Thursday 23 de May, 2024

EMPRESAS Y PROTAGONISTAS | 30-06-2023 07:36

¿Es posible terminar con las guerras judiciales?

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El final de la década de los ochenta nos mostró, en la emblemática película estadounidense “La guerra de los Roses”, cómo un divorcio puede, literalmente, arrasar con la vida de quienes, antes, estuvieron unidos en matrimonio.

La misma década fue el escenario en el que el abogado de familia Stuart Webb, tras ejercer por más de veinte años en los tribunales de Minneapolis, empezó a desarrollar un sistema fundado en métodos alternativos de resolución de conflictos que tenía por objetivo lograr soluciones vinculadas con las circunstancias particulares de cada caso concreto, de modo tal que, mediante un trabajo netamente extrajudicial, fuera posible generar  acuerdos que contemplen las particularidades de cada conflicto, dejando a un lado a las limitaciones que el marco judicial propone.

Han pasado más de treinta años y la realidad sigue superando a la ficción; seguimos asistiendo a divorcios y separaciones en las que quienes, algún día, se juraron amor eterno, en muchas ocasiones, resultan ser desconocidos peleando a ganar o morir en batallas que nadie gana.

La justicia se declara insuficiente para dar respuesta a dirimendos que, aún teniendo un encuadre jurídico claro, suelen desarrollar sus raíces en necesidades e intereses insatisfechos que encuentran como canal de expresión renovadas discusiones llevadas a cabo en pleitos interminables.

La idea del abogado Stuart Webb, que en Estados Unidos fue el origen del Derecho colaborativo, ha sido replicada con diferentes variantes en casi todos los países del mundo, aún cuando todavía no logramos apartarnos de los tribunales para trabajar a fondo en la búsqueda de soluciones pacificadoras.

El mundo entero tiene tribunales que no logran dar respuesta a conflictos humanos que requieren de otro tipo de tratamiento.

En nuestro país la mediación  y la conciliación son alternativas de resolución de conflictos ideadas como una instancia previa obligatoria que invita a las partes, acompañadas por sus letrados, a encontrar una solución prejudicial al conflicto que las vincula.

En los últimos años, el nuevo Código Civil y Comercial, entre las tantas modificaciones que ha introducido, eliminó el divorcio con causa e incorporó el divorcio unilateral; vale decir, ya no existen culpables a la hora de divorciarse y tampoco se necesita que las dos partes quieran terminar con el vínculo para que una sentencia declare el fin de la unión.

En paralelo, asistimos a una era en la cual esta modernidad líquida que nos tiene por protagonistas, nos invita a andar más livianos, a vincularnos sexo afectivamente en un reiterado fluir en el que convive, con diferentes grados de éxito, la liviandad de lo efímero con la responsabilidad que nos debemos.

Hemos aprendido a ser más flexibles, a adaptarnos a los cambios que la vida propone, a tomar consciencia de la finitud que nos habita; ya no hablamos de relaciones “para toda la vida” pero aún así no hemos aprendido a separarnos en paz.

Todo cambió y no cambió nada.

¿Cuál es el motivo para que los divorcios sigan mostrando, en muchos casos, las mayores miserias humanas?

¿Somos los abogados los reales causantes de agigantamiento de los problemas que nos traen?

¿Es acaso que, a la hora de la verdad, seguimos teniendo una visión mucho más sólida de aquello que creíamos haber abandonado?

Quizá hayamos asimilado nuevas formas para convivir con el cambio permanente que la realidad actual nos ofrece, sin embargo es probable que aún nos falte distinguir cuál es el real significado de la liviandad y, seguramente, todavía no hemos adquirido los recursos suficientes para gestionar eficientemente los conflictos que nos tienen por protagonistas.

Todo conflicto tiene una arista racional y una emocional; hasta tanto no seamos capaces de hacernos cargo de las emociones que se ponen en juego en las cuestiones que tenemos que resolver legalmente, no lograremos encontrar soluciones reales.

Puede que consigamos adquirir sentencias que nos den la razón o nos otorguen una derrota y con ello tendremos el final de un litigio, sin embargo, seguiremos lejos de obtener una solución para el problema de fondo.

Es hora de comprender que los conflictos son inevitables; es imposible vivir en una sociedad en la cual no existan disensos dado que, por lógica, siempre confluyen tantas miradas de la misma situación como personas intervengan en ella.

Los conflictos jurídicos, aún enmarcados dentro de una norma que trae datos objetivos, necesitan ser abordados en la integralidad que los compone.

Solo si asumimos que ninguna sentencia va a ser mejor que el acuerdo al que pueden llegar las partes que han gestado el conflicto, vamos a empezar a valorar el trabajo que propone una nueva corriente de la abogacía.

Cada vez que afirmamos que abogar es pacificar, estamos abriendo un camino en el que el abordaje de los intereses y necesidades de las partes es la piedra filosofal sobre la cual será posible llevar a cabo una negociación respetuosa de las diferentes miradas, de modo tal que, quienes han creado un conflicto tengan la oportunidad de ser también los constructores de la manera de darle fin.

Esta sociedad que ha hecho suyo el cambio permanente no ha sabido, todavía, promover una nueva mirada para encarar los conflictos jurídicos: seguimos contemplando guerras en las que las partes se aferran a bienes materiales, al pasado, a los hijos, al odio o al miedo y los abogados no saben, no pueden o no quieren generar alternativas novedosas que hagan posible que sus clientes se animen a  soltar aquello que termina anclándolos a una situación que trae más daño que beneficios.

Este milenio nos exige hacernos cargo del diseño del futuro que queremos vivir, lo cual nos interpela a actuar en este presente de una forma que resulte coherente con aquello que deseamos se convierta en nuestra nueva realidad.

Si, de verdad, queremos vivir en una sociedad más pacífica en la que sea posible gozar de  mayor injerencia en los asuntos que nos incumben, urge que empecemos a tomar con responsabilidad los conflictos en los que intervenimos.

Los conflictos no son algo ajeno a nosotros; no son un hecho que nos ocurre, son el resultado de nuestras acciones u omisiones.

Ser responsables es dar respuesta sin esperar que un tercero decida por nosotros, es asumir el compromiso de buscar profesionales que sepan acompañar y guiar en un camino que lleve a la solución pacífica del conflicto.

Luego, nos quedará a quienes ejercemos la abogacía la tarea de animarnos a desaprender el paradigma litigante que nos han enseñado y adquirir nuevas destrezas y conocimientos para poder ser buenos asesores de nuestros clientes, negociadores efectivos y armadores de acuerdos de cumplimiento posible y sostenible en el tiempo.

La sociedad ha cambiado, no somos los mismos pero seguimos peleándonos de la misma manera por los mismos motivos.

Llegó el tiempo de abandonar la confrontación para dar inicio a una era en la cual la cooperación, la colaboración, el respeto y la buena fe sean los pilares a la hora de abordar conflictos de familia.

Hasta tanto no generemos esa nueva mirada seguiremos atrapados en un soliloquio incongruente que solo se contradice con una realidad que no nos atrevemos a cambiar.

por CEDOC

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