CULTURA | 16-12-2019 10:21

Exhibición: arte y moda efímeros

Este era el proyecto de Sergio De Loof, protagonista del "under" en los '90, cuya retrospectiva expone el Museo de Arte Moderno.

La heterogénea multitud que convocó la apertura de la muestra “¿Sentiste hablar de mí?” en el Museo de Arte Moderno, el pasado 28 de noviembre; habla más claro que mil palabras de la trayectoria del artista homenajeado: Sergio De Loof. Gente de la moda, celebrities, artistas, performers, empresarios y socialités rindieron tributo a la obra de un creador inclasificable, que supo poner en cuestión los presupuestos básicos que definen a ese mismo público: la idea de elegancia, lujo, fama, riqueza, género; y por sobre todo, la noción de arte.

La obra más evidente de Sergio De Loof, la que lo hizo famoso en la década del '90, consistió en un conjunto de boliches que lo tuvieron como gestor y ambientador. Se llamaron Bolivia, El Dorado, Morocco y Ave Porco, sitios donde la propuesta de dancing y tragos trascendía por completo a una disco común. Eran espacios barrocos en su decoración, cruzados por el arte, la diversidad de género y el espíritu inclusivo. Muchos porteños vieron en ellos por primera vez a una drag queen y bailaron en pistas que reunían a heteros y gays en absoluta armonía.

Allí también, quedaban suspendidos conceptos conservadores como belleza y fealdad o buen vestir, porque todo ser humano, cualquiera fuera su estilo, era asimilado rápidamente a la estética disruptiva del lugar. La noche de Buenos Aires le debe a De Loof algunos de sus momentos más felices. El sueño de una libertad absoluta, con la sombra todavía cercana de la dictadura como telón de fondo.

Sergio De Loof

Artes. El otro centro de la obra de De Loof fue la indumentaria, con el desfile como performance favorita. Su ropa explotaba las nociones moda, lujo y elegancia y estaba realizada siempre con materiales de descarte: diarios, papeles, plásticos o prendas recicladas, amontonadas en capas o en combinaciones imposibles. En sus desfiles, a veces multitudinarios, intervenía la gente común, los cuerpo sin norma. De Loof decía que su intención era “crear un arte y una moda hermosa para pobres y feos”.

En esos tiempos, recién comenzaba a dictarse la carrera de Diseño de Indumentaria en la UBA, y De Loof -junto a diseñadores como Gabriel Grippo y Andrés Baño- se adelantaba a la explosión de creatividad que encarnaría la moda en los '90 y 2000. 

“Sergio empieza su carrera filmando videos, y allí la moda ya aparece de una manera muy explicita -cuenta la curadora de la muestra, Lucrecia Palacios-. La ropa es el esqueleto de su obra y es lo que sigue haciendo hasta ahora. Incluso en los espacios que ambientó (como Bolivia o El Dorado) la moda estaba incorporada, a través de desfiles”. 

Pero esto no significa que pueda clasificarse a De Loof como un diseñador de indumentaria. Sus colecciones siempre tuvieron la marca de lo efímero y jamás pensó en sus prendas dentro de un proyecto global

Sergio De Loof

“Sus desfiles tenían un concepto teatral o performático -explica Palacios-. En un desfile que llamó 'Cotolengo fashion', por ejemplo, metió a 70 modelos (la mayoría, amigos) arriba de la pasarela. Era más bien una fiesta. Muchos hacían fuerza para no caerse”. 

En su ropa el elemento “trash” es fundamental, pero siempre se evoca algún tipo de lujo, una cita de los modelos de alta costura. También hay en ella una relación cercana entre la idea de moda y disfraz o moda e identidad. 

“Otro rasgo fuerte de su obra que se ve en los boliches que creó es una visibilización de disidencias sexuales, de una sensibilidad minoritaria -define Palacios-. Los que participaban, en los '90, no lo entendían en lo más mínimo todavía como un activismo. Aunque muchos de ellos en los 2000 tendrían una militancia en este sentido”.

Como otros miembros de la generación post dictadura, De Loof empoderó la palabra 'frívolo' y llevó a primer plano la cultura de la moda y la televisión. “Cuando uno recorre la muestra ve que, más que un objeto o una disciplina, Sergio da cuenta de una sensibilidad”, concluye Palacios. 

Sergio De Loof

Perfil. De Loof pertenece a esa raza de artistas que extienden a su propia vida la ideología que articulan en su obra. Llano, transparente, casi naif, no oculta su relación con las drogas y el alcohol ni su condición de portador de VIH.

Como introducción a su muestra, el día de la inauguración, leyó una larga lista de agradecimientos, donde su padre ocupó el lugar principal. Y justamente una cita sobre su padre escrita en el 2000, encabeza el texto de presentación de la exhibición: “Mi padre, descendiente de inmigrantes, me enseñó que todo sirve. Él junta por la calle pedazos de cable, tornillos, arandelas, clavos que luego endereza. Para mí es un gran secreto saber eso, una filosofía de guerra, una supervivencia”. 

A través de las varias salas del museo dedicadas a esta muestra, se recrean espacios, ambientaciones y colecciones de ropa diseñadas por De Loof. La reconstrucción ha sido minuciosa y ha requerido un gran esfuerzo, porque la mayor parte de las piezas creadas por el artista ya no existen. También se consignan videos, textos y objetos intervenidos de todo tipo. Cierra el circuito una tienda que vende sus creaciones.

A sus 57 años, y todavía con mucho por mostrar, De Loof encarna un momento inolvidable del “under” argentino. Cuando la inclusión era un sueño mucho más lejano que hoy y el fantasma de la dictadura, una pesadilla que nos empeñábamos en olvidar.

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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