Lunes 20 de septiembre, 2021

ECONOMíA | 10-05-2021 17:15

Alberto Fernández, la negociación con el FMI y el espejismo portugués

El Gobierno propone el modelo acordado por Portugal hace una década para salir de su gran crisis pero intenta eludir el compromiso de austeridad fiscal que fue la llave del éxito.

“Me quiero ir”, fue la frase con la que el entonces ministro de Economía Hernán Lorenzino pasó al a posteridad cuando la periodista que lo entrevistaba para un especial de la televisión griega le asestó la pregunta fatal: “cuánto es la inflación actualmente”. La incomodidad se gobernó del funcionario y pidió que terminara allí su participación, algo que ni merecía la pregunta a no ser porque una década atrás las cifras del INDEC en la materia eran tomadas con pinzas.

Sin embargo, lo curioso del tema fue el interés de la televisión griega: envuelta su economía en una crisis casi terminal, se debatía entre hacer el ajuste que los acreedores (Unión Europea –UE-, el Banco Central Europeo-BCE-y el FMI) o patear el tablero y salirse del sistema monetario europeo, devaluar, defaultear y gastar. Desde Argentina llegaban los cantos de sirena para que Atenas condujera al exitoso camino del default festejado de Buenos Aires en 2002. Y los primeros que lo notaron fueron los emigrados argentinos en Grecia que no iban a tropezar dos veces con la misma piedra. “El que depositó euros, recibirá...”; corrieron y vaciaron sus cuentas en moneda dura y esperaron a ver qué pasaba. ¿El final? Tanto Grecia, como Irlanda, España y Portugal, cuatro de las economías más comprometidas por su crisis de deuda, no sacaron los pies del plato, reconvinieron nuevos términos con la “Troika” acreedora (UE, FMI y BCE), ajustaron sus economías y después de unos años fueron recomponiendo sus ingresos y lograron convergir sus tasas de crecimiento al promedio de la UE.

Portugal fue tomado como ejemplo de un ajuste exitoso pero heterodoxo. Claro, en la dialéctica económica argentina, sería el alumno modelo del establishment mundial, pero en su breve estadía en Lisboa el Presidente lo volvió a nombrar como el estilo de negociación que le gustaría poder llevar a cabo con los organismos multilaterales de crédito que esperan con ansiedad que Argentina, finalmente arregle su situación. Lo que defienden Alberto Fernández y su ministro de Economía debería ser una excelente noticia para los dos organismos acreedores con los que, tarde o temprano, el país deberá definir su situación: el Club de París y el Fondo Monetario Internacional. No hacerlo significaría esperar a que la situación decante por el paso del tiempo y los vencimientos sean exigibles o empiecen a correr las moras de los compromisos.

En la crisis de 2010-11, Portugal hizo dos acuerdos: el primero, a mediano plazo para salir de la situación, con la Troika, por 78.000 millones de euros y uno de Facilidades Extendidas con el FMI por US$ 38.000 millones. En total era hasta esa fecha en mayor rescate financiero recibido por las entidades que, además de interesarse por el país luso, trataban de evitar el desborde financiero global dentro de la propia Unión Europea. Por su parte, Portugal asumía durísimos compromisos en medio de un panorama desolador: el déficit fiscal era del 10% del PBI, la tasa de desempleo llegaba al 12% y el crecimiento era nulo. Sin embargo, financiamiento para hacer frente a sus compromisos futuros y por un plan de ajuste fiscal muy duro, que incluía rebajas salariales masivas para los trabajadores estatales, eliminación de parte del aguinaldo incluido, los resultados fueron, para los meses siguientes del acuerdo, aún peores: el déficit llegó a 11% del PBI la desocupación trepó al 16% para el año 2013 y hasta hubo cambio de gobierno, en el que triunfó una coalición de izquierda que reafirmó la hoja de ruta firmada por el gobierno anterior. La alternativa de irse del andamiaje institucional de la Unión Europea parecía un camino sin retorno de resultad incierto.

Entre los tipos de ajustes que se barajaron y que incluso fueron renegociados, no figuraba el aspecto monetario por la sencilla razón que el euro seguía siendo su moneda de curso legal. Por eso, todos los acuerdos logrados fueron más difícil de implementar que en una economía inflacionaria. Las rebajas nominales son más difíciles de implementar que las que se licúan con la ilusión monetaria.

Para 2018, al ajuste parecía ya haber dado la razón a la apuesta por la austeridad y el cumplimiento estricto. El déficit fiscal ya estaba en un 0,5%, muy fácil de financiar para una deuda total que, incluso, había pasado del 133% el PBI a 10 puntos menos en siete años y un fuerte repunte de las exportaciones debido a la rebaja sustancial de algunos costos en euros.

¿Es este programa clonable para la coyuntura actual en Argentina? A diferencia de lo que ocurrió en Portugal, el aspecto monetario de cualquier acuerdo o el costo adicional de un no-acuerdo en materia de inestabilidad cambiaria y monetaria, es un aspecto a considerar. En todo caso, un programa similar pudiera haber sido aplicable en el año 2001, cuando las rebajas salariales estatales y del gasto público en general no tuvieron el respaldo necesario ni siquiera en la coalición gobernante.

El déficit fiscal argentino es menor, pero lleva más años de comportamiento inflacionario, que erosiona la estabilidad de los precios relativos y acumula presiones de todo tipo. Pero también el diseño institucional es más complejo por dos razones: es un país federal, con una fuerte presencia en materia de gasto público de las provincias, y carece de un espacio de referencia suprarregional, como es la Unión Europea, que tiene poder de poner metas de referencia para la política económica. Este corsé, parecido al que había en la vigencia de la responsabilidad, también va acompañado por la oportunidad de integrarse en un espacio económico común y hasta de disponer de recursos crediticios de los que carece en el caso del Mercosur, por ejemplo.

Con estas consideraciones, aspirar a que el modelo portugués de hace una década pueda iluminar las demoradas negociaciones con los acreedores liderados por el FMI, más que una referencia real puede convertirse en un espejismo. Para que empiece a ser real, además de más tiempo que siempre reclama, el Gobierno deberá ofrecer compromisos concretos y con un respaldo previamente acordado. Pretender imponer plazos que no están disponibles o pedir cambios en las condiciones unilateralmente, es una forma elegante de colocar al “modelo portugués” el rótulo de utopía.

 

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

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