemia

 

Durante las décadas de 1960 y 1970 las personas vivían mas tranquilas. Tenían trabajos estables, y podían seguir en la misma empresa toda la vida; las propiedades y la educación eran más accesibles. No tenían que cargar con elevados niveles de deuda; y el hecho de tener menos opciones, simplificaba las elecciones. Hoy vivimos abrumados por el exceso de opciones. Un ejemplo elocuente: hasta los años 70, la gente vacacionaba en los mismos lugares dentro de su propio país, los viajes al exterior constituían un privilegio para muy pocos. Las marcas y la oferta de productos de consumo y de entretenimiento eran menores, muchos jóvenes compartían los mismos gustos. Era un mundo más simple, menos competitivo, más igualitario, con más oportunidades de crecimiento y menos presiones que el actual. Ese contexto generaba mentes más saludables que las actuales.

Durante la década de 1970, la vida de las personas estaba organizada en función de tres importantes grupos de pertenencia: la religión, la familia y el trabajo. Estas tres instituciones que nos acompañan desde la revolución agraria, daban un sentido de pertenencia y nos mantenían alejados de la soledad. Las personas se casaban y tenían hijos a una edad temprana, era altamente probable que mantuvieran toda su vida el mismo trabajo; la familia jugaba un rol muy importante de contención y sus miembros se reunían más seguido. La religión ocupaba un lugar central: todavía se creía que la compañía de Dios amortiguaba la soledad. El sentimiento de patria tenía más peso, y durante gran parte del siglo XX el hecho de que la sociedad fuera más igualitaria reducía la sensación de exclusión.

Todas estas creencias y soportes comenzaron a derrumbarse durante los años '70. La familia, a causa de la mayor tasa de divorcios y la menor cantidad de hijos. El trabajo, por el aumento de la movilidad laboral, el crecimiento de los trabajos free lance y la digitalización de muchas tareas hasta entonces manuales. La religión, por su escasa atracción sobre los jóvenes. El nacionalismo, por la globalización. Por su parte, el quiebre de la meritocracia enfermó la esperanza. Junto con el auge del “screen time”, por el que las personas reemplazan tiempo con amigos y familia por tiempo con sus dispositivos, y las dificultades de adaptación a este nuevo contexto se viene produciendo el creciente y alarmante aumento de los casos de depresión, ansiedad, consumo de antidepresivos y de personas que dicen sentirse frustradas, inseguras y solas.

El ministerio de la soledad 

Frente a esta realidad las personas pasan cada vez mas tiempo solas o en comunidades digitales. Desde hace 20 años, en el mundo desarrollado se habla de la epidemia de la soledad. Reino Unido y Japón llegaron al punto de crear el llamado “Ministerio de la soledad” para enfrentar este mal endémico de los tiempos modernos. En los Estados Unidos el 50% de las comidas se consumen a solas, y los más jóvenes pasan menos tiempo con amigos que cualquier otra generación en la historia reciente.

La gente suele pensar que el problema de la soledad afecta principalmente a los adultos mayores, sin embargo según diversos estudios, son los mas jóvenes quienes mas solos se sienten. Entre 2003 y 2017, el tiempo promedio que los norteamericanos dedicaron a socializar bajó de 46 a 39 minutos diarios. Disfrutar de momentos a solas es bueno: fomenta la creatividad, el contacto consigo mismo, la espiritualidad, permite relajarnos y descansar, pero más allá de un límite, patologiza esas posibilidades. ¿De qué nos acordaremos cuando seamos viejos, de los encuentros con amigos o de las historias de Instagram, de las series de Netflix y los memes de WhatsApp?

Por si esto fuera poco, en los Estados Unidos y otros países desarrollados, la soledad, el estrés, la depresión y el abuso de drogas psiquiátricas, están generando un fuerte aumento de las muertes entre los ciudadanos de ingresos medios. Los economistas Anne Case y Angus Deaton (ganador del Premio Nobel) escribieron un famoso libro llamado “Deaths of despair”(Muerte por desesperanza). En él analizan el fenómeno de la cantidad creciente de personas de clase media que muere a causa de suicidios, drogas y abuso de alcohol. La tasa de mortalidad de americanos blancos sin título universitario viene aumentando sostenidamente desde principios de la década de 1990. Otro claro ejemplo de la desintegración del tejido social es que entre las personas de entre 25 y 55 años, solo el 29% de quienes tienen ingresos bajos están casadas, en comparación con el 77% de los de ingresos altos que sí lo están. Los individuos mejor educados y con mayores ingresos comenzaron a casarse entre ellos en una proporción mayor a la de sus antepasados, rompiendo un instrumento de movilidad social que hasta ese momento había sido relevante.

