Cientos de actores y actrices fueron prohibidos. Tantos que, en agosto, se entregaron los premios Martin Fierro en la clandestinidad. Entre los candidatos para la estatuilla figuraban muchos artistas que ya estaban censurados o exiliados. En el libro Estamos en el aire se menciona que “lejos del fasto que animaba cada entrega, Aptra recibió presiones por los ternados y se enfrentaba a una realidad: muchos de ellos estaban prohibidos en los canales y Norma Aleandro ya había comenzado su exilio en Montevideo. El actor Polo Corés, hermano de Osvaldo Pacheco, estaba desaparecido”.
Los ternados clandestinos fueron Marilina Ross, Juan Carlos Gené, Irma Roy, Luis Politti, Federico Luppi, Bárbara Mugica, Carlos Carella, Héctor Alterio y David Stivel, entre otros. Todos habían tenido que dejar el país. La presión de los represores de turno llegó hasta el punto de amenazar a la venerable Niní Marshall para que no concurriera a recibir el Premio de Aptra por su trayectoria. La ceremonia se realizó casi en la clandestinidad, en el roof-garden de un edificio de la Recoleta. Obviamente sin televisación, los canales eran administrados por el gobierno, y con escasa repercusión en los medios gráficos, que también recibían presiones y ‘sugerencias’ de la Junta Militar. Al igual que muchos integrantes del medio artístico, los integrantes de Aptra también fueron amenazados, incluso de muerte.
Otra de las ganadoras de aquella entrega clandestina, Cecilia Rossetto, que ganó como revelación por su trabajo en el programa Frac, humor para la noche, de Canal 13, lo recordó años más tarde. “La premiación fue medio a la escondidas. Fue más o menos como ‘tomen, llévenselo’. Sólo me quedó una foto con Niní Marshall”. Otros ganadores de aquella entrega fueron la telenovela episódica “El inglés de los güesos”, que protagonizaron Ernesto Bianco, Ana María Picchio y Luis Politti, y entre las figuras rutilantes se llevaron su Martín Fierro los actores Pepe Soriano, Raúl Lavié, Andrés Percivalle y María Rosa Gallo. También fueron homenajeadas Tita Merello, Libertad Lamarque y Mirtha Legrand. Norma Aleandro fue premiada por su trabajo protagónico en el programa” Una mujer en la multitud”. “Con la instalación del golpe militar del 76 me vi obligada a irme a Uruguay. En ese momento estaba haciendo Nosotros con Federico Luppi, por canal 11 y acababa de inaugurar una sala en la calle Corrientes, enfrente al Teatro Astral, donde representaba Sobre el amor y otros cuentos sobre el amor. La noche del 23 de junio de ese año pusieron una bomba de gases lacrimógenos en el teatro, estaba colmado y sacar al público fue muy difícil. Más tarde, a eso de las tres de la madrugada, una bomba voló la planta alta de mi casa en Arroyo y Suipacha, y con ella una amenaza en la que se me intimaba a que en 24 horas saliera del país. Yo nunca había tenido actividad política pero siempre me he expresado contra las dictaduras y las torturas. No esperé ese plazo y en 10 o 12 horas partí al Uruguay”. Luego de esa entrega clandestina no se volvieron a entregar los Martín Fierro por 12 años.
Demoliendo teles. En blanco y negro parte de la programación de los 4 canales que existían en 1976 –dentro de un clima opresivo, donde las sombras de la dictadura se colaban en cada casa– se erigió como un refugio de aparente normalidad y humor inofensivo. En la sintonía de Canal 7, la realidad se maquillaba con una variopinta oferta. Las familias se reunían para ver a Javier Portales en “De profesión abuelo”, o se dejaban llevar por las melodías de Néstor Fabián y Violeta Rivas en “Los sobrinos dan la nota”. La grilla tejía un refugio ilusorio donde “Todo el año es navidad”, gracias a Raúl Rossi, mientras que las madrugadas se mecían a un ritmo sincopado con el “Jazz a medianoche” de Horacio Bayon. Había espacio para la cultura y el misterio en “Buenos Aires cultural”, “Argentina secreta”, “el inquietante Suspenso” a las 23 y el “Teatro Universal”. Los más jóvenes encontraban su voz y un remanso en Flecha Juventud al mando de Juan Alberto Badía.
