En las últimas semanas, Javier Milei volvió a poner sobre la mesa una idea que hasta hace poco parecía marginal dentro de la discusión económica argentina: la necesidad de una “revolución de los seguros”. La frase no es menor. Y tampoco debería interpretarse como una discusión exclusivamente técnica o sectorial. Porque cuando hablamos de seguros, en realidad estamos hablando de algo mucho más profundo: estamos hablando de cómo una sociedad administra sus riesgos.Y allí aparece la verdadera discusión de fondo: ¿los riesgos los absorbe el Estado vía gasto público, déficit e impuestos? ¿o los administra el sector privado mediante ahorro, capitalización y cobertura aseguradora?
Ese es el verdadero debate. Durante décadas, Argentina construyó un modelo donde gran parte de los riesgos sociales, económicos y patrimoniales terminaban directa o indirectamente estatizados.
- Problemas de salud.
- Accidentes laborales.
- Daños patrimoniales.
- Vejez.
- Incapacidad.
- Catástrofes.
- Falta de ahorro previsional.
- Litigiosidad.
Incluso, gran parte de los desequilibrios derivados de la informalidad económica. Todo terminaba, de una forma u otra, impactando sobre el gasto público. El resultado fue un modelo donde el Estado terminó funcionando como asegurador de última instancia… pero sin prima, sin reservas y sin solvencia. Y cuando un sistema promete cubrir riesgos sin financiamiento técnico, inevitablemente aparece lo que Argentina conoce demasiado bien:
déficit, inflación, presión tributaria y deterioro institucional.
Por eso la discusión sobre seguros no es una discusión corporativa. Es una discusión macroeconómica. Los países desarrollados entendieron hace décadas que el seguro cumple una función central:
transformar incertidumbre en previsibilidad. Y esa previsibilidad permite algo fundamental: reducir la necesidad de intervención permanente del Estado.
Un sistema asegurador moderno:
- protege personas;
- reduce litigiosidad;
- fomenta el ahorro;
- canaliza inversión;
- desarrolla mercados de capitales;
- y disminuye presión fiscal futura.
Por eso no es casualidad que las economías más desarrolladas tengan mercados aseguradores profundamente sofisticados. El seguro de vida, por ejemplo, no es solamente una cobertura ante fallecimiento.
Es una herramienta de estabilidad familiar, de protección patrimonial y de ahorro de largo plazo. En muchos países, los seguros de vida y retiro son uno de los principales motores del mercado de capitales y de la inversión productiva.
Porque generan fondos estables, previsibles y de largo horizonte. Argentina, en cambio, destruyó históricamente el ahorro de largo plazo:
- inflación;
- inestabilidad monetaria;
- exceso regulatorio;
- restricciones de inversión;
- y marcos normativos obsoletos.
El resultado es evidente: un mercado asegurador pequeño para el tamaño potencial de la economía argentina. Lo mismo ocurre con el seguro de salud. Mientras el sistema público se encuentra crecientemente tensionado y las obras sociales y prepagas enfrentan problemas estructurales, el seguro puede transformarse en una herramienta moderna de organización del riesgo sanitario.
Pero eso exige abandonar una lógica defensiva y regulatoria de los años setenta para pasar a un modelo basado en competencia, solvencia, innovación y libertad contractual. La revolución de los seguros implica justamente eso:
entender que el seguro no es un costo burocrático ni un requisito formal. Es una herramienta de desarrollo económico. Y también una herramienta de libertad. Porque una sociedad que puede administrar mejor sus riesgos depende menos del poder político para resolver cada crisis.
Cuando una familia tiene cobertura patrimonial, seguro de vida, ahorro previsional y acceso a mecanismos privados de protección, disminuye su vulnerabilidad frente al Estado. Y eso cambia completamente la arquitectura económica de un país.Por eso la discusión sobre la reforma del sistema asegurador argentino no puede limitarse a tecnicismos regulatorios. No se trata solamente de modificar artículos de leyes escritas hace más de cincuenta años, sino de redefinir el rol del seguro dentro de la economía argentina del futuro.
Un sistema moderno debería:
- promover solvencia basada en riesgos;
- facilitar innovación;
- permitir competencia global;
- estimular el ahorro;
- desarrollar productos de salud, retiro y vida;
- reducir litigiosidad;
- y convertir al mercado asegurador en un verdadero inversor institucional de largo plazo.
En definitiva: la revolución de los seguros no consiste únicamente en modernizar una industria. Consiste en reemplazar progresivamente gasto público improductivo por mecanismos privados de administración eficiente del riesgo. Y quizás ahí esté el punto más importante de todos. Porque cuando Milei habla de una revolución de seguros, en realidad está hablando —aunque muchos todavía no lo adviertan— de una transformación mucho más profunda: pasar de un Estado que promete cubrir todo… a una sociedad capaz de protegerse mejor por sí misma.
*Contador público, consultor especialista en seguros y transporte. Ex subsecretario nacional de Transporte y funcionario en SSN.
por José Manuel Urdiroz















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