Según Noreena Hertz, autora del libro “The Lonely Century” (El siglo de la soledad), la soledad no solo es un estado individual, sino también existencial —personal, social, económico y político. Más que sentirse ignorado, desvalorizado o descuidado por aquellos con quienes interactuamos a diario (nuestra pareja, amigos, familia y vecinos) da cuenta de la falta de empatía y unión con otros ciudadanos, nuestros jefes, nuestra comunidad y nuestros representantes en el gobierno. Sentirse excluido en términos sociales, económicos y políticos establece un correlato interno: nos sentimos desconectados de nosotros mismos, de nuestra esencia, de nuestro ser y del sentido que le demos a nuestra vida.

Screen Time

Según un estudio de Johns Hopkins University, los jóvenes que pasan más de 3 horas al día en las redes sociales son más susceptibles a la depresión, la ansiedad y otras enfermedades, y tienen una mayor tendencia a internalizar sentimientos negativos sobre sí mismos. Así como el cigarrillo, el alcohol o el abuso de azúcar producen efectos negativos sobre la salud física, el exceso de redes sociales produce efectos negativos sobre nuestra salud mental, que deriva en un deterioro de nuestro cuerpo. Ahora bien, a diferencia de los límites sobre el consumo de alcohol, el tabaco o las sustancias que generan adicción, restringir las redes sociales podría configurar un ataque a la libertad de expresión y al derecho a la información, lo cual hace aún más complicado su regulación.

Las redes sociales y el feedback inmediato de likes y comentarios producen dopamina, una sustancia altamente adictiva. Durante una conferencia frente a estudiantes de Stanford en 2017, el ex vicepresidente de crecimiento de usuarios en Facebook, el ingeniro Chamath Palihapitiya afirmó: “Los circuitos de feedback instantáneo de corto plazo impulsados por la dopamina que estamos creando, vienen destruyendo el funcionamiento de la sociedad”. El exceso de redes es claramente adictivo y está provocando depresión e infelicidad subliminal.

Hace casi 40 años, el filósofo francés Gilles Lipovetsky advirtió que estábamos iniciando la Era del Vacío, marcada por el postmodernismo, donde el individuo es el rey y está dedicado al self-service narcisista. En esta era las personas compiten por la foto más “instagrameable” y por la cantidad de likes. Dejamos de observar el mundo a través los ojos para hacerlo a través de la pantalla del celular. La realidad pasa por el filtro de las redes sociales, donde todo debe parecer perfecto y feliz. Para ello, se utiliza una amplia gama de recursos de edición sobre las fotografías y acomodamiento de datos. No somos lo suficientemente concientes del daño y ansiedad que causa en adolescentes esta permanente exhibición del cuerpo y la vida perfecta.

Muchos están dejando de vivir el aquí y el ahora, y nuestros smartphones, en gran parte, son responsables de ello.

Los smartphones son una prolongación de nuestro cuerpo y están generando una identidad digital que puede variar mucho en relación a la verdadera esencia de cada individuo. Esta nuestro cuerpo físico, nuestro soma y nuestro “avatar” digital. Y pueden ser muy distintos.

Por su parte, la vida en las redes parece perfecta, está llena de buenos momentos, de viajes con amigos, de platos saludables, de deporte y de paisajes increíbles. Pero detrás de todo eso hay personas con alegrías y tristezas, con miedos e ilusiones, y con una personalidad seguramente mucho más compleja que lo que las redes pueden asimilar. Esta necesidad de la exhibición e intercambio permanente con nuestros seguidores provoca que cuando todo eso se apaga, florezcan sentimientos de vacío y disconformidad permanente.

En un mundo convulsionado por la inequidad, las redes sociales amplifican la percepción de esta realidad. En la década de 1960 una persona acaudalada podía navegar en su yate por la Costa Amalfitana con su grupo de amigos, disfrutando del buen vino, el sol y la playa, y pasar inadvertido para la mayoría. Hoy, si alguien de ese grupo subiera las fotos del yate a sus redes sociales, éstas se replican en miles de pantallas. Y lo mismo sucede a escala más pequeña: las personas exhiben sus riquezas y experiencias exclusivas generando ansiedad en quienes las ven. El problema de las redes sociales es que solo muestran vivencias positivas, crean la ilusión de que el que comparte esas fotos e historias vive en un mundo perfecto sin angustias ni temores.