Sin embargo, la propaganda del régimen también tenía su lugar de privilegio: el Ejército emitía “Adelante juventud”, conducido por Angel Magaña y Clarisa Gerbolés, un programa que abría sus puertas a las figuras más lúgubres del aparato represivo, como el general Camps. Girando el dial hacia Canal 9, el espectador se topaba con una trinchera de entretenimiento costumbrista y pasiones desbordadas. Allí, Silvio Soldán sostenía como un faro los “Grandes Valores de hoy y de siempre”, escoltado por la benevolencia de “Sábados de la Bondad” y el jolgorio adolescente de “Música en Libertad” y los “Domingos estudiantiles” de Orlando Marconi y Leonardo Simons. Las ficciones dibujaban amores y desencuentros: Rodolfo Bebán y Gabriela Gilli cautivaban en “El gato”; María Aurelia Bisuti y Jorge Martínez estelarizaban “El hombre que yo inventé”; mientras que Arturo Puig y Selva Aleman brillaban en “Yo soy usted” bajo la atenta dirección de Maria Ermiña Avellaneda. Los suspiros se multiplicaban con “El Amor tiene cara de mujer” de Nené Cascallar, pero también había tiempo para la carcajada con el “Teatro de humor” de Darío Vitori, la reflexión hasta donde se podía en “La Mujer” con Blackie, el entretenido Osvaldo Pacheco “Café Concert”, o la tensión policial de “División homicidios” con José Slavin.
Mientras tanto, las pantallas de Canal 11 se vestían de gala teatral y de pretendida seriedad periodística. El telón se abría con Nino Fortuna Olazabal en “Teatro como en el teatro” y Fernando Heredia presentaba las joyas del drama en “La casa”, “el teatro y usted” y “Escenario Universal”. La risa pícara llegaba con “Los salvadores” de Ubaldo Martínez, mientras que el pulso de la información, rigurosamente vigilado, latía en “Tiempo Nuevo” con Bernardo Neustadt, “Teleonce informa”, “Alta primicia”, y en los interrogantes de “¿Dónde está la verdad?” y “En primer plano”. Finalmente, en la vereda de Canal 13, la cotidianidad de los argentinos se aferraba a los retornados almuerzos de Mirtha Legrand y a la tensión erudita de” Odol pregunta”.

El humor intentaba sobrevivir a los tijeretazos de la época: Jorge Porcel encarnaba “Porcelandia”, el humor uruguayo desembarcaba con “Hupomorpo” con el recordado y genial elenco de Telecataplum. Carlitos Balá seguía preguntando qué gusto tenía la sal y paseaba un perro imaginario en su emblemático show. Luis Landriscina brillaba en la “Estancia las Batarazas”. Las ficciones reunían a elencos estelares, como un jovencísimo Ricardo Darín junto a China Zorrilla y María Vaner en “Los que estamos solos”, y la dupla inolvidable de Ernesto Bianco y Osvaldo Miranda en “Mi cuñado”, escrito por Oscar Viale.
Pero tras los reflectores de Canal 13, la tragedia y el absurdo militar acechaban constantemente. El brillante Alberto Olmedo sintió el peso de la represión cuando su programa “El chupete” fue sancionado por anunciar, en tono de broma, la "desaparición" del cómico, una palabra que en 1976 ya se escribía con sangre. Olmedo apareció en pantalla y dijo “prometo firmemente no sorprender con este tipo de bromas y mantenerme blanquito y limpio como siempre”. La paranoia del régimen llegó a límites insospechados: un interventor naval obligó a degradar al Capitán Piluso a "Pilusman" por considerar una ofensa que un personaje infantil ostentara rango militar. Incluso “La pantera Rosa”, auspiciada por Citroën, se convirtió en objeto de murmuraciones clandestinas, pues el ingenio popular no tardó en encontrarle un parecido físico al mismísimo dictador Videla.
Todo esto se coronaba con noches de trasnoche vigiladas, donde programas como Frac, humor a medianoche lograban, casi de milagro, eludir la guillotina de unos interventores que a veces censuraban sin siquiera haber mirado la pantalla. En la radio podía escucharse a Juan Alberto Badía con “Imagínate” por Radio del Plata; “Ventil, viento a favor”, con Luis Garibotti; “Radioshow” por Radio del Plata; “La gallina verde”, “El show del minuto” con Hugo Guerrero Marthineitz. La única libertad que quedaba era “la voz” de la uruguaya Radio Colonia, la de Ariel Delgado, buscada para escuchar lo que las radios argentinas callaban. Pero esa libertad sucumbiría en 1979, cuando Delgado difundió la visita a Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Fue despedido de Colonia y debió radicarse en Italia.
Tiro al blanco contra el arte. Las artes plásticas también decían lo suyo. En abril de 1976 Carlos Alonso expuso su serie “El ganado y lo perdido” en la Art Gallery de la calle Florida al 600. Sus figuras mutiladas, sus rostros ausentes, eran metáforas de los desaparecidos, miradas apagadas, cuerpos que se deshacían, un pueblo convertido en fantasma. Alonso, que tenía una hija desaparecida, tuvo que partir al exilio. León Ferrari, ya perseguido desde los años sesenta por su crítica a la Iglesia y al poder, intensificó en 1976 sus collages y dibujos. En ellos, ángeles caídos se mezclaban con aviones de guerra y crucifijos convertidos en instrumentos de tortura. En uno de ellos, un Cristo se fundía con un helicóptero militar, denunciando la complicidad entre la Iglesia y el régimen. Su obra era un grito contra la violencia estatal y la complicidad religiosa. Como él mismo escribió: “El arte debe ser un lugar donde se denuncie lo que se calla”. Juan Carlos Romero retomó su serie “Violencia” (iniciada en 1973), pero en 1976 adquirió un nuevo sentido. Sus grabados y acciones gráficas, llenos de palabras repetidas como balas —“violencia”, “represión”, “muerte”—, se transformaron un manifiesto visual contra el terrorismo de Estado. Luis Felipe Noé, con sus pinturas expresivas y fragmentadas, representaba un país desgarrado. Marta Minujín, más vinculada al arte pop y performático, también sintió la presión del régimen. En 1976 partió al exilio en Estados Unidos. El director del Museo Nacional de Bellas Artes Daniel Martínez, denunció que agregados militares de embajadas argentinas, practicaban tiro al blanco contra obras de arte: “Les puedo hablar de casos de asesinatos de pinturas como lo es tirar al blanco y dejar perforada una tela de valor incalculable”. Añadió que el museo había decidido “ir recuperando paulatinamente todas las obras prestadas alguna de las cuales muestran impactos de balas y se hace necesario tenerlas aquí aunque sea amontonadas”.

Nos siguen pegando abajo. El 1 de abril el secretario de Prensa y Difusión, capitán de navío Jorge Arigotti, hace llegar a los medios este comunicado que en su punto 9 decía: “No incursionar en terrenos que no son de debate público por su incidencia en audiencias no preparadas, no educadas o no ajenas a su edad física o mental”. Y ordenaba: “Eliminar toda propaganda masiva de la opinión directa de personas no calificadas o sin autorización específica para expresarse sobre cuestiones de interés público. Esto incluye reportajes y/o encuestas en la vía pública”. La declaración era lo suficientemente amplia como para fomentar la autocensura y la selección de textos por parte de los periodistas y sobre todo por los editores y directores de los medios. El 22 de abril el Comando del Tercer Cuerpo de Ejército hacía llegar a los medios un comunicado por el cual se les informaba que: “no se deberán publicar reclamos de familiares de presuntos detenidos que deseen conocer su paradero”. A comienzos de mayo, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) señala la “existencia de dificultades y problemas” para el ejercicio del periodismo. A las pocas horas, el 3 de mayo es secuestrado y golpeado furiosamente el periodista Enrique Llamas de Madariaga, de La Razón y Canal 11 sin que se conozcan los motivos. Para ejemplificar el grado de autocensura que aplicaban los medios para no “molestar” al gobierno militar, es proverbial la noticia publicada el 5 de mayo por Crónica, que informaba “un desperfecto” en el Ferrocarril Sarmiento, repetida al día siguiente por La Nación, que hablaba de una falta de voltaje. Ninguno de los dos medios hacía mención a la verdadera causa: una bomba colocada por Montoneros. El 31 de mayo, Miguel Ángel Bustos, periodista de la revista Panorama y del diario El Cronista Comercial, desaparece al ser secuestrado luego de ser allanada su casa. A principios de junio, se reitera la vigencia del decreto número 6 del 24 de marzo, que en su artículo tercero señala que “serán reprimidos con prisión de un mes a un año los responsables de cualquier medio de comunicación o información pública que difundan o propaguen hechos, comunicaciones o imágenes que se vinculan con las conductas incriminadas en el artículo 1º”. El primero de agosto llega a los kioscos el que sería el último número, el 40, de una de las más notables revistas culturales argentinas: Crisis. Se dejará de editar en medio de graves amenazas y presiones de todo tipo. Su editor propietario, Federico Vogelius, a pesar de haber cerrado la revista para proteger a su equipo, sería secuestrado en 1977. Durante su cautiverio fue sometido a horribles torturas. Recuperó su libertad en 1980 y se exilió en Londres.