El debilitamiento de las comunidades

El sociólogo e historiador Zygmunt Bauman sostenía que las comunidades sólidas no pueden ser reemplazadas por la virtualidad. En las comunidades las personas confían entre ellas, la confianza se traduce en colaboración, en lazos de amistad, en contención emocional más fuerte. Cumplen un rol muy importante en nuestras vidas, nos dan un sentido de pertenencia y nos hacen más felices. Nuestro barrio, nuestro grupo de amigos, nuestro trabajo, el colegio al que fuimos de chicos, los deportes que practicamos, el equipo de fútbol del que somos miembros o la iglesia a la que concurrimos: todos constituyen una comunidad. Ser parte de ellas nos permite hacer amigos, conocer gente nueva, compartir experiencias, ayudar a otros y ser ayudados y, sobre todo, generar confianza estrechando los vínculos interpersonales. Nos sirve no solamente para conectar con nuestros semejantes, también para alcanzar objetivos comunes y para sentirnos acompañados y seguros. En un mundo donde la tecnología nos sumerge en vínculos virtuales y donde las personas cada vez se sienten más solas solo las comunidades reales brindan lazos reales. Nos permiten compartir diversos tipos de momentos, agradables o no, con los demás.

El deterioro de la vida comunitaria se produce a partir de la segregación producto de la inequidad y los altos precios de las viviendas, de la delincuencia que reduce la confianza entre las personas, del creciente individualismo que comenzó en la década del '80, del encierro en mundos digitales y del hecho de no dedicar tiempo a la construcción de los vínculos sociales.

Junto con el debilitamiento de las comunidades parece haber un recambio en los valores, somos una sociedad más abierta, más pluralista y que rechaza los extremos, lo cual es muy positivo. Pero, por otro lado, los viejos valores del honor y la palabra van quedando atrás. Hace un siglo la gente llegaba al punto de suicidarse o batirse a duelo por cuestiones de honor. La palabra era un compromiso inquebrantable. En cambio, hoy todo debe quedar por escrito y chequeado por un abogado para garantizar de que nadie falte a la verdad. Esta degradación de la confianza entre los humanos crece proporcionalmente al debilitamiento de las comunidades y al aumento de la complejidad del mundo.

Reconstruir las comunidades, los vínculos reales y mejorar la salud mental no es tarea fácil ni rápida. Pero si hay un momento ideal para ponerlo en la agenda es la pos-pandemia. Durante esta década puede que veamos el inicio de un proceso de saturación con las redes. Aun son el juguete nuevo. Recordemos que Instagram fue abierta al publico hace solo 10 años y Facebook hace 14. Es posible que en los próximos años tanta exhibición e híper conectividad dejen de ser aceptadas socialmente y ya no sea “cool” compartir tantas privacidad. No solo somos víctimas de las redes, también de los motivos por los cuales cada vez más personas se refugian en ellas. Un dato para analizar: entre los jóvenes de bajos ingresos el tiempo en redes sociales es considerablemente mas alto que entre los de familias con mas recursos.

A nivel global los indicadores económicos y sociales nunca fueron tan buenos. Históricamente, nunca antes tantas personas fueron parte de las clases medias, la pobreza extrema está en mínimos históricos y la esperanza de vida nunca fue tan alta. Sin embargo esto parece no traducirse en felicidad humana. En muchos países -en especial los desarrollados- fue la década de 1970 cuando las personas se sentían mas felices.

Nuestro “soma” tiene la necesidad de contacto físico real, de vernos, abrazarnos, estar juntos. El virus nos robó millones de vidas. En honor a los que ya no están, por aquellos que murieron en soledad en una fría sala de terapia intensiva, sin sus afectos debemos comprometernos a cuidar este componente fundamental de la esencia humana. Nuestra felicidad individual y colectiva son nuestros vínculos, nuestros afectos, amigos, vecinos, comunidad y debemos cuidarlos, fortalecerlos y valorarlos.

Ese es el mundo real, donde se experimenta la felicidad genuina. Y los seres humanos no precisamos sustitutos.

 

La rebelión de los pandemials

 

Federico Domínguez es escritor y asesor financiero. Autor de “La Rebelión de los Pandemials: Los Ciclos Humanos y la Década de las Turbulencias” (Editores Argentinos).

 

Federico Domínguez

 

 

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