Rodolfo Walsh y la resistencia informativa. En las sombras de Buenos Aires, apenas tres meses después del golpe del 24 de marzo de 1976, Rodolfo Walsh decidió que el silencio era el arma más letal de la dictadura. Convocó a un puñado de sus compañeros militantes de Montoneros —Carlos Aznárez, Lila Pastoriza y Lucila Pagliai— para forjar ANCLA, la Agencia de Noticias Clandestina. Desde junio de 1976 hasta septiembre de 1977, ANCLA desafió el terror con más de 200 cables informativos, emitidos en tiempo real con un tono sobrio y directo que denunciaba campos de concentración, la aparición de cadáveres, las internas de la Junta Militar y hasta los vuelos de la muerte. En diciembre de 1976, tras la muerte en combate de su hija Victoria en septiembre, Walsh concibió la Cadena Informativa como complemento de ANCLA: partes más cortos y concisos, uno o dos por mes, entregados mano a mano. Cada volante estaba encabezado con un llamado imperioso: "Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Envíe copias a sus amigos: nueve de cada diez las esperan. Millones quieren estar informados. El terror se basa en la incomunicación". Walsh fue asesinado por un grupo de tareas de la ESMA el 25 de marzo de 1977, a pocas horas de haber escrito su célebre Carta Abierta a la Junta Militar.
Como mata el viento norte. De entre las sombras dictatoriales el rock nacional emergió como un pulso subterráneo, un grito ahogado que se filtraba entre las grietas de la censura. En 1976 vio una explosión de vinilos: “Invisible”, liderada por Luis Alberto Spinetta, Pappo's Blues, Vox Dei en Ciegos de siglos, León Gieco en El fantasma de Canterville, "Bazar de los milagros" de Litto Nebbia, "Alas", "La Máquina de Hacer Pájaros” de Charly García y "Libre y natural" de Espíritu. La dictadura impuso una censura asfixiante: letras políticas eran "observadas", obligando a metáforas cifradas o prohibiciones directas. En recitales masivos de 1976, la juventud se reunía en el Luna Park para corear originales prohibidos. Charly García practicaba la autocensura “porque ya sé lo que va entrar y lo que no…Trato de ser inteligente y concebir un mensaje sutil".
El 5 de junio se realizó recital colectivo en el Club Hípico de Buenos Aires. En julio de 1976, once mil personas escucharon en el Luna Park a Pastoral, Soluna, Crucis y el grupo de León Gieco con la ayuda de Charly García y Nito Mestre.
Si se calla el cantor. La censura dedicó bastante tiempo a prohibir canciones, no solo las explícitamente políticas o revolucionarias, sino algunas incluso banales. El Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) hizo llegar a los medios audiovisuales un documento de 7 páginas con el título «Cantables cuyas letras se consideran no aptas para ser difundidas por los servicios de radiodifusión» en el que se listaban centenares de canciones prohibidas entre las que figuraban: “Amor libre” de Camilo Sesto, “Como la cigarra” de María Elena Walsh, “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, “Viernes 3 am” de Charly García, “Canción de amor para Francisca” y decenas de temas de León Gieco, y muchos otros.Marian Farías Gómez fue detenida en julio. “Fueron tres días y dos noches espantosas, no me agredieron físicamente, pero sí psicológicamente. Cuando me liberaron supe por mi abogado, Julio Aren, que tenía 72 horas para irme del país. Inmediatamente emprendí mi viaje a España”.
Another Brick in the Wall. Ricardo Pedro Bruera, ministro de Educación de la Nación, dijo: “Tendrá primacía inmediata en la acción de gobierno de la educación, la restauración del orden en todas las instituciones escolares. La libertad, que proclamamos como forma y estilo de vida, tiene un precio previo, necesario e inexcusable: el de la disciplina”. El general Luciano Benjamín “Cachorro” Menéndez decía: "Para los educadores: inculcar el respeto de las normas establecidas; inculcar una fe profunda en la grandeza del destino del país; consagrarse por entero a la causa de la Patria, actuando espontáneamente en coordinación con las Fuerzas Armadas". La revista Gente publicó “Carta a los padres argentinos” invitando a controlar lo que leen sus hijos. La revista Para Ti publicó "Cómo detectar el lenguaje marxista en la escuela" transcribiendo casi textualmente un documento del SIDE. La política educativa implicó una reducción del presupuesto educativo del 17,6 de 1975 al 9,5 en solo un año. Se impuso un estricto control de vestimenta: “usar saco, camisa y corbata. No se admite el uso de vaqueros o similares. En cuanto a los alumnos varones: orejas descubiertas, largo del pelo, uniforme; para las alumnas: guardapolvo y largo del guardapolvo, cabello recogido, sin uso de maquillaje”.



















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